miércoles, 23 de septiembre de 2026

VARIACIONES SOBRE DON SEGUNDO SOMBRA (adelantos del proximo libro editado por Autores de Argentina)

 

Un ensayo novelado de la bildungsroman

Extractos de DSS, notas críticas y opiniones, un epílogo y relatos camperos a propósito de la bildungsroman (*) de Güiraldes, conmemorando los 100 años de la primera edición, Julio 1926, Editorial Proa, San Antonio de Areco. Ilustrado por Gianni Dalfiume.


Con su licencia, Don Ricardo…  


 

 

                   PRIMERA PARTE

 

 

                DON SEGUNDO SOMBRA

 

                     MITO Y/O REALIDAD

 

            APOLOGÍAS Y DETRACCIONES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

    INTRODUCCIÓN I

 

     En Mamaguita, una estancia de la familia de mi padre situada en el partido de Veinticinco de Mayo, apareció, por los años sesenta, en el fondo de uno de los baúles -fruto del embalaje de los innumerables papeles de mi abuelo- un ejemplar de la primera edición del Don Segundo Sombra, impreso en julio de l926 por Editorial Proa, en San Antonio de Areco.

 


      

   Vaya a continuación parte del capítulo I y el capítulo final de ese ejemplar de la primera edición como necesaria referencia para un inicio apropiado del pot-pourri que pretende desarrollar un ensayo novelado de la  bildungsroman de Güiraldes.

                              COMIENZO Y FINAL DE             

 

   


            
       

                                                

                                                          

                                                 I.

 

     En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo.

    Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagresitos, que luego cambiaría al pulpero de “La Blanqueada” por golosinas, cigarrillos o unos centavos.

   Mi humor no era el de siempre; sentíame hosco, huraño, y no había querido avisar a mis habituales compañeros de huelga y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir las chuscadas de uso.

    La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla.

     Pensaba.  Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de “guacho”, como seguramente dirían por ahí.

    Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían, imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o verticales entre sí.

    En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tías, mi prisión.

    ¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Mi protector Don Fabio Cáceres? Por centésima vez aquellas preguntas se formulaban en mí, con grande interrogante ansioso, y por centésima vez reconstruí mi breve vida como única contestación posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una obsesión tenaz.

    ¿Seis, siete, ocho años? ¿Qué edad tenía a lo justo cuando me separaron de la que siempre llamé “mama”, para traerme al encierro del pueblo so pretexto de que debía ir al colegio? Sólo sé que lloré mucho la primera semana, aunque me rodearon de cariño dos mujeres desconocidas y un hombre de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de “m´hijito” y dijeron que debía yo llamarlas Tía Asunción y Tía Mercedes. El hombre no exigió de mí trato alguno, pero su bondad me parecía de mejor augurio.

    Fui al colegio. Había ya aprendido a tragar mis lágrimas y a no creer en palabras zalameras. Mis tías pronto se aburrieron del juguete y regañaban el día entero, poniéndose de acuerdo sólo para decirme que estaba sucio, que era un atorrante y echarme la culpa de cuanto desperfecto sucedía en la casa.

    Don Fabio Cáceres vino a buscarme una vez, preguntándome si quería pasear con él por su estancia. Conocí la casa pomposa, como no había ninguna en el pueblo, que me impuso un respeto silencioso a semejanza de la Iglesia, a la cual solían llevarme mis tías, sentándome entre ellas para soplarme el rosario y vigilar mis actitudes, haciéndose de cada reto un mérito ante Dios.

   Don Fabio me mostró el gallinero, me dio una torta, me regaló un durazno y me sacó por el campo en “sulky” para mirar las vacas y las yeguas.

   De vuelta al pueblo conservé un luminoso recuerdo de aquél paseo y lloré, porque vi el puesto en que me había criado y la figura de “mama”, siempre ocupada en algún trabajo, mientras yo rondaba la cocina o pataleaba en algún charco.

   Dos o tres veces más vino Don Fabio a buscarme y así concluyó el primer año.

 

    (…)

 

    Gradualmente mis recuerdos habíanme llevado a los momentos entonces presentes. Volví a pensar en lo hermoso que sería irse, pero esa misma idea se desvanecía en la tarde, en cuyo silencio el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras.

    El barro de las orillas y las barrancas habíase vuelto de color violeta. Las toscas costeras exhalaban como un resplandor de metal. Las aguas del río hiciéronse frías a mis ojos y los reflejos de las cosas en la superficie serenada, tenían más color que las cosas mismas. El cielo se alejaba. Mudábanse los tintes áureos de las nubes en rojos, los rojos en pardos.

    Junto a mí, tomé mi sarta de bagresitos “duros pa morir”, que aún coleaban en la desesperación de la asfixia lenta, y envolviendo el hilo de mi aparejo en la caña, clavando el anzuelo en el corcho, dirigí mi andar hacia el pueblo en el que comenzaban a titilar las primeras luces.

    Sobre el tendido caserío bajo, la noche iba dando importancia al viejo campanario de la Iglesia.

 

 

                                           XXIIX. (sic)

 

 

   La laguna hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media, en unos juncales ralos gritaban los pájaros salvajes.

   Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.

    Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría, más que ningún otro, un desprendimiento.

    Tres años habían transcurrido desde que llegué, como un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades.  ¡Mis heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo, en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera cualquier caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.

    Está visto que en mi vida, el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón.

     Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría aun dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fué recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.

     Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vivido un instinto salvaje, que me hacía tender una cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.

      La casa grande y vacía, poblada de muebles serios, como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo de otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.

      Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. Él me dió los primeros galopes a unos bayos, que me regaló para entablar la tan deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y en igual cantidad, con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podría haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho. Para dos muchachones que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes el uno para el otro.

    Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar en estos recuerdos.

    Fué a raíz de estas charlas que Raucho acertó a influenciarme con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero ¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo por el idioma sino por mi falta de costumbre, él leía con extraordinaria facilidad, lo mismo en francés, italiano y en inglés, que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué creía que iba a encontrar?  La vida, a mi entender, estaba tan llena, que el querer meterle nuevas combinaciones, se me antojaba lamentablemente infantil. Mis argumentos simples, nada podían contra su fantasía y al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte, me impedía encarar ningún amorío como una diversión.    

    A todo eso, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias. Buscaba instruirme con tesón.

    Pero no quiero hablar de todo eso, en estas líneas de alma sencilla. Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros y algunos viajes a Buenos Aires con Raucho, fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.

   Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.

    Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.

     Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fuí para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!

     Nos saludamos como siempre.

     A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?

    Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo de Don Segundo, dió el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.

      Lo ví alejarse al tranco. Mis ojos dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía cómo levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y como echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fué. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fué el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.

   Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo del atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.

   Me dije: “ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce  el  río, lo  veré  asomar  en  el  segundo  repecho.”  El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.

   La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo, era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se cernía enérgicamente sobre aquél pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a  lo  alto  del  camino  y  desaparecer.  Se fué reduciendo como si lo cortaran  de  abajo  en  repetidos  tajos.  Sobre  el  punto  negro  del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.    “Sombra”,  me  repetí.  Después  pensé  casi   violentamente  en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.

  Centrando mi voluntad en la ejecución de pequeños hechos, dí vuelta mi caballo y, lentamente, me fuí para las casas.

    Me fui como quien se desangra.            

                                                         FIN               La Porteña, Marzo de 1926      

      


     MITO Y REALIDAD DE “DON SEGUNDO SOMBRA”                                                                                                                                  

                                            LIMINAR      por Ernesto Sábato

               Edición Crítica, DSS (Paul Verdevoye, coordinador, 1988).

 

   “Un crítico argentino, que pretende utilizar a Marx como maestro sostiene que el Don Segundo Sombra de Güiraldes no existe, que es apenas la visión que un estanciero tiene del antiguo “gaucho” de la provincia de Buenos Aires; lo que es más o menos como acusar a Homero de falsificador, porque exhaustivos registros llevados a cabo en las montañas calabresas y sicilianas no han dado con un solo cíclope.  Con este mismo criterio de naturalista habría que rechazar a Modigliani por su manía de pintar mujeres con gargantas inexistentes. Pero ¿inexistentes dónde? No desde luego en el espíritu del pintor. La diferencia entre Modigliani y una máquina fotográfica es que el arte no es una mera copia de la realidad externa sino un acto onto-creador, más cercano al sueño que al espejo.”

