domingo, 21 de septiembre de 2014

Parrhesía y Cinismo


El discurso de la verdad. La verdad como forma de vida, una encarnación de la verdad,  los “cínicos”, antiguos griegos  precursores sin misticismo (sin poner el alma de por medio) del cristianismo. Tan diferente su significado de lo que recoge hoy día con esa palabra el lenguaje cotidiano. El cristianismo tomó lo que le fue útil a sus propósitos y despojó al “cinismo” de su verdadero sentido. Y le dio el que hoy todos conocemos. El diccionario de la RAE recoge en sus acepciones primeras el origen en los filósofos griegos, pero luego avanza así:
“Impúdico, procaz, que muestra  cinismo, desvergüenza en el mentir, desaseado, falto de aseo. Cinismo: Práctica de acciones o doctrinas vituperables. Afectación de desaseo  y grosería. Impudencia, obscenidad descarada”. Tal vez motes provocados por la anécdota de Diógenes masturbándose en la plaza pública, “si se puede comer en público, por qué no esto, decía cínicamente…”
Se ha tomado de los cínicos el ascetismo, el vivir para dar testimonio  de la verdad (no la revelada de los cristianos, claro),  pero se ha dejado en el camino lo que se podría considerar  la “basura cínica”, incorporándole al sustantivo  sólo este adjetivo como sello definitorio. Siempre me llamó la atención que tamaño descrédito en los términos con que se les evoca fuera también el nombre origen de una escuela filosófica de la antigua Grecia. La perversión (de dar vuelta) en la manera que adopta nuestro lenguaje para ensalzar o desacreditar  lo que no coincide con la “voluntad de verdad” del emisor lleva a que ni siquiera el diccionario sea un recurso veraz  para acceder al significado verdadero de las palabras. Que la historia escrita sea tendenciosa, lo sabemos. Pero que también los diccionarios lo sean…
Bien. Siguiendo a la escuela cínica  con la cual me identifico parcialmente  (no soy un asceta,  pero trato de que las palabras que salen de mi boca sean afines y concuerden  con mi estilo de vida, mi presencia, mi accionar personal y hacia el mundo), me reconcilia una vez más con la herencia que nos dejaron los griegos antiguos, única fuente que encuentro aceptable para avanzar y profundizar en la epiméleia heautóu (inquietud de sí mismo)  de Sócrates y la parrhesía relacionada con la ética de la vida  que él preconizaba como base para poder  aprender y eventualmente enseñar.
La vida cotidiana y de relación con el mundo lo enfrenta a uno casi sin darse cuenta con pensamientos, actos y hechos que ponen a prueba ese modo de sentir, pensar,  expresarse y actuar “sin que medie el cálculo de las consecuencias” que dicho modo produce en la sociedad, en la familia, en definitiva, en los otros. El decir verdad, el vivir de modo que la propia vida se ofrezca como  testigo  o  testimonio de ello, requiere coraje, el coraje de la verdad que ni el propio Sócrates  alcanzó a definir en un diálogo memorable con Nicías y Laques, pero que siglos después motivo de un libro imprescindible de M. Foucault.

El  coraje de la verdad  comienza en uno mismo, avanza en uno mismo, se desarrolla en uno mismo, y termina en uno mismo, a veces, desgraciadamente, antes de la muerte. Con maestros o sin maestros. Con ejemplos o sin ejemplos visibles y comprobables. Como la vida, está en el interior de uno,  es el germen que aguarda desde que abrimos los ojos al mundo, abrirlo a la luz a través de la epiméleia heautóu, es una decisión personal, un compromiso con  la vida misma.

lunes, 21 de julio de 2014

¿Quién escribe?

Una pregunta que generalmente no se produce ni parece necesaria si se conoce al autor,  de lo contrario, ¿vendría bien?, y, ¿puede el autor contestar esa pregunta? 

Sí y no, categoría universal. El autor puede dar sus datos personales, que parece una cuestión un tanto irrelevante. Sus antecedentes intelectuales y profesionales parecen ayudar un poco. Títulos, seminarios, participación en simposios y mesas redondas, libros, artículos y trabajos publicados, etc. Entre esto y los datos personales  se lo puede encuadrar, pero ¿se responde así a la pregunta...?

No. ¿Por qué no? Porque quien escribe no siempre sabe a ciencia cierta quién es, ni siempre es consciente de por qué escribe. Y al escribir lo hace a un ritmo mucho más acotado y lento que su variada actividad cerebral. Entonces, selecciona, elabora frases que sintetizan un pensamiento, o le sustrae parte de la esencia a una emoción y la transforma en palabras, no siempre fieles a su origen. El que escribe siempre filtra y muchas veces se pierde siguiendo un supuesto hilo conductor. Se detiene,  vuelve sobre sus pasos, borra, corrige y vuelve a avanzar. 

Si es bienintencionado, querría responder con sinceridad y honestidad a la pregunta. Todo un desafío. Es mucho más sencillo tomar un tema, masticarlo, elaborarlo y luego lanzarse a decir algo interesante, coherente y original sobre él. 

¿Quién escribe? es una pregunta que quizá no tiene respuesta fácil, ni de parte del interesado ni de sus críticos o sus afines. Entonces... quizá resulta mas bien innecesaria esta disquisición, y probablemente carece  de interés para el público en general.

"Sólo sé que no sé nada", así se podría empezar, y en esa nada estoy yo, a la sazón, quien escribe.

