jueves, 6 de octubre de 2016

Un epílogo para el Don Segundo Sombra

                                         DON SEGUNDO SOMBRA
                                                                        por Ricardo Güiraldes
                                                                                            (primera edición)
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                                                          XXVII


   La laguna hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media, en unos juncales ralos gritaban los pájaros salvajes.
   Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.
   Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría, más que ningún otro, un desprendimiento.
   Tres años habían transcurrido desde que llegué, como un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades.  ¡Mis heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo, en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera cualquier caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.
   Está visto que en mi vida, el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón.
   Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría aún dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fué recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.
   Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vivido un instinto salvaje, que me hacía tender una cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.
   La casa grande y vacía, poblada de muebles serios, como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo de otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.
   Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. Él me dió los primeros galopes a unos bayos, que me regaló para entablar la tan deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y en igual cantidad, con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podría haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho.. Para dos muchachones que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes el uno para el otro.
   Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar en estos recuerdos.
   Fué a raíz de estas charlas que Raucho acertó a influenciarme con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero ¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo por el idioma sino por mi falta de costumbre, él leía con extraordinaria facilidad, lo mismo en francés, italiano y en inglés, que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué creía que iba a encontrar?  La vida, a mi entender, estaba tan llena, que el querer meterle nuevas combinaciones, se me antojaba lamentablemente infantil. Mis argumentos simples, nada podían contra su fantasía y al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte, me impedía encarar ningún amorío como una diversión.
   A todo eso, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias. Buscaba instruirme con tesón.
   Pero no quiero hablar de todo eso, en estas líneas de alma sencilla. Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros y algunos viajes a Buenos Aires con  Raucho, fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.
   Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.
   Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.
   Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fuí para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!
   Nos saludamos como siempre.
   A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?
   Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo  de Don Segundo,, dió el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.
   Lo ví alejarse al tranco. Mis ojos dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía como levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y como echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fué. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fué el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.
   Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo del atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.
   Me dije: “ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce el río, lo veré asomar en el segundo repecho.” El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.
   La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se cernía enérgicamente sobre aquél pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fué reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas  vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.
   “Sombra”, me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.
   Centrando mi voluntad en la ejecución de pequeños hechos, dí vuelta mi caballo y, lentamente, me fuí para las casas.
   Me fuí, como quien se desangra.

                                                                                         FIN
 
                                                                                                                    La Porteña, Marzo de 1926

   
                                            