   “Por ahí andaba todavía el modelo que empleó Güiraldes para inventar su personaje. Creo que se llamaba Segundo Ramírez. Los astutos administradores de la fama lo exhibían a los turistas extranjeros. Evité la tristeza de conocerlo, pero aún así puedo asegurar que era un mistificador, porque el auténtico don Segundo es el mito imaginado por Güiraldes, que misteriosamente reveló un secreto de la condición pampeana. Inmortal, como todos los mitos.”

   “Que los sociólogos de la literatura y los profesores de folklore no pierdan tiempo tratando de desautorizarlo”.

 

     ¿MITO O REALIDAD DE DON SEGUNDO SOMBRA?

 

   Ernesto Sábato nos propone que el personaje principal de la novela de Güiraldes sería asimilable al cíclope de La Odisea de Homero, “…porque el auténtico don Segundo es el mito imaginado por Güiraldes”. Para Sábato es “mito y realidad”, ya que encuentra las dos alternativas incluidas en la novela: Por un lado, DSS, el personaje mitológico, y por el otro, una realidad que surge de “la imaginación onto-creadora” de Güiraldes que “misteriosamente reveló un secreto de la condición pampeana. Inmortal como todos los mitos”.

   Trataré de demostrar que hay solo ficción y realidad en el maravilloso trazado que nos ofrece Güiraldes; que no hay mitos en la bildungsroman.

   Que don Segundo Ramírez, de quien habría tomado prestado Güiraldes el nombre y la figura para pintar y dar vida a Don Segundo Sombra, no coincida con la personalidad, modos, o experiencia del personaje de la novela, no quiere decir que DSS sea un ser mitológico. Disiento de la valiosa, erudita opinión de Sábato, y para fundamentarme, remito al lector a las apariciones de DSS en la novela, y lo  invito a tener en cuenta los personajes que veremos en la dedicatoria y que algunos son descriptos al comienzo de la novela Raucho (pág. 31). También transcribiré una parte del primer reportaje hecho a Güiraldes en Crítica (agosto de 1926), luego de publicar su novela, donde el autor de DSS nos explica el primer encuentro con Ramírez, de quien extrajo lo esencial para crear a su personaje (pág.43). “Entre el paisanaje goza de gran prestigio y es muy querido”, termina diciendo de él Güiraldes.  Describir a un personaje de ficción no es lo mismo ni debería confundirse con la invención de un ser mitológico.

   ¡Vamos!, que no toda ficción debe ser considerada parte de la mitología… Los personajes de La Montaña Mágica- para dar un ejemplo- no son comparables con los héroes de La Odisea, por más que ambos autores sepan expresarse en “hexámetros”. “El abecé de una buena historia”, dijo un famoso escritor, “es que esté bien contada, que sea verosímil y que se extienda estrictamente lo necesario”. A mi entender, DSS cumple con estos tres requisitos.

   En el capítulo II, el protagonista joven, al cruzarse por primera vez con DSS en una calle de su pueblo de noche, piensa: “Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser, algo que me atraía con la fuerza de un remanso…” Esta misma impresión le vuelve a aparecer al final de la novela: “Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre”.

   ¿Proponen estas frases la idea del mito, un mito creado por el mismo Güiraldes, como sugiere Sábato? No me parece. Podría, más bien, reflejar una intención inconsciente de Güiraldes de participar como protagonista oculto de la novela, aunque fuera mínimamente, pues esas son, “sindudamente”, frases más propias de don Ricardo que de Fabio.

    Pero, por otro lado, a lo largo de toda la novela, vemos aparecer a DSS como hombre concreto, real, creíble, de carne y hueso, que se convierte en el mentor y el padrino del protagonista joven, con quien pasa los siguientes cinco años mientras éste va creciendo y se va transformando en un hombre.

   Llegado a la pulpería, aparece en el capítulo II el retrato de su aspecto físico: “No era tan grande, en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión de fuerza que manaba de su cuerpo.”

    “El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas.”

    “Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simple chanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un “cabo de güeso”, del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. El chiripá era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello, con las puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo para contener el pie carnudo.”

   Luego viene la despedida (capítulo III) con un apretón de manos entre el hombre y el chico. Le sigue el encuentro de ambos (capítulo IV) en la estancia de Galván, donde DSS va a domar unas yeguas y el chico trabaja de boyero, habiendo escapado de la casa de las tías.

   En el capítulo V DSS amansa en quince días las yeguas y luego se conchaba para un arreo. El chico se pliega al grupo de troperos. Lleva dos petizos que le regalara Don Fabio Cáceres y uno sin domar comprado en una quinta de por allí.

   En el capítulo VII el chico monta su potro por primera vez y se golpea. DSS al ver el espectáculo que ha brindado éste al grupo de troperos expresa: “…si éste no se sosiega, lo vamoh´a tener que mandar pa la jaula é las tías”.

   Al final del capítulo VIII el chico dormita agotado y dolorido. DSS con un leve rebencazo en las paletas le aconseja: “Hacete duro, muchacho”. Y en el capítulo IX, lejos de todos los mirones, encara al muchacho y lo ayuda a montar su potro, aconsejándolo con fortuna en el evento. Es el comienzo del crecimiento del joven que, con la ayuda de DSS, ha empezado a juntar confianza en sí mismo. Aquí termina la primera parte de la novela.

   La segunda parte comienza cinco años después. Ya un hombre, dando de beber a su caballo, el muchacho rememora lo vivido en esos años al lado de DSS “sin separarse un solo día”, pegado a él como abrojo al chiripá. Lo llama “mi padrino”. Relata sobre las enseñanzas recibidas, su múltiple y variado aprendizaje, y nombra los lugares que recorrieron trajinando como reseros.

   En el capítulo XI hay un baile. DSS aparece parco y ocurrente en sus dichos. Se retira antes de que finalice con un recitado:

   Antes me vieron por delante, / ahora mírenme por detrás

   En el capítulo XII DSS relata un cuento después de churrasquear a la vera del fogón. Le piden el del zorro, el inglés y la viuda estanciera, pero avanza con el cuento del hijo del diablo y el paisanito Dolores.

   En el siguiente van a una riña de gallos. DSS le explica las alternativas de la justa. La descripción memorable cubre hasta los menores detalles. El joven sale de la riña con “el tirador lleno de papeles de a diez”.

    En el XIV pasan al galope frente a la comisaría rumbo a una feria. Paran en una pulpería para proveerse de algunas vituallas, y un cabo de la policía amaga con llevarlos presos. DSS se ríe de él y lo acompaña hasta la comisaría. Allí, el comisario les reclama por haber pasado al galope frente a la comisaría. “No estaba la bandera”, replica DSS, y cuando el comisario le pide “las libretas” DSS responde que “las tiene allá, Don Isidro Melo”. El comisario entiende el hábil mensaje y les permite seguir viaje. En la feria, almorzando, se encuentran con un viejo conocido de DSS que lo llama Ufemio Diaz. Allí se explica la relación casi equívoca entre ellos por lo irónica, y ambos ríen al recordar los barullos protagonizados anteriormente. Simpático y ocurrente aparece DSS en la ocasión.

     En el capítulo XV luego de un arreo, caen en lo de don Sixto Gaitán, lugar venido a menos. El muchacho recorre los cangrejales y casi pierde dos caballos que se hunden en el pantano cenagoso. Por la noche, don Sixto se despierta a los gritos, como peleando con fantasmas. El joven se paraliza del susto. Aparece DSS y lo calma a don Sixto. Éste tenía un hijo enfermo, “engualichado”, que después se revela que esa misma noche habría fallecido.

   La novela avanza con arreos y trabajos en campos cerca del mar. El joven se hace amigo de Patrocinio Salvatierra, compañero de trabajo. En el capítulo XX, finalizado el episodio del golpe que le quebrara la eslilla, el romance trunco con Paula, la hermana de Patrocinio, que le resultara “un amorío a lo espina”, el muchacho parte en busca de DSS y se encuentran en un lugar donde se corren carreras cuadreras. Allí pierde toda su plata y casi todos sus caballos. Le quedan tres nomás. DSS, discreto para jugar, obtiene algo de ganancia. En el capítulo XXI esa noche paran en un campo, churrasquean, y a la vera del fogón, DSS relata el cuento de San Pedro y el herrero Miseria.

   En el XXII se detienen en una estancia cuyo dueño anda en busca de domadores. Se conchaban y en esta ocasión el muchacho es quien ejerce de domador, ayudado y aconsejado por DSS. Gana dos potros bayos por su trabajo. El patrón le ofrece conchabo como peón domador al ver el resultado de la amansada, pero el muchacho no acepta alejarse de su padrino. La descripción detallada del trabajo con los potros resulta interesantísima lectura. En el capítulo XXIII finaliza la doma y viene el episodio de Antenor, a quien una noche en la pulpería un pajuerano lo desafía a pelear. Antenor no quiere pelea y lo evita, hasta que DSS le aconseja que no esquive el desafío. Antenor lo mata y huye; el desafiante asume la culpa antes de morir. “Un asunto de polleras había sido”, es el comentario.