Borges decía: No hay libros buenos o malos, sólo libros bien o mal escritos. Una sabia respuesta.

Sin pretender agregar más a lo arriba expresado, hace muchos años escribí un relato muy breve, intitulado: "Soy demasiadas cualquier cosa juntas". Ésta sería mi respuesta.

jueves, 3 de julio de 2014

D. H. Lawrence

                       
En la Introducción al volumen de sus CARTAS, Aldous Huxley  comenta y reflexiona:

    “ Lawrence fue siempre, ineludiblemente, un artista. Sí, ineludiblemente, porque hubo momentos en que quiso evadirse de su destino. “Desearía con todo mi corazón que el hado no me hubiera impuesto los estigmas de escritor. ¿Por qué  tendremos que estar  inficionados de literatura , y tonterías semejantes?”- escribía a su editor.  Sin embargo, Lawrence amaba su destino; amaba el arte en el cual era un maestro: “Uno descarga sus enfermedades en los libros, repite y vuelve a presentar sus emociones hasta dominarlas”. Porque Lawrence era un poseído, en un sentido estricto del término, por su genio creador: Nada podía hacer contra eso.

      “El don característico y especial de Lawrence era una extraordinaria sensibilidad para lo que Wordsworth llamó “los modos desconocidos de lo existente”. Siempre estuvo intensamente penetrado por el misterio del universo, y ese misterio fue para él, constantemente, un númen divino. Lawrence no pudo olvidar nunca, como hacemos generalmente los demás, la oscura presencia de ese otro (otherness, en el sentido metafísico de alteridad cualitativa esencial) que está más allá de los límites de la conciencia del hombre. Esta sensibilidad especial era acompañada por un prodigioso poder de traducir ese otro experimento en forma inmediata, en términos de arte literario.

     “·Tal era el don peculiar de Lawrence. El hecho de que lo poseyera, explica, por ejemplo, su actitud hacia el sexo. Para Lawrence el significado de la experiencia sexual era: Que en ella el conocimiento inmediato e irracional de eso otro divino es llevado a un foco....de tinieblas. Parodiando la fórmula de Mattew Arnold, podemos decir que el sexo es algo extraño a nosotros, que tiende, no hacia la virtud, sino más bien hacia la vida., a la unión con el misterio. Esa quintaesencia de la alteridad es, no obstante,  la quintaesencia de nuestro ser. Y a Dios Padre, el Inescrutable, el Incognoscible, le conocemos en la carne de la mujer. Ella es la puerta por donde penetramos y por donde salimos. Testigos de la transfiguración, salimos ciegos e inconscientes. Así, el abrazo del amor aportaría tinieblas y olvido.

       “ Para el que posea el don de sentir el misterio de esa alteridad, el verdadero amor debe ser, necesariamente- en el vocabulario de Lawrence- nocturno. Así también ha de ser el conocimiento verdadero: Nocturno y tangible; un palpar en la noche. El hombre habita un mundo construido por él mismo dentro del universo mayor-que le es extraño- de la materia objetiva y de su propia irracionalidad. En la ilimitada negrura de este universo, la luz de su pensamiento excava una pequeña cueva  e ilumina un túnel de claridad en el cual, desde el nacimiento  de la conciencia y hasta su muerte, él vive, se mueve y halla su subsistencia. Muchos de nosotros ignoramos las tinieblas externas, o las condenamos por temor. No así Lawrence. Tenía unos ojos que veían más allá de los muros de luz, internándose profundamente en las tinieblas, y unos dedos sensitivos que le mantenían siempre en contacto con el misterio circundante. Además, a diferencia de los filósofos y hombres de ciencia, él no pretendía ni deseaba aumentar el área iluminada, aprobaba las tinieblas externas, y en ellas se sentía en su ambiente. Descreía de la ciencia, y como Keats, brindaba por la destrucción de Newton, que había explicado el arco iris.

      “Fuesen cuales fuesen las consecuencias intelectuales, él mantuvo siempre su lealtad al propio genio. El daimon que lo poseía era una cosa divina a la cual jamás negaba ni trataba de explicar. Esa lealtad, a su ser, a su don, al extraño y poderoso númen que le tomaba como tabernáculo, es fundamental en Lawrence. No era una incapacidad de comprensión lo que lo hacía rechazar la filosofía y la ciencia; era tan inteligente como genial. Los métodos de la ciencia y los de la filosofía crítica eran incompatibles con el ejercicio de su genio, con la inmediata percepción y la traducción artística de la divina alteridad.