                                                EPÍLOGO


    Al cabo de unos pocos días vividos como una sombra, atufado por cualquier sonsera, abandoné sin más dilación la casa principal, encontrando un lugar aparente en el rancho de Don Segundo. Era poderosa   allí   la  sensación   de  su   presencia,  que me atraía con la fuerza de un remanso, y  colegí   que    sólo  obedeciendo a esa sugestión vería, tal vez, el otro lado de la taba. Además, la cercanía del campo de  Galván me facilitaba el encuentro casi diario con Raucho. Con una alegría ávida de traducirse en movimiento, era él quien me oficiaba de ladero en mil tareas, siempre esparcido, siempre bien dispuesto. No dejaba de hallar ocasión para la palabra necesaria, y con el silbido expresaba, nítida, su vitalidad sobrante. Sin embargo, pasé varios meses taciturno, forzando la voluntad para la ejecución cotidiana de los actos más simples, aunque no le mezquinaba el cuerpo al trabajo, ya que trabajaba duro y de sol a sol (a veces antes que amaneciera ya me había ganado a los corrales para ordeñar, o estaba recogiendo animales que, luego del aparte, traduciría en una tropita, o estaba injiriendo alguna soga a la luz de la lámpara). Así ocupaba el tiempo, y además  atendía personalmente a mis potros, oficiaba a la fuerza de alambrador, obligado por el daño de alguna hacienda chúcara, y terraplenaba bebederos, siempre sumiéndose en peligrosos barriales. Buscábame Raucho para corrernos en yunta hasta  Buenos Aires, pero no me decidía  acompañarlo. Había perdido  la voluntad de viajar y conocer, quizá por temor de alejarme de los campos que todavía me aseguraban con patente certeza la figura admirada de Don Segundo. Yo había sido como un instrumento en sus manos, y algún día empezaría a tener sonido propio. Tal vez. Aún zumbaban en mis oídos algunas de sus palabras:  ¡Dejá, no más, que al correr del tiempo todo eso será tuyo! Y no se refería a la tierra, ni a la hacienda, ni a las casas....  ¡Si sos gaucho de veras no has de mudar!... Y a mi entender estaba visto que, por momentos, así iba siendo. Instruido por mis cabales, también  advertía la distancia entre un cajetilla agauchado y un gaucho acajetillado:  Más que en el origen,  asentábase en un inveterado antojo  de desarraigo; en el ansia de trasponer el límite del alambrado y enderezar sin retorno al callejón, poseído por esa indefinida voluntad de andar. Ciertamente, realicé que yo pertenecía con holgura al otro lado de la tranquera;  en cambio Raucho,  malgrado ser muy viajado y conocer mundo, era no más de aquí, marcado a fuego por la querencia.
     Había días en que  parecía ir moviéndome en el aire grande que  caía de todos lados en el cuerpo, como cariño, galopando campo abierto, mientras un vientecito suave se colaba entre la ropa y unos teros, allá arriba, me gritaban su alegría. Otras veces iba como dormido, y  la soledad me corría fría por el espinazo. Sin voluntad para el movimiento, quedábame sentado en el patio como pan que no se vende, mientras el agua de la pava se iba enfriando de puro aburrida, y la mirada se deslizaba sin detención sobre el campo que nada quería saber fuera de su reposo, durante esas tardes en cuyo silencio el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras. Sentía que estaba mudando el destino de la nube por el del árbol, esclavo de la raíz prendida sin remedio a unos palmos de tierra. Pensamientos lúgubres atenazábanme el garguero, con la memoria extraviada en un pozo de tristeza, hasta que el canto familiar  del cencerro de Garúa me alejaba de mis cavilaciones, llamando desde donde había quedado  recostada la tropilla, y mi atención tornábase sutil al escuchar el conocido tintineo. Entonces volvía en mí, para sentir que el orden de las cosas dábase como debía ser, y lo que viniera, llegaría por sí solo, en el natural devenir.
     Estaba una tarde de esas achicando una cincha y, sin luz suficiente, luchaba con mi alesna y el cuero algo reseco. Con pasión  humedecía el tiento, que patinaba filoso entre mis labios. Corríalo después contra el lomo del cuchillo, buscando la escurrida firmeza  que impidiera  zafar  los puntos. El sol ya se escondía detrás de los apretados paraísos, y la tropilla aguardaba sin impacientarse, comiendo en un potrerito nuevo, en derredor de la madrina maneada. Todavía no había dejado nochero, así que abandoné la costura para mejor oportunidad y me levanté con pereza del banco. Tantié la tabaquera en el bolsillo de la blusa, decidido a armar un buen cigarrillo; cargado en demasía, no terminaba de cabecearlo. Lo prendí y con el fósforo por delante busqué la lámpara. Solté dos bocanadas de humo como para ahuyentar  