   En el XXIV el narrador vuelve a referirse a DSS como alguien dueño de sí mismo. “¿Por qué si no por una absoluta confianza, era tan tranquilo mi padrino en las peores exigencias? Sin inmutarse, por darla de antemano toda perdida, sonreía con razón ante las dificultades. Verdad era su absoluta indiferencia ante los hechos, a quien oponía comentarios irónicos”. El muchacho medita y compara su manera de ser con la de su padrino, a la cual aspira en todo momento. “¡Quién fuera como él!” termina pensando.

   Luego sigue la descripción de un duro y ajetreado arreo durante un violento temporal, que los agota. Descansan al final del día y en el capítulo XXV, pasando con el arreo por las quintas de Navarro, lo encuentran a Pedro Barrales, peón del campo de Galván, un compañero de la primera partida de troperos descripta en la novela, quien viene con una carta de Don Leandro, informándole al pupilo de DSS que Don Fabio Cáceres, quien fuera su padre, ha muerto y le ha dejado su campo en herencia. A partir de entonces, tercera parte de la novela, el joven resero se transforma en un nuevo estanciero, don Fabio Cáceres (hijo). Poseído por una confusa sensación de irrealidad, abandona el arreo y se va con Pedro Barrales y su padrino a lo de Galván y más adelante, al campo heredado. Allí DSS lo acompañará por tres años, mientras Fabio se va acostumbrando a su nuevo rol y modo de vida, hasta que, cansado o aburrido por esa quietud, el paisano andariego decide partir. Final de la novela.

   No hay mito. Solo descripción detallada y precisa en un lenguaje muy apropiado de un personaje del campo bonaerense del primer cuarto del siglo XX, un criollo, un paisano con algunas características notables, como las de ser un hombre cabal, con todas las letras, aunque visto cien años después, puede advertirse en él cierta tendencia misógina, habitual y hasta normal para la época: Capítulo X,  Fabio medita sobre las enseñanzas de DSS:  “También por él supe de la vida (…), la desconfianza para con las mujeres y la bebida…” “Graciah´ a Dios no sos mujer ni te has criao a lo niño pa andar espantándote por demás“, le dice Don Segundo a Fabio en el capítulo XXV (XXVI en mi versión). Hoy desafinan las cuerdas de la guitarra de DSS con estos comentarios.

    Si la descripción de alguien dueño de sí mismo, con acabados conocimientos del ramo de las variadas tareas que desempeña, con amplia y sobrada experiencia en ello, es la descripción de un ser mitológico, entonces también, sí, podríamos decir que las montañas calabresas y de Sicilia están ciertamente, pobladas de esos personajes de Homero llamados cíclopes.

   Pero la novela de Don Ricardo Güiraldes no cuenta con seres mitológicos, salvo en los relatos de DSS. Y aunque el personaje central sea una ficción que no se asemeja enteramente al tal Ramírez tomado como modelo, no quiere decir que no sea verosímil, realmente posible, y que sea una creación mitológica.

    Quienes quieren transformar a la novela en una elegía de la pampa y a su personaje central DSS en el arquetipo mitológico de dicha elegía, pierden el sentido de lo esencial del relato, que es, la detallada, minuciosa, hermosísima descripción de la vida real vivida por los hombres de campo, en su precisa época, contada por un muchacho en tiempo pasado, con una erudición incipiente (tuvo en los últimos tiempos un encontrón con las letras, nos refiere RG) y ayudado por alguna entrada subrepticia de don Ricardo.

     Debido a ello- ciertas variaciones perceptibles en el lenguaje a lo largo del relato- fue que el gran escritor Paul Groussac (francés él y escritor en ese idioma, lo que quizá le habría impedido entender cabalmente el lenguaje de la novela) endilgó a Güiraldes que “se le había olvidado el smoking encima del chiripá” en una crítica en el diario La Nación, posterior a la entusiasta ponderación de Lugones. Pues sí, le contestaría a Groussac, tal vez se le olvidó el smoking encima del chiripá, pero, sabe usted, pues es de notar que debajo del smoking como usted dice, sí, debajo de él, siempre estuvo Fabio con el chiripá puesto. Usted se propuso ignorar a Fabio en la silla del escritorio, y amagó con sentarlo “de prepo” a Güiraldes y vestirlo a su antojo. Pero las descripciones mencionadas arriba, y muchas otras del paisaje y de las tareas camperas, de los personajes varios que aparecen muy bien caracterizados, pues mi estimado señor Groussac, no sé usted, pero yo, que de alguna manera he vivido ese relato principiando la segunda mitad del siglo XX (ver “tercera parte”), entiendo que Don Ricardo Güiraldes- vía Fabio o de motu proprio- tenía, al escribir su novela mayor, muy bien afirmada la pluma y muy bien puesto su chiripá.


martes, 17 de junio de 2025

EL RELOJ

      Necesitaba dinero y entré en la joyería para vender unas medallas de oro heredadas de un tío abuelo. Me atendió un hombre viejo, calvo, muy agachado y cuyos anteojos con montura de metal descansaban cerca de la punta de la nariz. Tomó las medallas, las miró con luz natural, las mordió, hizo una prueba química en sus bordes y luego las pesó. Entretanto, desde un costado del mostrador, me llamó la atención un reloj de bolsillo; lo tomé distraídamente y después comencé a observarlo con detenimiento. No parecía un reloj convencional. Al principio lo confundí con un cronómetro; sus números y agujas recordaban antiguas inscripciones de difícil y dudosa interpretación. El trabajo del que había sido objeto evocaba una artesanía ya tiempo atrás olvidada. Cuando lo devolví al mostrador, detuvo su marcha. Entonces recordé que al tomarlo no funcionaba. Había echado a andar sobre mi mano. Lo alcé nuevamente y otra vez apareció el tic-tac. El joyero se acercó para ofrecerme una suma de dinero por las medallas. Al verme con el reloj, comentó:

      -Es muy curioso, ¿se dio cuenta? Funciona únicamente en contacto con las personas. Y cada uno que lo toma lo hace “tictaquear” de una manera distinta, personal.

      -¿Me lo vende?- le pregunté de improviso. Luego, al reflexionar sobre mi proposición, añadí-: Es decir, veamos cuánto pide por él.

        Estiró los labios en una sonrisa algo enigmática. Tomó el reloj y pude observar que latía lentamente; las agujas se movían más despacio que antes. Después, lo dejó sobre el mostrador y propuso:

     -Está bien; se lo dejo a cambio de las medallas. Sé que es poco lo que pido por él, pero este reloj no tiene precio. Además, pronto dejará de tener utilidad para mí-. Volvió a sonreír y pude comprobar el deterioro de su dentadura. Sus ojos brillantes miraban con extraordinaria fuerza por encima de los cristales. No me atreví a interrumpirlo y esperé. Al rato continuó:

     -Como puede ver, carece de signos que lo identifiquen como un reloj. Su única utilidad radica en marcar los límites reales de la vida de quien lo posee. No recuerdo otro reloj como éste. Me lo dejó un pobre hombre a cambio de unos pesos para emborracharse. Al día siguiente lo encontraron ahogado en el río. En fin...

    Me estremecí, pues ya desde un principio había relacionado a ese reloj con algo oscuro, difícil de sobrellevar e incompatible con la vida cotidiana. Quise irme, pero mis piernas no me respondieron. El hombrecito siguió:

     -No es necesario darle cuerda, pues lo mueve el pulso de la persona que lo lleva. Para ello basta con tenerlo consigo. …él se pone en seguida al día con “nuestro horario”. Cuando lo recibí, deduje que la lectura estaba hecha en base al sistema métrico y no horario. O sea que marca lo que llamamos metros, kilómetros, y no horas y días que carecen, para mí, de valor real. Esta aguja, la más larga, se encarga de los metros. La otra, marca los centímetros. Y ésta, la más pequeña, mide los milímetros. Parece igual, extrapolando las medidas, a las marcas en horas, minutos y segundos. Pero esa semejanza es superficial y engañosa. Porque el tiempo real, le repito, se mide con el sistema métrico y no horario. El total se inscribe en este pequeño rectángulo- indicó con el dedo índice unos números que saltaban como en el odómetro de un automóvil.