     “Consideraba que el  arte debía ser completamente espontáneo, y como el artista, imperfecto, limitado, transitorio. Y que el primer deber moral del hombre es no intentar vivir por encima de su condición humana...De todos los materiales de construcción prefería el adobe; su gran plasticidad y su fugacidad se lo encarecían. Lawrence amaba a los etruscos, entre otras razones, porque construían templos de madera que no han sobrevivido. La piedra le agobiaba con su indestructible solidez. Y en la esfera ética ocurría lo mismo que en el arte. El arte de vivir es mucho más difícil que el arte de escribir. “Es algo más delicado hacer  el amor, triunfar en el amor, que expresarlo”-decía.
   Todos los sistemas de filosofía y de ética tienden a armonizar el politeísmo en nombre de algún Jehová de consistencia intelectual y moral. Para Lawrence era éste un procedimiento indefendible. Un dios tenía tanto derecho a existir como otro, y los de las tinieblas eran tan genuinamente divinos como los radiantes...En todo caso, este politeísmo era una democracia. Esta concepción de la naturaleza humana era extraída de la formulación de dos doctrinas bastante sorprendentes: Una ontológica, la Doctrina de la Indiferencia Cósmica, donde no hay ningún fin. La vida y el amor, son la vida y el amor; un manojo de violetas es un manojo de violetas e  insistir en la idea de la finalidad es arruinarlo todo. Vivir y dejar vivir, amar y dejar amar, florecer y marchitarse, y seguir la curva natural que fluye sin cesar. Y la ética, la doctrina de la despreocupación. No dejarse devorar por las preocupaciones, ni dejarse condenar a ser abstractos. Consideraba que el verdadero vivir era más serio que el trabajo y las preocupaciones. Creía que era  inmoral fatigarse con las preocupaciones, pues era una evasión del primer deber del hombre que es vivir. Tenía una condenación puritana para el vicio del trabajo. La otra distracción  que repudiaba era la espiritualidad, esa elevada meditación sobre las cosas que constituye para Pascal” toda la dignidad y toda la tarea del hombre”. Lawrence se espantaba de que así se pudiera olvidar de los goces y dificultades del vivir inmediato.

                                                                                                                  (continuará)
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lunes, 12 de mayo de 2014

Soledad



La soledad, impregnada de independencia y libertad, no es sólo y nada más que un estadío temporario, muchas veces no deseado,  del hombre. Es su "estado natural", y la carencia de condicionamientos temporo-espaciales, intelectuales y/o emocionales, convierte a  su cerebro y  su producto, la mente con su  flujo de pensamientos,  en un sistema más agudo, más  ágil, más preciso, como si se circulara por una vía de superconductividad, como el cambio de una vieja ruta por una moderna autopista. No existen interrupciones ni condicionamientos, no existen líneas directrices, obligaciones impuestas o compromisos de resultados. Ser libre para pensar, para elaborar, para actuar, para sentir,  requiere que el SNC (sistema nervioso central, o cerebro) funcione bien dispuesto, muy aceitado, con buen combustible y con posibilidades permanentes de encender todas las luces que las conexiones neuronales y los flujos de acetilcolina y dopamina y otros le permitan y le ofrezcan en cada momento de la experiencia vital. Entonces se comienza a percibir desde el propio cerebro  a uno mismo, cuya mayor dicha y obligación natural consiste en "conocerse a sí mismo" y, además, aceptarse y tratarse bien como punto de partida (epimeléia heautou de los antiguos griegos). 



Nos dicen que somos seres sociales, y enfocamos lo social como algo necesario, espontáneo y natural, olvidando al individuo en el camino. "Sos un individualista" se convierte en sinónimo de egoísmo a ultranza. Sin embargo, me tinca que el camino es el inverso y que no se llega plenamente a lo social sin haber ingresado y  completado antes la etapa de uno mismo. Pero "a uno mismo" no se llega condicionado. Y lo social condiciona necesaria e inevitablemente.



Creo que para cualquier aventura social se requiere ser consciente de lo que se deja en el camino. Cuando te hacen nacer, cuando luego te socializan  durante  los primeros años y más adelante te imponen una religión, una escolaridad, un medio social con el cual interactuar, una moral particular, en definitiva, una visión sesgada del mundo, el camino está viciado,  invertido (Como decía Cicerón en sus Tusculanas), y muchas veces resulta sin salida, pues bloquea la vía  hacia el interior de "uno mismo". Entonces, para llegar a "uno mismo", no queda otro recurso que romper en el viaje  las cáscaras y las mordazas con que te han vestido y adornado, abandonar las comodidades y seguridades de la "compañía", saltar las cercas cómodas que te protegen y salir al desierto, hacerse amigo de arena, piedras e insectos, sed, cansancio, hambre, frío. calor,  y dejarse ir hacia los eventuales oasis que aparecerán en el camino, como espejismos y como realidades. Dos dimensiones de una misma cosa.

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lunes, 13 de enero de 2014

Poesías





Qué manera, vida mía  (tango-canción)

¡Qué manera, vida mía! ¡Qué manera
de meterte en mi vida!
¡Qué manera!

De movida, nomás,
Fuiste un huracán que de un plumazo
devastara una por una mis defensas,
sacudiendo hambres dormidas,
invadiendo sin respiro
hasta el tuétano de toda mi osamenta.

Y quedé  como bola sin manija,
girando sin parar,
como baile de frágil marioneta
que se agita
sin timón, sin brújula,  sin rumbo;

Mareada por tan dulces estridencias,
Ardiente y suave, la ternura
Chorrea  ahora por mis poros un sin fin.

Son reductos que no paran de llamar
Y ahora piden  por ti.
Gritan  por ti,
Y gimen  por ti; 
Cuando mueren  mis adentros
de deseos infinitos...

¿Qué hacemos,  entonces, vida mía,
con toda esta carga que desborda,
Que demanda, que suplica,
estrellarse sin demoras  en tu seno,
Boca contra  boca,
pecho contra pecho,
hundirse en la  amapola de tu ombligo,
senda inevitable, para anclar,
definitiva,
en la amorosa fragancia de tus sedas?



Ahora me urge una manía:
contemplarte,
Por ejemplo, frente a frente,
Por ejemplo, en una mesa de café
Por ejemplo, muy a solas.
Los dos y nada más.
claro, a solas y muy juntos,  ¡obligado!