todos los mosquitos del patio, tosí, y a través del azul brumoso pude entrever que la tropilla se arremolinaba. Como respondiéndome a un chiflido, los caballos habían dejado de comer, y alzaban la cabeza con la gramilla en la boca; las orejas, rígidas, apuntaban en decidida señal hacia lo de Galván. El cencerro de Garúa desparramó un tropel de notas con generoso desborde, mientras la yegua buscaba inquieta la posición de sus compañeros. Después relinchó con una alegría que me estremeció desde los sobacos, dejándome en los brazos un reguero de piel de gallina. Pegué otra pitada fuerte y me ejecuté para afuera. Alguien venía llegando desde lo de Galván... ¿Don Segundo? Forcé la vista cuando mis ojos dudaron con la semblanza del ginete. No era él. Un paisano joven se arrimaba al tranco manso, con la tropilla por delante. Enderecé a la tranquera, queriendo conocer al visitante. Garúa volvió a relinchar, alzando las manos hacia la tropilla que se avecindaba, y dos caballos se desprendieron de ella para ir a refregar, gozosos, cogotes y cabezas con mi madrina. Eran, no más, el lobuno Orejuela y el bayo Comadreja. Sentí un contento indescriptible al reconocerlos. Los recuerdos se me atropellaron como tropa en un bebedero, y pité hondo otra vez, acercándome al paisano rubio, de porte desgarbado... que no era otro que Patrocinio Salvatierra.
     - Hermano...¡Bienvenido a las casas! Pero...¿qué andah'  haciendo por estos pagos? ¿Qué te trai por aquí? ¿Pasiando? Güeno... menos preguntas y apiate no más-. Una alegría charlatana me había soltado de golpe la lengua, acollarada desde la partida de mi padrino.
      -Güenas, don Fabio- me respondió tímidamente, sacándose el chambergo con un manotón apresurado.
      - Pero...¡Ah, no! ¡Otra veh' ansí no!- le grité fiero. Y su semblante palideció. Buscando distancia, afirmóse en riendas y estribos para recular. Los labios le temblaban y no atinaba a decir palabra. Entonces le aclaré, fastidiado pero con voz tranquila:
      - No, hermano, formal, ansí no. Me hacéh' el favor de  tutiarme, q' entoavía soy el de siempre, o  deno, te vas pegando la güelta ya mismito.
      -¡Lindo!- exclamó, echando afuera toda la risa. Y con el cabresto en la mano, se le descolgó por la paleta al alazán malacara.
       Nos confundimos en un abrazo.
       Orejuela y Comadreja se habían entreverado con mi tropilla, y Garúa ronroneaba de felicidad, relinchándoles bajito.
      -Ya veo, cuñao, que loh' has cuidao como Dios manda- dije,  vichándolos sin poder esconder la satisfacción.
      - Ansina eh' hermano, y al bayo a gatas le ha quedao un grueso costurón en el anca, pero sigue guapo y enterito como siempre. Loh' hubieras visto ande principiaron a conocer la querencia... No había modo de asujetarleh' las ganas...
      Lo acompañé a desensillar y dejamos ahí no más a las tropillas, que comían  juntas sin dejar de hacer familia. Era casi noche cerrada cuando entramos al rancho. Encendí fuego y el cimarrón iba y venía, mientras nos anoticiábamos mutuamente.
      - Por un casual m' encontré días pasaos con Don Segundo, que andaba oficiando' e capataz de tropa y había resuelto hacer noche en los campos ande me hayaba changando- comentó Patrocinio. Al sentir nombrar a mi padrino, un escalofrío me corrió por el espinazo.- Ansí jué que leh' carnié un capón y churrasquiamos juntos. Dispueh' que se despachara con una relación d' esas como él sabe hacer, me convidó' arrimarme hast' acá- y haciendo relinchar fuerte al mate se interrumpió, para luego seguir:
      - Me alvirtió que usté andaba necesitando un mensual pa trabajar en su campo...¡Caray! ¿No veh' hermano que la lengua porfía en la costumbre? Si hasta me anda pareciendo que soh' como dos personah' al mesmo tiempo, ¡la pucha!- y largó una sonora carcajada, acompañándose de un golpe de puño en la rodilla.
      -Ansinita eh' cuñao, pa qué vi' a mentirte, a mí también se me hace que llevo dos cristianos bajo el cuero: el patrón, que no me hayo, y el resero' e siempre, q' es el que hace más juerza pa salir- le contesté, mientras  cambiaba la cebadura del mate. Pensaba en esa sensación que me rondaba desde hacía rato. Y Patrocinio, que no era lerdo, en seguida supo filiarla.
      - También, trabajo por dos y eso no es cuento, hermano- afirmé, riendo por primera vez en la tarde-, dende que se jué Don Segundo, casi ni tiempo pa miar he tenido...
      - Y güeno. es porque estabah' necesitao que me caí pa darte una mano; cuando Don Segundo me anotició que andabah' presisando un puestero me vine cuantito pude, porque ansí no más debía ser...
     - Don Segundo es de pocas palabras- retruqué- pero cuando habla, sindudamente hay q' escucharlo...