     -¿De dónde parte?- pregunté, ya menos temeroso y más comprometido con el reloj. Lo tomé en su mano derecha, cerró los ojos y tras unos segundos de concentración, me lo entregó. Marcaba 448.

    -Éste es mi tiempo vivido, en kilómetros. Ah... me olvidaba de su pregunta. Parte, como es lógico suponerlo, del cero, desde el momento de la concepción. Ahora pruebe usted- me ofreció de una manera no rehusable.    Tomé el reloj, cerré los ojos, y cuando abrí la mano vi que marcaba 565.

      -Pero... ¡Mi marca es mayor que la suya! ¿Cómo es eso posible?

      -Le repito que mide el tiempo real, no el aparente. Además ahora comprenderá que el tiempo es algo personal-. Elevó mucho las cejas y sin dejar de sonreír, agregó -:Y también Universal.

     Tras unos minutos de absoluto silencio, continuó:

     -¿Acaso no ha conocido personas de la misma edad cronológica, que aparentan edades diferentes? Yo tengo sesenta y cuatro años y ése sería mi tiempo vivido. Usted  ¿Qué edad tiene?

     -Veinticinco años.

      -Como ve, cualquiera diría que yo he vivido más que usted, pero la cosa parece ser al revés.

      -Entonces... ¿Eso significa que me queda poco por vivir?-  Un temblor irreprimible me sacudía desde las piernas.

       No necesariamente- agregó para mi tranquilidad - . Quizá le quedan muchos años más que a mí.  Seguramente. Pero menos kilómetros. Y no se olvide que esos son personales. Y la velocidad a la cual se recorren no es necesariamente uniforme. Por lo tanto, se puede recorrer la mitad de la vida en un año y andar, en cincuenta años, unos pocos kilómetros.

     -¿Y cuál sería la distancia total?- le pregunté, aprovechando un momento de distracción.

     -Es difícil de comprobar directamente, porque al morir quien lo posee, el reloj vuelve desde su última marca al cero. Y en ese instante uno puede vivir a la velocidad de la luz o más rápido aún; eso se desconoce. Pero, por el hecho de que el rectángulo posee tres cifras, se puede presumir que el máximo a marcar es 999 kilómetros, 999 metros con 99 centímetros y 9,9 milímetros. Y con la última décima de milímetro llegar a los mil kilómetros (o sea, pasar de la vida a la muerte) y volver al cero-. Apoyó los codos sobre el mostrador, miró hacia el ya oscuro cielo raso y luego siguió:

     -Dicen que hubo una persona que para vivir la última décima de milímetro, se demoró más de cinco años...

     -Pero, como se habrá dado cuenta, el hecho de conocer el largo de la vida no quiere decir nada, ya que no reconocemos el espacio recorrido como tiempo vivido. El espacio sigue siendo una medida exterior y no interna, propia de cada uno.

     -Ah... no - intervine súbitamente-. Usted confunde los términos y no habla con claridad. Usted se refiere a la velocidad como variable, y la velocidad surge de la relación espacio-tiempo. ¿Acaso se está refiriendo a una relación espacio-espacio?

      -Exactamente, muchacho. Veo que me sigue y hasta se me adelanta. Así es. La dificultad mayor estriba en la introducción del tiempo como espacio. Si yo tomo un automóvil y recorro en doce horas unos seiscientos kilómetros, ¿qué pasó con mi tiempo? Se mezclan conceptos poco claros que habría que redefinir. O sea, considerar al tiempo como espacio interno y personal. Lo que miden los relojes comunes es un invento del hombre, utilizando como modelo al ciclo solar, que comprime, arruga y hasta borra cualquier signo de verdadera realidad. El espacio aparenta ser sólo exterior al hombre, y aparece como única realidad apreciable. Pero cien o mil metros de vida, reales, son internos y se recorren en absoluta soledad. No son compartibles. Si los relojes de los millones de seres humanos comenzaran a marcar la hora de cada uno, la confusión más espantosa llegaría a paralizar al mundo. Y sin embargo, ésa es una verdad, una humana verdad. El orden establecido nos sirve de alguna manera para evadir y olvidar el hecho de que estamos aislados. Que somos esencialmente solitarios. Si los relojes indicaran nuestro propio horario, la comunicación sería imposible tal como actualmente la conocemos, porque cada uno, en su dimensión, es como un mundo. Sin embargo, estaríamos más unidos y solidarios que nunca, porque nos descubriríamos como partes integrantes de un Todo. Porque cada uno, en si mismo, sentiría la presencia del Universo. Algo mucho más valioso que las horas y los minutos nos une, pero lo eludimos constantemente. 

     -¿Se imagina la experiencia que se podría adquirir al vivir semanas o meses en una hora? Percibir al tiempo como realmente es y lo que hay entre un instante y otro; entre metro y metro. Poder estirarlos como goma de mascar. Descubrir al otro, los otros mundos que se esconden detrás de las horas y los días.

    -Cuando le dije que se podían vivir semanas o meses en una hora, en realidad le quería significar que nosotros, arbitrariamente, solidificamos en unidades algo que es variable y exclusivamente personal. Espacio interno, tiempo, velocidad propia. Por ejemplo: El otro día fui al cinematógrafo y vi una película de hora y media de duración en cinco minutos. Mi reloj los marcó. Y este otro-  agregó señalando al que permanecía en mi mano -marcó cinco centímetros. Para los demás había transcurrido una hora y media, pero yo viví sólo cinco minutos-centímetros. Sí, lo digo así pues percibí el paralelismo entre ambos sistemas. Los dos relojes midieron “mi tiempo”. Este sería el primer paso para entrar al sistema métrico. Luego, hay que atreverse a vivirlo, llegar a dominarlo y quizá, quien le dice, revertirlo... -¿Puede imaginar un mundo de relaciones humanas donde cada experiencia no se atenga a una estricta necesidad de orden, de falso orden?

     -Pero, volviendo atrás: ¿Cómo se prueba que somos parte integrante de un Todo?-  le pregunté, mientras lo veía recuperar el aliento. Creí haberlo sorprendido en un desliz, debido a su desbordante entusiasmo.

      -Porque la vida, convertida en espacio, deja de ser mortal. Porque cada dimensión, al ser única, llega a ser necesaria -imprescindible, diría yo- para la armonía del Cosmos. Porque al desprenderse del tiempo convencional, cada cosa “es” en su real dimensión. Y al decir “es” indico que en su propia finitud abarca la eternidad. Porque en el último grado del conocimiento, el tiempo puede ser tan avanzable como reversible. Quizá sea tan sencillo volver atrás en la vida como retroceder una cuadra para saludar a un amigo. Cuando estuve en el cinematógrafo y percibí el tiempo en centímetros, me di cuenta de que esa experiencia era tan enorme e inmutable, que no podría dejar de ser nunca. ¡Nunca! ¿Me comprende?

     Era de noche. Nadie había entrado en la joyería desde la tarde. Yo lo miraba al hombrecito, abstraído en las reflexiones que él vertiera con pasión y generosidad. El reloj, en mi mano, había avanzado más de diez kilómetros y lo dejé súbitamente sobre el mostrador, como si pudiera, con esa actitud, detener mi tiempo.

      -No tema- añadió, mientras se quitaba los anteojos con un gesto suave y lento -; era una prueba. Nadie entra en estas nociones sin dejar una parte de su vida. Ningún conocimiento deja de cobrar lo suyo. Ahora sé que usted me escuchó con atención; que me comprendió y que merece llevárselo. Tome, cuídelo y, cuando llegue el momento, déselo a quien corresponda.

     Entró en la trastienda, sin despedirse ni despedirme. Lo esperé un largo rato, hasta que me sentí invadido por un inesperado cansancio. Cuando salía de la joyería, me sorprendió un joven dependiente a quien no había visto, que en ese momento se disponía a cerrar la cortina metálica. Al saludarme, sospeché quien era y le entregué el reloj. Lo tomó, sonrió, cerró los ojos y se concentró. Cuando me lo devolvió, comprobé que marcaba 449.      Me alejé, asombrado, más viejo y fundamentalmente distinto. El tic-tac en mi mano me acompañaba y me acompañaría una buena parte del resto de mis kilómetros.