Y mirarte sin urgencias
Y decirte despacito,
Que aquello que me has dado,
Te lo voy a devolver multiplicado,
sorbo a sorbo,  de a poquito,
Con mis manos,
Con mi boca,
con mi sangre,
con palabras saboreadas y mordidas,
con mi vientre ansioso,
con el centro de mi piel rotunda.

Voy hacia las cálidas regiones de tu piel
que hoy las oigo suplicar,
con gritos  y susurros ser colmadas
"¡Ven ahora, ya, por fin y de un vez!"

Yo también ya soy tuyo, vida mía,
¡Qué bien que  sabes esto!...
Tuyo y sin remedio...


 ¡ Qué manera, vida mía! ¡Qué manera
de meterte en mi vida!
¡Qué manera!...


          

                   LEJOS DE LOS OJOS COLOR DE AGUA

Suave, blanca y simple,
como la espuma del mar sobre la arena.
Tierna como la arcilla que emerge del fondo de la tierra.
Antigua como las olas que se repiten,
que nunca envejecen.
Así como tu boca pequeña te contiene,
muere el día sin encontrar consuelo
en la pálida noche que se inicia,
con el vino, y el humo, y la música oscura
celebrada en voz baja, en un susurro.
Son tus pasos temerosos, húmedos de sombra,
tan cercanos y distantes
como los sueños que trepan en el frío del crepúsculo.
Y corren detrás de las cosas,
 como las cosas mismas  que intentas atrapar,
 para ti, para dejarlas ir, para que vuelvan a ser.
La muerte aprieta y revive el dolor de existir,
que es como nacer mil veces. No abandones
la red antes de tiempo,
porque hay un tiempo
para arrancarse la piel ardida de la cara
de un tirón, como si fuera una máscara,
y quedar descubierta y sangrando,
presa de las fieras,
dentro de tu cóncava ansiedad de hembra,
lejos de los ojos color de agua.
Y surgir con el viento helado del invierno,
con el salado secreto de las olas
que son eternamente una, que eres tú,
para estar, tal vez para ser,
y siempre (porque ese es tu sino),
desaparecer.






              Bronca que no calla, bronca que no duerme



Bronca que no calla, bronca que no duerme,
bronca que amarra la garganta
con grito de furia silencioso,
agrio espacio que impide conservar
el aliento vital y el pulso firme.
Impotencia que ahoga el flujo claro
y con tensa parálisis se expresa,
gira, rompe y se derrama como pita de alimañas
que corroe las entrañas y se devora los sueños.
Entretanto,
la vida no abandona el juego hostil,
y la muerte ronda y baila, tan cercana y risueña.

Bronca que no calla, bronca que no duerme,
mi canto es violencia
y no pide permiso,
y muerde hasta el fondo, y el fondo es macizo.


Dolor que brota con   voces de arrebato,
dolor que estalla en silencio de muerte,
dolor por la experiencia de insensibles miembros,
dolor por la conciencia de la mala leche
de bocas que desbordan  promesas incumplidas,
cuando  el cuándo es ahora, y tienen el poder,
y miran al costado, no lo que hay que hacer,
por la vida en general, por  quienes nada tienen,
desde siempre, desde antes de  nacer,
y que suman y más suman estadísticas vitales,
de dolor, de miseria,  de indigencia extrema,
en el enorme  espacio de  la  esperanza  ausente.

Bronca que no calla, bronca que no duerme,
mi canto es violencia
y no pide permiso,
y muerde hasta el fondo, y el fondo es macizo.

Bronca que no calla, bronca que no duerme,
dame el canto cierto para ignorar la tristeza,
dame el aliento para romper el taño,
y abrir de un tajo el cuerpo derrotado,
y llegar al núcleo del dolor preciso,
del dolor cabal que no admite excusas.
¡Quién pudiera desnudar a la injusticia
que se oculta bajo  múltiples disfraces,
y suplanta sin pudor a la justicia
que carga doblegada
la inopia escandalosa por estigma y  no reacciona!
Mezquino resultado una justicia desmedrada
y su hermana, la versátil, vigorosa y saludable.



Bronca que no calla, bronca que no duerme,
mi canto es violencia
y no pide permiso,
y muerde hasta el fondo, y el fondo es macizo.


LAS DOS SOLEDADES


La soledad cuando estás solo. 
La soledad  acompañado.
La soledad en el oasis, la soledad en el desierto.
La soledad en el encuentro con uno mismo, 
la soledad compañera.
y la soledad en el desencuentro. 
la soledad que duele,
La soledad del abandono, la soledad del desamparo,
tan lejos de la otra, la soledad solitaria.
La soledad que unta cercanía con  lejanía,
en una mixtura tan objetiva como subjetiva,
que trastoca lo soportable en  insoportable.
La soledad amistosa y cordial 
que  acerca al centro de uno mismo,
Y la soledad punzante, insidiosa y traicionera
que siempre aparece a destiempo,
Que desentona con la realidad 
y vuelca obscenamente a la intemperie
el contenido del baúl de los trastos viejos
residuos inútiles, desgastados, malolientes
que se han acumulado en la memoria  
a lo largo de los años… 
De aparición brusca, es siempre sorprendida in fraganti
al pretenderse lo que no es, ni nunca fue, y nunca será.
Destructiva por naturaleza,
deja el tendal de escombros tras de sí al retirarse,
Y señala con una mueca que simula una sonrisa:
“Ahora, arreglate como puedas…”
Y tras esta sentencia solo queda
juntar los pedazos desparramados entre las cenizas
que dejó el Ave Fénix al levantar vuelo,
en soledad, curiosamente, en soledad,
En la soledad del oasis,
del propio encuentro,
en la soledad amigable, 
finalmente,
en la soledad imprescindible,
como que por fin llega a  entenderse
que los males de la soledad, sólo se curan en soledad…