      - Si te sirve, entonceh', aquí me tenés...- y levantaba los ojos interrogantes, mientras pasaba la lengua entre los dedos, humedeciendo el papel del cigarrillo.
      - Me anda pareciendo que sí, porque aquí  estoy  mah'   solito que   peludo trotiando' e día.    Dende q' el padrino se   jué, te digo q' el trabajo me tiene atosigao...- y pensaba que siempre las ideas de Don Segundo eran atinadas; que el padrino actuaba con su presencia y también desde su ausencia, como un verdadero Tata.
      Respiré con ganas, liberado por fín de tanta pesadumbre, tanta tristeza, sin conocer mayormente el motivo de la mudanza, y puse la carne al fuego. Al rato cayó Raucho, que le había señalado el camino a Patrocinio, y comimos sin impaciencia, como tres buenos compañeros. Algo nuevo parecía estar ocurriendo; una sensación diferente flotaba en el aire, de suerte que a su solo impulso me sentía presa de una alegría grave, contenida.
      Le ofrecí a Patrocinio quedarse a trabajar conmigo a porcentaje, con gastos y algo como sueldo fijo para empezar, y aceptó de  buena gana.
      - Arreglao; lo que voh' digas, hermano, pa mí va' estar güeno.
      La noche avanzaba, y las estrellas habían cambiado el firmamento. El aura se colaba por la ventana abierta. Las brasas  todavía calentaban el culo tiznado de la pava, y en tranquilo atardarse, cimaroneábamos otra vez. Raucho habíase despedido, comprometido como estaba con un viaje de varios meses, encargándome le galopara unos redomones. Cada tanto nos mirábamos sin hablar, con silencio de asentimiento. Armamos otros cigarrillos y nos convidamos sin mojarlos. La luz de la lámpara empezó a temblar con la brisa nocturna; las sombras flamearon sobre las paredes, tocaron el techo y cayeron al suelo como harapos. De repente y animado por un renuevo de ganas irreprimibles, dejé caer la pregunta:
      - ¿Y Paula, tu hermana, cómo está? Ya se debe haber casao, ¿verdá?- Pitando hondo y escarbando las brasas con una ramita, esperaba la respuesta como quien no quiere la cosa. El corazón me corcoviaba en el pecho como zorro entrampado, y escupí lejos unas hebras de tabaco pegadas a los labios.
     - Bien, la Paula está guapa como siempre, y se ha mudao al pueblo; se ha conchabao en El Progreso, un almacén de Ramoh' Generales. Prontito aprendió a yevarle lah' cuentas, y ha risultao como la mano derecha' e la dueña, una viuda' e la zona- comentó como al descuido Patrocinio. Chupó con ganas de la bombilla y al terminar, la bulla del mate aturdió mis oídos con viso de estampido.
      - ¿Si se ha casao querís saber?- continuó-. No, entoavía no; deseguro no ha juntao tiempo, porque lo q' eh' gavilanes que le arrastren el ala no le han faltao- y riendo me devolvió el mate, ya lavado. Metió luego los dedos en un bolsillo de la blusa y sacó un sobre arrugado.
      - M' encargó que si te hayaba, te alcanzara esto-  y entreabriendo la puerta, asomóse hacia la noche, respirando con golosa voluntad el aire fresco-. 'ta que s' está lindo acá, cuñao- y se retorcía descoyuntándose, cansado del viaje, por demás regular.
       Con un golpe seco abrí el sobre, y un papel celeste, muy suave, me habló de tiempos ya lejanos,  alborotando un sentimiento que habíase guardado quietito como pichón en el nido. Arrimé la carta a la lámpara y estiré el papel para sofrenar el temblor de los dedos. Entonces leí, una y otra vez, estas frases que con poco, lo decían todo:
      Todavía no tengo dueño que me ande mandando. Pero...ni falta que me hace. Ahora, si tiene un arreo y anda por estos pagos, no deje de visitarme. Será bien recibido. Saludos, Paula.
      Más fuerte que nunca vino a mí el deseo, y el recuerdo de su carita desfachatada y alegre como canto de jilguero, me insultó como un relámpago en la mente. Era más que probable que no esperase tener un arreo para caerme por allá. Seguramente lo haría antes. Sí señor, en cuanto Patrocinio se hallara con el nuevo trabajo, juntaría unas pilchas y, con la tropilla por delante, me largaría otra vez al callejón. Pero ahora sería para volver, porque  la suerte, como en la riña de gallos, parecía otra vez tallada en punta de mi lado. Y no la iba a dejar pasar, no señor.
      Salí andando de a pedacitos hasta afuera. Hondamente respiré el aliento de los campos dormidos. Encima nuestro, el cielo estrellado parecía un ojo inmenso, lleno de infinitas luces que tiritaban con renovado fulgor. Un perro ladró a lo lejos, y el cencerro de Garúa tintineó brevemente con curiosa cercanía.   El campo entero, tendido en honduras sin fín, recibía con silencioso goce la caída del sereno.


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