    


















miércoles, 9 de abril de 2025

Santiago Avendaño y Estanislao S. Zeballos Historia de una apropiación indebida y plagio consumado


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La Trilogía de Estanislao Zeballos, (1) historia de una apropiación hegemónica escribe Beatriz S. Díez (2)

 Transcribo el resumen:

 “Cautivo de los ranqueles durante su infancia, Santiago Avendaño (1834-1874) elige para su vida de adulto la tarea de lenguaraz entre el gobierno argentino y las tribus ranqueles, defendiendo sus derechos en el cargo de “Intendente de los Indios”. A partir de 1854 escribe dos textos -Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño y Usos y costumbres de los indios de la pampa- (3) que reúnen sus experiencias de niño y adulto sobre la vida cotidiana y la historia de la nación ranquel. Desautoriza en ellas las representaciones habituales del aborigen y los prejuicios más comunes de su época. Las cadenas de lectura instituidas por los realizadores/escritores del 80 excluyeron de la circulación estas memorias manuscritas y las sometieron a una operación de despojo. Estanislao Zeballos construye su Trilogía (1884/1887) a partir del material de Avendaño, pero ocultando y tergiversando el relato desde el imaginario de la élite criolla, silenciando voces originarias. Invisibilizadas durante ciento cincuenta años entre las colecciones del mismo Zeballos, prospector/teorizador de la conquista del desierto. Los manuscritos publicados por Meinrado Hux, 1999/2000- (4) denuncian el despojo identitario, restituyen una voz contrahegemónica y le dan la palabra a los sin voz del pueblo ranquel.” Y transcribe:  

He leído algunos escritos, algunos artículos que hablan de la historia y de las costumbres de los indios sin haberlos conocido de cerca, expresándose de una manera incompleta, insuficiente y adulterada. Espero expresarme aquí mejor.

                                                                               Santiago Avendaño, 1854

 

Yo agregaría que la publicación de los manuscritos de Santiago Avendaño por parte del P. Meinrado Hux es un acto de estricta justicia, tardía pero justicia al fin, devolviéndole identidad a las Memorias…y a su legítimo autor, y poniendo en evidencia una histórica y más que centenaria apropiación indebida e intencional, con plagio evidente y descarado por parte del Dr. Estanislao S. Zeballos con su famosa Trilogía.

(1) Se refiere a los conocidos libros de E. Zeballos Calvucurá, Painé y Relmu. (2)http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2011/10/mesa_6/diez_mesa_6.pdf

(3) Esos dos títulos que menciona, en realidad son los de los textos de la recopilación que el P. Meinrado Hux hará más de un siglo después. 

(4) La fecha consignada de publicación de las Memorias por M. Hux no es 1999 sino 2004. 

Los únicos artículos publicados por Avendaño en vida fueron dos, en la Revista de Buenos Aires,  La muerte del cacique Painè, 1868, Tomo XV, y en el Tomo XIV  “La fuga de un cautivo de los indios”,1867.

Estanislao S. Zeballos (1854-1923), personaje múltiple (un “hombre orquesta” lo definirá Roberto E. Giusti en el extenso prólogo de la trilogía en 1954), luego de la muerte de Santiago Avendaño en un oscuro y cruel avatar al fracasar  la revolución de 1874 protagonizada por Mitre (fue asesinado junto con Cipriano Catriel por el hermano de éste, Juan José y sus lanceros, a la vista y asentimiento de oficiales del ejército vencedor), se apropia (no está claro cómo) de los papeles escritos que guardaba en su casa  Avendaño, ya entonces en posesión de su viuda, e inventa un hallazgo en los arenales de Salinas Grandes  que expone  en la primera hoja de la obra de la trilogía, Callvucurá:

“Este capítulo es de una rigurosa exactitud histórica. He tomado los datos que consigno desde 1833 hasta 1861 de un curiosísimo manuscrito de 150 fojas de oficio que en 1879 encontré en el desierto […] fue escondido entre los médanos por los indios, en la fuga desesperada que le impusieron las fuerzas del coronel Levalle, existe en mi biblioteca y lo pongo a disposición de los eruditos [...]”

El ”curiosísimo manuscrito” eran los escritos de Avendaño, escritos que en 1879 no los encontró precisamente en el desierto, sino probablemente en casa de Avendaño, irrumpiendo allí y convenciendo a la viuda de éste que se los entregara.  Durante mucho tiempo esos “papeles” fueron guardados bajo secreto hasta que el hijo de Zeballos los donó al Museo de Luján. En su momento, sirvieron de base para la elaboración de la “historia oficial” escrita minuciosamente por Zeballos, tergiversando a conveniencia los dichos originales de Avendaño, y mencionándolo solo en los episodios que éste había publicado en La Revista de Buenos Aires: «La fuga de un cautivo de los indios (Narrada por él mismo)» [...] y «Muerte del cacique Painé (Ceremonia en la pampa. Entierro del cacique. Sacrificios humanos. Su sucesor)», t. XIV, pp. 414-430 y 600-609 (1867); y t. XV, pp. 76-82 (1868).

El P. Meinrado Hux, más de un siglo después, encuentra los manuscritos originales en el Museo de Luján, accede a ellos, hace una recopilación y elabora las “Memorias del ex cautivo de los indios Santiago Avendaño”, que completa con una segunda parte “Usos y costumbres de los indios de la pampa”, a nombre de su legítimo autor, Santiago Avendaño.

“Es curioso que el Dr. Zeballos no diga con franqueza que ha usado esos escritos”, dice M. Hux en el prólogo de las Memorias…y sigue: ”El primer capítulo de Callvucurá sigue el texto de los manuscritos de Avendaño, y otros lo aprovechan libremente.

 Muerte del cacique Painé

En letra regular, el texto publicado por la Revista de Buenos Aires, y en negrita, la parte del artículo que completa M. Hux con las Memorias… originales y que la Revista de Buenos Aires dejara de lado.

IV El Cacique Painé, su muerte y su entierro

Voy a contar sucesos que acontecieron entre los ranqueles durante mi permanencia en esas parcialidades como niño cautivo; de lo que he visto y oído.

El cacique Painé, o Painé-gnerr (1780-1844) era uno de los grandes caciques ranquil-ches con asiento en Leuvucó. Había sucedido a su padre en el cacicazgo. Al mismo tiempo el cacique Pichuiñ era cacique principal de la agrupación ranquelina en Toay y Poitahué.

Painé-gnerr era un indio generoso y amado. Era viudo de varias mujeres, pero en su edad avanzada solo conservaba cuatro. Tres eran matronas y una era vieja. Ésta había sido su primera esposa, y la amaba con preferencia, porque de ella había tenido muchos hijos que ahora eran ya mozos o casados y que eran el encanto de su vejez. Estaba, pues, sumamente agradecido a su mujer y le permitía que descansara en un toldo separado, atendida de sus “colegas, incluso por él mismo. Siempre decía que había sido una excelente esposa. El toldo de esta india “jubilada” por su marido, estaba contiguo al del cacique Painé y éste la visitaba de vez en cuando. Sus hijos no la desampararon y le manifestaban su cariño visitándola o enviándole sus mujeres con sus chicos, sus nietos, para hacer compañía a su suegra o a su cucú (abuela) respectivamente. Ella se esforzaba en agasajar a sus queridas nueras y a sus nietecitos y hacía cuanto su estado le permitía. Gozaba, según ella misma decía, contemplándolos y pensaba que había sido una mujer dichosa por haber podido dar a su esposo tantos hijos sin haber sido interferida por el Güecufú(espíritu malo) ni en el parto ni en la crianza de tantos que había tenido. Después del yavutuón (regalo u obsequio) seguía animando a sus nueras a que fuesen tan buenas madres como eran buenas esposas; que cuidaran bien a sus chiquitos; que jamás dejasen de remediar la miseria ajena. También decía que el demonio tenía emisarios que se encubrían con piel de pobre para ver quién los despreciaba o les negaba algo. Pero que se vengarían después en las criaturas, dándoles oñapué (veneno a la hiel), haciendo derramar lágrimas a sus padres sin piedad.

Tenía razón de sentirse feliz la vieja, pues sus hijos eran estos conocidos personajes:  Calvaiñ, Pangithruz, Güenchugnerr, Epugnerr, y una hija, casada con Güenchuil, llamada  GÚeneir-nerr, y no era fácil entre los indios criar a muchos hijos, pues, a pesar de que eran robustos y sanos, les solían agarrar enfermedades tan violentas que no escapaban a la muerte, especialmente las criaturas. Y yo creo que esto les venía por la falta de higiene, del estómago o por los alimentos, unas veces sin sal, y otras veces salados excesivamente.

En una noche del mes de septiembre de 1844, murió de improviso, quizá de afección cardíaca, el muy respetado cacique Painé, en su toldo en Leuvucó. Su hijo mayor, el cacique Calvaiñ le hizo un entierro espectacular, que voy a relatar, según la información que he recogido.