miércoles, 13 de noviembre de 2013

Cuentos infantiles

                        
El señor de las mariposas

                     Todas las mañanas podía vérselo caminando por los senderos de la plaza con las manos metidas en los bolsillos, como si tuviera frío. Pero no tenía frío. Cuando se encontraba con otro paseante se detenía, lo miraba  con minuciosa prolijidad, y después… En general no había después, porque la mayoría de las personas fruncían el ceño, y se alejaban de él apresuradas, murmurando, como quejándose: “¡Que no hay derecho a mirar así a la gente!” “¿Dónde habrá aprendido modales este personaje?”

                    Pero cuando este personaje se encontraba con un grupo de niños, no tenía tanto problema, excepto cuando iban acompañados por adultos, que, casi invariablemente, tironeaban de sus brazos para alejarlos de inmediato de quien había tenido la osadía de detenerse frente a ellos y mirarlos, mirarlos directa y abiertamente. A veces los chicos tienen suerte y corretean solos, y saltan y gritan o cantan entre ellos, y en esas ocasiones, cuando lo enfrentaban, frenaban súbitamente y se quedaban quietos o movían sólo la cabeza, y lo observaban con curiosidad, expectantes. Pues de ese señor algo tenía que surgir, algo que los sorprendería, algo que no conocían, y quizá algo que podrían guardar en sus bolsillos como novedad.

                       Entonces el señor les sonreía, con la boca y con los ojos, y comenzaba a hablarles con palabras interrogantes, y cuando un ¡Sí! amplio y unánime surgía de los pequeños labios, quitaba abruptamente las manos de los bolsillos, extendía los brazos como si fuera un espantapájaros, y al abrir los puños cerrados, todo con un solo movimiento, un abanico de brillantes y abigarradas mariposas inundaba el aire de los alrededores, flotando con su particular suavidad entre los maravillados niños, que saltaban y gritaban intentando atraparlas.

                Al rato, el señor volvía a meter las manos en los bolsillos, y las mariposas se desvanecían en el aire. Mostrando una enorme sonrisa, se alejaba entonces, caminando despacio, ante el asombro que dejaba atrás. Escuchaba los llamados perentorios de los adultos a sus críos, se encogía de hombros como diciendo: “así son las cosas”, y comenzaba a silbar una canción, hasta encontrar otro grupo de gente menuda. En algunas ocasiones, inclusive lograba asombrar y hacer sonreír a algunos adultos, porque aunque raros, también los hay.

              Con el tiempo, algunos lo llamaron el señor de las mariposas. Otros, simplemente el loco de la plaza.


                                     LA CARTA

      Hacía  varias semanas  que esperaba  la carta que su nieto le había prometido al terminar el verano. Pensaba con insistencia en el chico y se complacía en recordar los muchos momentos amables que habían pasado juntos. No podía dejar de sonreír cuando evocaba la imagen seria e inocente, siempre interrogante del niño, y sus palabras y dichos escuetos, de una lógica simple y sencilla, con frecuencia aplastante.
      Con profunda tristeza lo vio alejarse cuando terminaron las vacaciones. Dudaba que la escuela pudiera agregarle algo más que información: conocía las necesidades actuales del chico  y había insistido ante su hijo para retenerlo el año entero. El niño se había entusiasmado con la idea. “Padres separados encuentran la mejor solución internando los hijos en un colegio”, pensaba ahora con un dejo de amargura

     Esa tarde salió de la casa luego de un frugal almuerzo, trajinó con los animales de corral, limpió pesebres,  ató los caballos en el arado y comprobó el estado de la tierra. Unas dos hectáreas serían suficientes para plantar el maíz que necesitaba.
     Después limpió de yuyos la quinta, viendo cómo los retoños sembrados apuntaban decididos buscando la luz del sol. Las papas, cebollas y ajos maduraban bajo tierra y su memoria todavía buena los vigilaba. Más allá, las plantaciones de ajíes y tomates reclamarían en unas semanas su tiempo.

Del otro lado de la cerca, los frutales siempre vulnerables a los bichos, las plagas y los pájaros demandaban también su atención con voz propia.
      Su nieto le había asegurado contarle no bien pudiera las novedades de la ciudad y de la nueva escuela. Estaba muy nervioso cuando lo acompañó a la estación de ómnibus para su regreso. Entonces prometió escribirle.
      En eso pensaba, y también en la original y  especial manera de enfocar ciertas cuestiones que comparten, con curiosa sintonía, las edades extremas, cuando oyó el silbido del cartero. Estaba contemplando con atención y muy de cerca unas manchas oscuras en las hojas de los limoneros, y partió raudo hacia la casa.

Atardecía. Con el arranque apresurado, no percibió el ligero movimiento  que se produjo en el bolsillo de su camisa, al desprenderse los anteojos, que quedaron enganchados en una rama   del árbol, espinosa y adhesiva.