  Inmediatamente de morir Painé, su hijo primogénito Calvaiû sucedió a su padre (Chu): Ordenó colocasen el cadáver como es de costumbre en su lecho de muerte, que le vistiesen todas sus prendas, y mandó chasques á todos los caciques. Se dirigió á Pichuiû expresándole su sentimiento y pidiéndole fuerza armada para reunir en una junta general todas las mujeres de sus departamentos, á fin de hacer un ejemplar con las brujas que se habían ensañado tan luego con el cacique de más nombradía. Suponían que es por el poder de estas que aconteció la muerte del gefe indio.

     Pichuiû mostró su pesar hasta donde pudo y condescendió con la requisición de mandar gente armada de lanza y bola. Mientras tanto en el lugar del suceso había una locura feroz.

Las mujeres, tanto las del recién fallecido como todas  las del vecindario y otras que se hallaban reunidas en esa bacanal de hombres, se desesperaban y gritaban a porfía, haciéndose dúos unas con otras. Ciertamente no el por sentimiento de haber perdido  a un cacique grande, tan respetado y valeroso, sino porque sabían que de entre ellas habían de salir aquellas que necesariamente debían inmolarse como brujas, autoras del funesto acontecimiento.

Ellas son en tales casos las víctimas de la superchería, pues los indios creen en el demonio, en las brujas; en el oñapué (veneno de la hiel) y en los renu (junta del diablo con sus agentes o de brujas, en concilios infernales). Como brujas, muchas mujeres tienen que sucumbir del modo más atroz y vergonzoso: a bolazos, lanzazos y puñaladas.

¡Desgraciadas e inocentes víctimas de la barbarie! ¿Cuándo llegará hasta ustedes la luz de la civilización? ¿Cuándo consagrarán los gobiernos un poco de atención y piedad humana, procurando que ustedes y sus hijos puedan participar de los bienes que derrama a torrentes la cultura sobre todo el universo? Pero no; los gobiernos no quieren comprender que es necesario redimir a una parte de la humanidad, de nuestra carne y de nuestra sangre. No les duele que nuestros hermanos sufran tanto infortunio. Parece que los gobernantes creen que los indios están bien en el estado en que los tienen y dejan por egoístas o por mala fe, y porque se encierran en sus rencillas políticas. Según ellos, no tienen más deberes para con los indios que mantenerlos en el estado de embrutecimiento, hasta poder exterminarlos. No les ofrecen civilización, nada hacen para atraerlos (al cristianismo). Brutos han nacido para morir más brutos y degradados por los vicios. No tienen oro ni plata, ni otro atractivo para los que los atacan, son agredidos únicamente para quitarles sus terrenos y matarlos luego. “Por ahora les daremos 2.050 arrobas de yerba y otras menudencias. Y al fin, la mitad de todo esto quedará entre nosotros”, según dice el refrán “el que reparte se queda con la mejor parte”.

     Al día siguiente después del velorio de uso, mandó Calvaiû que le llevasen todas las mujeres que hallasen en los toldos. Evacuada esta operación, reunieron las que estaban allí con las recién traídas, les formaron cerco hombres de á caballo con lanza. Vino Calvaiû y determinó que todo hombre que en aquella reunión de mujeres tuviese dos, dejaría matar una, el que tuviese tres dejaría matar dos, y el que tuviese una, la perdería. Se ejecutó esta bárbara disposición sin que nadie dijera una palabra, por que además que era una necesidad, se decía, dar un golpe á las brujas, era un deber cumplir con la ley del caso. Una multitud de infelices tán alegres y llenas de vida el día antes ahora se desgarraban sus vestidos desesperadas por eludir el ser nombradas en la sentencia. Apiñadas todas y circuladas, no se veían más que semblantes llenos de angustia; cada una miraba a la muchedumbre que las guardaban con una sonrisa llena de amargura como implorando compasión. Todas lloraban, todas llamaban, pero nadie las oía, una decía en el colmo de la desesperación “para que nos tienen así, nosotras no somos brujas”. Otra repetía “yo estoy criando, mi criatura es pequeña”. Más allá decía alguna: “mis hijos son chicos y van á quedarchicoiû, huérfanos, pobres mis hijos. ¡El padre ni siquiera me defiende!”.

     En medio de este caos se presenta Calvaiû con su escolta, ordena que de estación en estación se vayan entre sacando de la multitud y las vayan matando, hasta llegar á una loma donde había dos algarrobos y donde se había mandado cavar la sepultura. Las más ó menos muertes dependía de las más ó menos estaciones que se hicieran.

     La sepultura distaba del toldo como unas seis cuadras, y este trayecto debía tener en distancia un montón de brujas asesinadas. Toda la vía quedó marcada con los cadáveres, bárbara y salvaje expiación á las manos del cacique.

     Ya hemos visto que la mujer más querida de Painé era la vieja que él mismo la había separado de las otras tres que tenía consigo, sólo esta mereció el respeto de sus hijos y de los demás ardientes adictos a la matanza. Nadie osó incomodarla ni decirla una palabra, las tres recién viudas hacían parte de aquél rebaño de ovejas que se oprimían entre sí, revolviéndose para no ser designadas como cuando se entra á elegir una res en una majada, que todas se atropellan topándose unas sobre las otras, cayendo algunas para no levantarse sinó todas pisoteadas y contusas. Ni más ni menos tal era el aspecto de aquél espantoso drama con todos sus horrores.

     Painé era casado con dos hijas del cacique Caibuñaim (Halcon-Azul, hermanas de padre y madre), jóvenes aun, especialmente la menor, y una cautiva llamada María, natural de Córdoba. Esta señora que tenía ya sus 40 años, tampoco se la hizo partícipe de la ignominia de sus colegas.

     Por fin cuando fue tiempo de hacer la primera ejecución, se presentó Cailbuiñ (padre y abuelo político de Calvaiû) pidiendo se le concediese salvar sus dos hijas, aquél padre venía con el dolor escrito en su semblante. Calvaiû en atención al respeto debido á este anciano por sus méritos, hizo lugar á la petición concediéndole la menor, dejando la otra para cumplir con la ley y haciéndola seguir á su marido al Alhué mapú o tierra de la eternidad.

     Entró Cailbuiñ al rebaño de infelices, extendió la mano hácia su hija que ya no veía por las lágrimas, se asió de la mano de su padre y al salir muchas se prendieron de ella creyendo salvarse; pero Cailbuiñ les dijo que no podía sinó librar a su hija. En esto vé la otra que sacaban á su hermana y la dejaban á ella, y le grita en medio de aquél bullicio:”padre mío, ¿no soy también su hija, por qué me deja? No sabe que tengo un puñín chiquito?” El padre hizo un movimiento desesperado con la mano, como quien dice paciencia y no pudo hablar.

     Calvaiû ordenó la primer ejecución designando una á una las que debían morir, y en el acto las sacaron de la masa de mujeres arrastrándolas, asiéndose estas pobres de aquellas que quedaban a su lado, metiéndose otras entre las piernas de las que no eran nombradas, creyendo evadirse. Más de ciento veinte esperaban esa suerte. Allí en medio de las súplicas las más conmovedoras, en medio de los gritos, de los llantos, mezclado todo con los relinchos de los caballos, se mataron ocho desgraciadas. La procesión se movió con el cadáver y el arreo de brujas por detrás con su correspondiente seguridad; á poco andar se hizo alto, era para repetir la matanza; se designaron otras ocho brujas ó no brujas, y luego fueron sacadas como las primeras y muertas á bolazos y á puñaladas, y la que se disparaba buscando salvarse, la lanceaban.

     En esta vez aun no nombró Calvaiû la viuda de su padre y mandó seguir el cortejo fúnebre. En la marcha pausada que llevaban era mayor la angustia de tantas víctimas. Fue preciso hacer una tercera parada, y en ella designó Calvaiû otras ocho que fueron tomadas con la misma crueldad que las anteriores y muertas en el acto, quedando sus cadáveres palpitantes como para señalar aquella via de dolor y de sangre. Continuó todo el acompañamiento en el mayor orden y gravedad. Se oía de cuando en cuando gemir ya á un marido cuya mujer la había visto matar ó marchaba á la muerte, ya á un hermano, á un padre y por fin parientes ó deudos inmediatos de las que habían muerto ó estaban para morir.
 Otros reprimían su pesar. Se les inundaban los ojos de lágrimas pero no decían una palabra. Era necesario, porque el llanto en un entierro era una costumbre.

     Llegóse por último al pié de los dos algarrobos donde estaba ya la fosa para guardar la venerable reliquia de Painé. Allí se pararon todos, cadáver, acompañamiento, brujas, todo; se presentó Calvaiû y designó otras ocho mujeres que también fueron víctimas de aquél fanatismo feroz. Entonces se introdujo en la fosa el cuerpo de Painé vestido con lo mejor, puestas sus espuelas de plata, su montura bien envuelta llevando en ella sus estribos de plata, su llochocon ó chapeado, etc.etc. Mandó Calvaiû traer la criatura que criaba de pechos la mujer de Painé y que iba allí, y luego que la trajeron se la hizo entregar á la madre diciéndola “dale de mamar por última vez al niñito”. Ella desconcertada de esta voz le dijo, “¡Y qué!, ¿ni de estar criando me vale siquiera para que no me maten?” Calvaiû replicó: “Es preciso que sea así, no porque seas bruja, si lo fueras no irías acompañando á mi padre dentro de la fosa, bien sabes que su primer ó principal mujer tiene que ir con él”. Lanzó un grito de horror la china y llorando y en voz alta le dijo: “Yo no soy la primer mujer del muerto ó la principal, en ese caso tu madre es la que debe acompañar hasta en su vejez á su marido, no yo que soy nueva para él”. “Mi madre”, replicó él, “ya no era parte de las mujeres de mi padre porque para él ya no vivía, puesto que la separó por la vejez, si hubiera estado viviendo con él hasta ayer, entonces sería ella”. Durante este diálogo, la criatura llena de alegría lactaba del pecho y lo soltaba jugueteando con él. La china con sus hermosas trenzas de pelo sueltas sobre sus espaldas y el rostro en señal de pesadumbre, no hacía mención a las muchas monadas de la criatura porque su corazón ya no era de madre sinó de una mujer en agonía.

    Llegó la hora, quítanle la criatura del seno, tómanla á ella y de un solo bolazo en el cráneo en la parte superior, fue lo suficiente para que dejase de existir, colocándola al lado izquierdo de su marido, cerraron con gruesos palos la boca de la sepultura; luego encima le pusieron paja y tierra de todo un terraplén. Ahorcaron cinco de sus caballos de pelea al pié de su sepulcro y le mataron un número crecido de ovejas. Concluido esto se retiraron todos.

    Calvaiû llamó a la cautiva María que había sido mujer de su padre muchos años y le entregó la criatura huérfana para que la criase con todo cuidado. La pobre María lloraba tal vez de miedo y no por la muerte de su marido. Este fue el fin de ponderado guerrero Ranqueilche Paineguor, y el principio del gobierno de su hijo y sucesor Calvaiû que también tuvo su fin trájico tirando al blanco con una pistola sentado sobre unos cajones de cartuchos de cañón y muy cerca de un montón de cuñetes de pólvora. Tiró y por fortuna acertó á uno de esos cuñetes, la explosión del primero ocasionó la de todos y voló él junto con los cajones, acompañado de 25 indios. Estos cuñetes fueron dejados en la expedición al norte del señor don Emilio Mitre, diciembre de 1857, cuando se perdieron, murieron muchos de sed y se volvieron llenos de desaliento.

Escribo como testigo ocular
                                                                  Santiago Avendaño


·Esta última  afirmación no figura en las Memorias…y fue agregada por La Revista de Buenos Aires. Al comienzo del relato Santiago dice: Voy a contar sucesos que acontecieron entre los ranqueles durante mi permanencia en esas parcialidades como niño cautivo; de lo que he visto y oído.

Santiago vivía en los toldos de su padre adoptivo, el indio ranquel Caniú en Toay, y no eran vecinos de las tolderías del cacique Painé, radicado en Leuvucó. Hay 147 kilómetros entre ambas localidades. Por lo tanto, su relato puede tener más verosimilitud como oído que como visto, de acuerdo a las Memorias de Hux.

De la diferencia entre las dos versiones puede dilucidarse, sin lugar a dudas lo que la Revista de Buenos Aires, dirigida por Vicente G. Quesada y Miguel Navarro Viola, bajo la atenta observación de Juan María Gutierrez, quería publicar, y lo que realmente Avendaño había redactado y que saldría finalmente a la luz ciento cincuenta años más tarde.

Pero las Memorias… también tienen otra faceta importante oculta, esta vez tanto por la “historia oficial” de Zeballos como por la tendencia actual, revisionista y contrahegemónica. Y es el capítulo XI:

Dos años prisionero de Rosas en Palermo. El P. Meirado Hux hace una severa referencia a la figura del “restaurador”, a quien no obstante reconocerle méritos históricos y patrióticos, le recrimina su actitud cruel y dictatorial y no duda de la veracidad del relato de Avendaño. Relato preñado de la visión adolescente de una realidad cruel impregnada de sádico ensañamiento que no parece condecir con el rol de civilizado que ostentaba el gobierno de Buenos Aires, en contraposición con la “barbarie” de los indios, y de los “salvajes” unitarios. Vaya como ejemplo la descripción del fusilamiento del teniente Taborda, oficial de Rosas, a quien se le habrían escapado por descuido dos prisioneros:

…”Formóse el cuadro. Y cuando todo estuvo listo, sacaron a los reos. El teniente Taborda no consintió que le vendaran los ojos. Y cuando iba a llegar al cuadro, teniendo a su izquierda al otro desgraciado dijo:

“-¡Gracias mi coronel! ¡Gracias por el interés que se ha tomado por mí! ¡Sólo a usted se le pueden deber estos favores, porque es usted un hombre tan bondadoso! Yo creía tener motivo para esperar su mediación a mi favor, pero veo ahora que para usted no hay nada digno de su estimación; ni es capaz de conocer lo que vale algo. ¡Gracias coronel Hernández! ¡Dios se lo pagará! No vaya a creer que no siento el tamaño de la afrenta que me hacen. El morir no me espanta. Lo que me espanta es ver que usted permita que un oficial tan antiguo tenga que morir al lado de un facineroso. ¡Gracias, señor gobernador, por la recompensa que da a mis servicios; servicios que vienen desde la guerra contra el Imperio! ¡Ah! Y lo que es más triste, las balas del enemigo no me mataron, porque mi suerte me tenía destinado para morir por las balas de mi gobierno, a quien he defendido derramando mi sangre. ¡Bendito sea Dios!”

“Y moviendo la cabeza, se sentó en el cajón, donde fue amarrado por los brazos. El coronel, durante la alocución del reo, mantuvo el más profundo silencio, con sus dos manos apoyadas en la empuñadura de la espada. Todos creíamos que las palabras de Taborda lo habían conmovido y lo tomamos por cosa extraña en su corazón insensible, como lo era el del coronel. Nos equivocamos. Se publicó el bando en los cuatro ángulos del cuadro y se hizo la señal por la que descargaron ocho balazos sobre los dos ajusticiados. Al teniente Taborda le tiraron a la cara y sus sesos quedaron estampados en la pared de la cárcel, que estaba a una vara de distancia de sus espaldas. La parte superior del cráneo, o la tapa de los sesos, fue a parar sobre el tejado de la cárcel. Uno y otro cadáver fueron tirados a un carro, que los condujo a la Recoleta.”

Este espectáculo era diario y se repetía varias veces algunos días. Santiago Avendaño debió soportar dos años, entre los diez y seis y dieciocho de edad las repetidas escenas de crueldad sangrienta que ordenaba en Palermo el gobernador. Termina Avendaño el capítulo:

“Me atrevo a decir sin temor a exagerar, que Rosas era uno de esos hombres hermosos, de los que no hay muchos en la sociedad. Yo decía para mis adentros, mientras le miraba de atrás: Son pocos los hombres que representan la hidalguía como este bribón. ¡Ojalá estuviese su índole en armonía con su exterior! ¡Cuántas victimas menos tendríamos que nombrar! ¡Cuántos hombres habrían vivido sin sufrir la afrenta de los azotes! ¡Cuánta adhesión no ya forzada habría encontrado entre todos los hombres! Si hubiera sido menos feroz y menos sanguinario…¿Quién ha de creer, sino nosotros que vivimos tus maldades, que hayas sido el verdugo de tantos inocentes? Todo lo que adorna tu tiranía es colorado. Pero para eso ¿cuánta sangre se vertió?

Corolario: Santiago Avendaño desconoce en su tiempo los hechos protagonizados por Camila O`Gorman y Uladislao Gutierrez, que motivaron la cruel decisión del gobernador de mandarlos fusilar, orden que se cumplió sin atenuantes el 18 de agosto de 1848 a las 10 en punto de la mañana en la prisión de Santos Lugares. Ni el avanzado embarazo de Camila detiene al gobernador. Le darán de beber agua bendita y quizá así su nascitorum vaya al cielo. Santiago estaba en ese entonces en las tolderías ranqueles, meditando en la fuga que llevaría a cabo el 1º de noviembre del año siguiente, con la ayuda y consejos del coronel Baigorria. No sabía que al año siguiente lo esperaba a cambio una verdadera prisión, con el sometimiento absoluto a los designios del “restaurador” en Palermo.