   En el buzón exterior encontró un sobre blanco, escrito con letras que apuntaban un poco hacia abajo, como suelen hacerlo los chicos. Instintivamente llevó la mano derecha al bolsillo de la camisa.  Lo encontró vacío. Nerviosamente rebuscó en los otros bolsillos, sin resultado. Era el único par que tenía, y sin ellos no podía leer. Se  sentó en el suelo, resoplando con fastidio. Golpeó varias veces con la mano distintos sitios del  cuerpo, buscando con esa maniobra una mágica aparición. El sol ya se había ocultado detrás de las lomas que se elevaban más allá de sus terrenos. Pronto sería de noche.

     Entró con pasos fatigosos en la casa. Buscó  por todos los rincones hasta que recordó el último uso que les había dado a los anteojos. “Fue en la quinta”, pensó esperanzado, y hacia allá salió presuroso, aprovechando los últimos minutos de luz.
   
      Limoneros había unos seis o siete, entre otras plantas frutales, como mandarinas, naranjas, quinotos, pomelos y manzanas, y el suelo no estaba para nada limpio. Suspiró con fastidio y comenzó con la búsqueda, planta por planta.

    La noche lo encontró en cuatro patas, rebuscando entre los yuyos. Desesperanzado y muy cansado, regresó  ya definitivamente de mal humor. Entró en la casa, encendió las lámparas de querosén y se lavó en la pileta de la cocina manos, cuello y cara, refregándose la piel con rabia. “Más tarde me cocinaré algo”, pensó siguiendo una rutina.
       Se sentó en el sillón de cuero, gastado por el uso de años, y estiró las piernas. Entonces se desprendió de las botas con movimientos bruscos, descargando una vez más su frustración. Volvió al sobre y lo acercó a la luz. Manchas de tinta borrosas prometían una comunicación que así no llegaría a ser.
        Abrió el sobre con el filo de un cuchillo y extrajo dos hojas blancas, llenas de letras negras ilegibles. Formaban líneas que también apuntaban hacia abajo. Algunas parecían perderse más allá del borde del margen. Forzó la vista, sin lograr corregir el defecto de su visión.

         Se tomó la cabeza con las manos y de pronto se dejó llevar por un llanto que comenzó a sacudirlo desde los hombros. La impotencia y la realidad de sus limitaciones le inundó como un aluvión que todo  lo cubre.
          Se incorporó y arrojó las hojas sobre la mesa. Se acercó a la cocina con la vista empañada, que no quiso distraer con el puño de la camisa. Como siempre, la ilustración del almanaque pinchado en las tablas de la alacena atrajo su atención. Bajó hasta las letras y números, borrosos, solo reconocibles ahora con ayuda de la memoria
          Acercó  la vista a esas manchas oscuras, entrechocando los dientes con rabia. Casi tocaba el almanaque con la cara cuando otro mundo se le abrió súbitamente. Veía. Veía con nitidez letras y números.
         Parpadeó varias veces, molesto por la humedad de los ojos, y la visión borrosa regresó, dueña de su sitio.
          Entrecerró los párpados y con la mirada fija en la luz de una lámpara volvió a lagrimear. Entonces tomó la carta y empezó a leer esas letras enormes que se le iban apareciendo una tras otra, aumentadas y centradas por la lupa que producía el agua sobre las corneas.
        “Querido abuelo: No sabés el trabajo que tengo en la nueva escuela y lo que me ha costado encontrar el momento para poder escribirte. Recién he terminado mi tarea y apenas tengo luz suficiente para escribir. Lo hago de memoria, porque casi ni veo las letras, así que vas a tener que disculparme por los errores de mi escritura, que seguro no te va a resultar nada fácil de leer...


BREVE HISTORIA DE UNA PEQUEÑA ABEJA Y UNA FLOR

      Le gustaba soñar, y como era muy chiquita, tenía sueños maravillosos. Pero sus compañeras, ya adultas, con el afán de trabajar el día entero, no se lo permitían. Y le encargaban una serie de trabajos que, según ellas, debían cumplir las abejas más pequeñas -como dar de comer a las larvas y construir nuevos cuartos con cera para agrandar el panal. También recibía el néctar que traían las mayores, lo ingería y luego lo devolvía para depositarlo en los sitios donde se guarda la miel. Todo esto lo hacía bien, pero no se conformaba. Sentía la necesidad de conocer algo más, de vivir de otra manera que no fuera tan maquinal. No amaba su trabajo, pues quería realizarlo para algo o alguien en especial, y no simplemente para cumplir con un deber impuesto en el panal. Soñaba con encontrar una flor; una flor muy hermosa, con cuyo néctar ella fabricaría la miel más deliciosa del mundo. Y así sería su miel, pues la crearía con una sola flor, a la cual querría toda su vida. No deseaba tener trato con cientos de flores, como lo hacían las demás abejas, pues de esa manera jamás llegaría a conocer a ninguna. Pensaba en todas estas cosas, y deseaba compartirlas, pero las mayores no le daban importancia, e insistían en que trabajara sin perder el tiempo con ensoñaciones que, según ellas, sólo servían para distraerla de sus ocupaciones.
     Un buen día, sin autorización, decidió salir con las demás abejas para visitar a las flores. Pensaba que solo así llegaría a encontrar la flor con la  que había soñado. Deslumbrada por su belleza, las contempló largamente hasta que fue sorprendida por la noche. Temerosa, regresó al panal. Traía las patitas vacías, pues no había recogido néctar para la miel. Cuando llegó, las abejas grandes se indignaron con ella. Había descuidado el trabajo en el panal, abandonando las larvas a su suerte, y además había perdido todo el día admirando lo que ella definía incomprensiblemente como “la belleza de las flores”, sin juntar ni un poquito de sustancia para la miel. Avergonzada, la abejita no supo qué decirles. Se sentía acechada, acorralada por sus compañeras. Entonces solicitó autorización para alejarse del panal. Las mayores estuvieron de acuerdo con que se fuera, pero le impusieron que no regresara nunca más, ya que si las más pequeñas seguían su ejemplo, ninguna trabajaría  y todas morirían de hambre en el invierno.
     Sin saber hacia dónde ir, la abejita voló lejos del panal. No conocía ningún refugio ni sabía cómo encontrarlo. Anduvo largas horas, y como era de noche, se extravió. Cansada, bajó para buscar algún sitio donde poder dormir resguardada. Pero al llegar al suelo, todo le pareció inmensamente grande, oscuro, aterrador. Las sombras de los pastos, agitados por el viento, la hacían temblar de miedo. Deseó fervientemente volver al panal. Se sentía tan sola, que se largó a llorar sin consuelo. El viento arrastraba sus gemidos entrecortados, cuando una flor, que ya dormía, despertó al escucharlos, y asombrada la llamó. La abejita se le acercó y comprobó que de esa flor emanaba una perfume muy especial. Como era de noche, no podía distinguirla bien, pero imaginó que era muy hermosa. La flor la acarició con sus pétalos, y  le pidió que le contara lo que le ocurría. Entre sollozos, la abejita le relató todo, su vida, sus anhelos, sus penas, hasta que, ya calmada y abrumada por el cansancio se durmió sobre los pétalos de la flor.
     A la mañana siguiente, la abejita despertó muy temprano. Nunca había contemplado un amanecer tan lindo. El rocío, que se había depositado sobre los pétalos, la refrescaba. Comprobó que los colores de esa flor eran maravillosos, y se combinaban armónicamente. Sintió hacia ella una inmensa ternura, la besó con suavidad, y luego, feliz, salió a volar por los alrededores. El sitio era recóndito y diferente a cuanto ella conocía. Lo protegían enormes árboles, de tupido follaje, y el pasto era alto y muy verde. No encontró otras flores tan grandes como su amiga y, temerosa de perderla, volvió a su lado. ¡Qué hermosa era! ¡Qué pétalos tan delicados y fragantes tenía! En cuanto la flor despertó, la abejita le expresó emocionada que deseaba quedarse a vivir con ella. La flor, como única respuesta, le dijo que ese era el día más feliz de su vida.
     Agradecidas por el encuentro casual que las había unido,  se hicieron muy amigas. La abejita comenzó a construir un diminuto panal dentro de la flor. Destinó un sitio para dormir, y otro para guardar su futura miel, que sería la más deliciosa del mundo. La flor,  que conocía los secretos de su fabricación, le daba indicaciones: Debía recoger el néctar con las patitas, llevarlo hasta el panal, comerlo de a poco, y finalmente devolverlo para depositarlo, ya transformado en miel.
     Al principio, la miel tenía un sabor común, y se parecía a cualquier otra. Pero con paciencia, constancia y una delicada elaboración, la abejita repitió muchas veces el procedimiento, hasta lograr una altísima purificación. Mientras, su amiga le confiaba los secretos de las flores, indicándole los sitios que conservaba intactos,  adónde podía encontrar el néctar más preciado para fabricar la miel. Le contaba que todas ellas disimulan esos escondrijos, pues generalmente las abejas se les acercan sólo por  interés. Únicamente desean explotarlas, sin importarles el resto. Las abejas no advierten que las flores desean hacerse amigas de ellas. Y por ese motivo, éstas mantienen en secreto lo más exquisito y preciado de su esencia. La abejita se dio cuenta del don que su amiga le hacía, y se comprometió a quererla siempre.
     Pasó el tiempo, y ambas amigas eran cada día más felices. Se comprendían y ayudaban en todo momento. Y la abejita fabricó, tras muchos intentos, una miel sin par. Poca era su cantidad, pero incomparable era su calidad.
     Un día en que estaban conversando animadamente, oyeron los lamentos de una abeja. Poco a poco, éstos se intensificaron, hasta que distinguieron que se trataba de una abeja que volaba sin rumbo, dando vueltas en el aire, como perdida y quejándose continuamente. Preocupada, la abejita  la llamó. Cuando llegó hasta ellas,  comprobó que se trataba de una de sus compañeras. Se reconocieron mutuamente y se abrazaron, llorando de alegría. La abejita le contó a su visitante las vicisitudes que había sufrido luego de abandonar el panal, cómo había encontrado a la flor, cuánto la quería y lo feliz que era ahora con ella. La abeja no la comprendió, pero se alegró de encontrarla bien. Entonces le contó el motivo de su tristeza: La Reina estaba muy enferma. Todos los métodos conocidos para curarla habían fracasado, incluyendo la jalea real. Pronto, ellas quedarían sin su reina madre, y habría una enorme congoja en el panal. Esta noticia entristeció mucho a la abejita, ya que ella también era hija de la Reina. Luego del relato, la abeja se despidió y se alejó volando, algo más reconfortada por el inesperado encuentro. Pero la abejita, en cambio, quedó apesadumbrada ante la noticia, y fue a llorar sobre los pétalos de su amada. Esta, que había permanecido callada desde la llegada de la abeja, la consoló con palabras muy suaves y dulces, y le pidió que juntara toda la miel que habían fabricado juntas. Que llenara bien el buche y las patitas con ella, y que se la llevara a la Reina. Estaba segura de que se restablecería si le daba de comer de esa miel. Delirando de entusiasmo, la abejita cumplió con la sugerencia de la flor, y se preparó para partir. Se despidieron sin tristeza, pues pronto estarían nuevamente juntas, y la abejita emprendió emocionada el vuelo hacia el panal natal. Era noche cerrada cuando llegó a sus alrededores. Una gran nostalgia la invadió cuando comenzó a reconocer los sitios donde habían transcurrido los primeros días de su vida. El aroma típico de la miel del panal la estremeció de alegría. Al llegar, las abejas la recibieron con gran entusiasmo. Su presencia les daba una nueva alegría de vivir. Inmediatamente, la abejita preguntó por la Reina, y al verla, agonizante, casi se echó a llorar delante de ella. Pero se contuvo, y se le acercó para ofrecerle la miel que traía.
     Día y noche permaneció junto a su madre, dándole  a cada rato de la preciosa miel. Y la Reina comenzó a reponerse. Poco a poco, fue recuperándose; se la veía más fuerte y se sentía de mejor humor. Hasta que un día, completamente repuesta, pudo levantarse y salir a pasear. Al ver a la Reina nuevamente sana, la alegría de toda la colmena fue indescriptible. Bailaban y cantaban las abejas, felices de que ya hubiera pasado el motivo que las entristecía. Entonces, la Reina decidió que la abejita  permanecería con ella, pues sería su mejor sucesora. Todas las abejas aplaudieron la decisión como la más acertada, y no dejaron de felicitar a la pequeña por  la sabia elección. Pero ésta no estaba nada conforme con esa providencia. Extrañaba enormemente a su flor; no imaginaba otra vida que no fuera junto a ella, y no deseaba otra cosa más que regresar. Ni aunque la designaran sucesora de la Reina quería seguir en el panal. Pero pensó que si expresaba sus deseos, las abejas volverían a enojarse con ella, la llamarían desagradecida. Y ser la futura reina era un honor y un deber que no podía eludir fácilmente.
     Cuando la Reina demostró estar completamente recuperada, la abejita aguardó la oscuridad de la noche y que todas sus compañeras durmieran, y sin despedirse y confiando ciegamente en su instinto, emprendió el vuelo de regreso. El deseo de encontrarse con su amiga la impulsaba y voló rápidamente. Desde lejos percibió la fragancia de su compañera, y se colmó de dicha al acercarse a ella. Fue indescriptible la alegría de ambas  al reencontrarse. La separación había aumentado la fuerza de sus sentimientos, y comprobaron que se amaban intensamente. Ya no tenían miel, pero la fabricarían  de nuevo. Y la próxima sería aún más rica que la anterior, que había demostrado la eficacia de sus propiedades al curar a la abeja reina.
     A partir de entonces, ambas continuaron su vida de trabajo y amistad, combinando las labores con el afecto, en perfecta armonía.
     Pero, pronto aparecieron mensajeras del panal, pidiéndole a la abejita que regresara con ellas. Era la elegida, y no podía rehusarse a la voluntad de la Reina. Ella intentó explicarles que no deseaba ese honor; que simplemente quería vivir en paz con su flor y dedicarse a fabricar esa miel sin par. Las súplicas y los ruegos de las abejas fueron en vano. Nada ni nadie la haría cambiar de opinión. Entonces, las mensajeras regresaron cavilosas al panal. Allí, en secreto conciliábulo, decidieron raptarla, para luego encerrarla en el panal.
     Sin comunicarle la decisión a la reina, se preparó un grupo de ellas, y una noche salieron todas juntas a buscarla. Exploraron la zona hasta el amanecer, pero no pudieron encontrar la famosa flor. Regresaron al panal, contrariadas y agotadas, y no tuvieron más remedio que confesarle a la Reina  el motivo de su frustración: La abejita se había ido para siempre del panal. Al escuchar el relato, la Reina comprendió el deseo de la abejita, y ordenó que no volvieran a molestarla. Y acto seguido designó a otra sucesora.
     A la mañana siguiente, al despertar, la abejita comprobó que su amiga se había cerrado. Sin extrañarse, la despertó como siempre, acariciándole los pétalos con la trompa y las patitas. La flor se desperezó con un lento movimiento de apertura, ofreciendo su interior a la luz del sol, que inundó a ambas amigas con su alegría. Le contó entonces a la abejita que  la noche de la víspera habían llegado muchas abejas revoloteando por la zona, con la intención de raptarla. Ella unió herméticamente los pétalos, y logró pasar desapercibida. Al desconocerla, siguieron su camino. Era una vieja treta que había heredado instintivamente, para evitar ser comida por los insectos nocturnos. Ambas festejaron la idea, y continuaron luego con sus tareas cotidianas.
      Nunca más volvieron las abejas a molestarlas, aunque alguna pasó fugazmente de visita, compartiendo las  novedades y llevándole a la Reina, como regalo, un poco de la miel sin par de la pequeña.
      Vivieron mucho tiempo juntas. Y se amaron; se amaron como solo saben hacerlo una abeja pequeña y su flor.


                                                                                         FIN