Santiago debió cambiar siete años de una vida muy dura, con muchas carencias, de una “primitiva, ignorante e incivilizada barbarie”, mas impregnada no obstante de amor filial, compañerismo y tolerancia, por dos años de una cruel y sangrienta civilización impregnada de sadismo e intolerancia.

La vida le mostraba con toda su crudeza, la abierta contradicción de una sociedad que no vacila en llamarse civilizada y cristiana y actúa, no obstante, bajo el lema de que “el fin justifica los medios”.

O quizá no resulta una contradicción, y para la sociedad civilizada y cristiana, como para otras que se dicen también civilizadas, en todos los casos y sin vacilaciones, “el fin justifica los medios”. Cuando fue asesinado premeditadamente junto con Cipriano Catriel, en 1874, Santiago tuvo una prueba tangible de ello. Posteriormente, en una carta, el militar Luis Güemes, testigo presencial de los hechos comentaría:…”Así concluyeron Catriel y su Consejero, los dos bandidos más sanguinarios y crueles de la Pampa”. Ciertamente, expresa con irritación contenida Meinrado Hux, Santiago Avendaño no merecía ni tal fin, ni tales epítetos.

En el capítulo XII “Recuerdos de después de 1852” de las Memorias, Santiago refiere episodios de un conflicto entre los indios asentados en las orillas del pueblo de 25 de Mayo y las arbitrarias autoridades del fuerte, con el mayor Valdebenito a cargo, en 1856. Éste mete presos a algunos indios y otros logran escapar entre ellos,  el Indio Cristóbal y sus dos hermanos, que llegan a las tolderías de Calfucurá. Éste promete ocuparse de ellos y convoca a una junta extraordinaria (Vichá thraun) a reunirse en un plazo de cinco días. Relata Santiago:

“Encontráronse frente a frente todos los caciques en el día indicado, y Cristóbal se vio honrado en medio de un congreso, reunido por su causa y para ocuparse exclusivamente de sus familias. Calfucurá habló y luego tomó la palabra un cacique muy anciano, muy respetado, llamado Melignerr (Cuatro Zorros) y dijo:

“-Todo lo que pudiera decir de los cristianos sería poco para comprender lo perversos que son. El indio es para ellos lo que el güeza güecufú (espíritu malo) es para nosotros; es decir que así como una bruja vive entre nosotros que, aunque sabe que mereciendo la muerte no la matamos por lástima y consideración, esa bruja no podría de ningún modo dejar de dañarnos, porque jamás podría transar con aquellos que son sus víctimas. La bruja no conoce lástimas ni atenciones. Para ella ante todo está ese deber, que se ha impuesto para cumplir con el diablo, de matar a los hombres. Así, los cristianos, por mucho que se sirvan de los indios, jamás dejarán su obra funesta, jamás tendrán consideración ni lástima, porque no olvidan jamás que el indio es indio y que ellos deben acabar con él. ¿Qué les importa que ese indio se haga voluntariamente su esclavo para merecerse un favor? Si, los cristianos le dan de comer y lo hacen soldado. Demasiada recompensa es- dicen- en comparación con lo que el indio hace en bien del cristiano. ¿Qué les importa a los cristianos ver a sus hijos entreverados con los hijos de los indios, haciéndose amigos y tratándose de hermanos? ¿Acaso es ese un título para que el indio se crea seguro allí? No, señor, el cristiano tolera al indio porque lo precisa. Pero no lo pierde de vista y con el tiempo hace lo que ha hecho con estos. Ellos creen que tienen una obligación, la de acabar con los indios…El cristiano no puede pensar como nosotros, el cristiano se quiere quedar solo. No quiere al indio y el indio se conformaría con los cristianos; nunca quiere quedarse solo. Ha matado a algunos, es cierto, pero en la guerra. Fuera de ahí, el indio no persigue al cristiano. ¿No vienen aquí cuantos quieren y se quedan aquí y se casan con nuestras hijas? ¿Y qué decimos nosotros de esto? Lo aprobamos. ¿Y qué bien nos vienen a hacer esos “pillantrones”? Ninguno. Y sin embargo, aquí no se mueren de frío, ni de hambre, ni nadir los persigue si se conducen bien…”

“-En cierto modo- continuó- los recién venidos (se refiere al Indio Cristóbal y su familia) no tienen razón de quejarse. ¿No sabían que iban a encontrarse entre las uñas de los cristianos cuando se fueron? ¿No sabían que iban a esclavizarse y que iban a servir de perros allí? Sí, lo sabían, pero no lo creyeron. Ahora sí, han probado lo que digo…-Y luego propuso:- ¿Por qué no montamos todos a caballo y nos allegamos a Mulitas (25 de Mayo), con las armas en la mano y mandamos a ese, viejo como yo, para que él consiga que esas familias sean sueltas? Me parece que ese es el mejor modo de proceder…”

Esta era la opinión fundamentada del viejo cacique ranquel que definía con claridad meridiana la relación entre las dos culturas.

¿Todos lo trampearon a Santiago Avendaño? No, todos no. El P.Meinrado Hux no lo hizo, rescatándolo desinteresadamente a la luz, ni tampoco el coronel Baigorria. Tampoco lo trampeó su padre adoptivo, el indio ranquel Caniú, ni su tío abuelo, el cacique Pichuiñ, “Él era mi abuelo y mi padrino”, dice Santiago, “porque para mostrarme su cariño, me dio su nombre y me manifestaba un aprecio que rayaba en la locura. Me llamaba ñi lacú, que quiere decir mi tocayo (mi nieto).”

 Probablemente tampoco lo trampeó su compañero de infortunio, el cacique Cipriano Catriel.

El primero que lo trampeó fue el gobernador Rosas cuando Santiago volvió a la “civilización” abandonando la “barbarie” de las tolderías ranqueles; luego lo trampearon los directores de la Revista de Buenos Aires, al publicar mutilado su escrito sobre la muerte del cacique Painé, divulgando solo las partes más sanguinarias y crueles y falseando el final con la afirmación: “Escribo como testigo ocular”.

Y luego viene “el gran trampeador”, el Dr. Estanislao S. Zeballos con su trilogía robada a las Memorias de Santiago. Y de alguna manera, lo trampea también la autora del artículo La Trilogía de Estanislao Zeballos, historia de una apropiación hegemónica, Beatriz S. Díez, pues utiliza las publicaciones del P. Meinrado Hux para elaborar una ponencia crítica o contrahegemónica a toda una parte de la sociedad, la dominante de entonces, a la que pertenecía Zeballos, la “elite” dominante después de Caseros, Roca y su “conquista del desierto”, etc. Los  escritos de  Avendaño le dan voz a los ranqueles, afirma la autora, y en esto encuentra el mayor valor en ellos. Y eso es parcialmente cierto, pues su valor no concluye allí, ya que la voz autorizada de Avendaño que describe minuciosamente, despojado de la tendencia oficial que desacreditaba a los indios, la vida en las tolderías y sus usos y costumbres, es la voz de una persona viva, no la de un ente simbólico, y la intención que trasuntan sus Memorias es la de integrar el mundo indio con el mundo gobernante al cual él pertenecía. Él se definía como intérprete, manejando el lenguaje de los dos mundos (algunos lo llamaban despectivamente “lenguaraz”, incluso la autora del artículo). Él cuando muere era el Intendente de los indios, o sea, el representante de estos ante el gobierno de turno, cargo que desempeñó con idoneidad en una época de conflictos entre indios y blancos, y también entre indios e indios, entre blancos y blancos. La revolución del 74 provocada por Mitre lo abandona a su suerte como víctima expiatoria junto con el cacique Cipriano Catriel, del cual era su secretario. También lo trampea este general, que saldrá indultado de este evento.

Esto es lo que se desprende del análisis histórico de la agitada, corta y finalmente trágica vida de Santiago Avendaño. Pero  prolífica y harto valiosa vida, rescatada de la oscuridad del escritorio de Zeballos y de las vitrinas del Museo de Luján por los diligentes oficios del P. Meinrado Hux, al cual le estaremos eternamente agradecidos por ello.

Epílogo: La editorial El Elefante Blanco que en 1998 había publicado la Trilogía de Zeballos, publica  en el 2000 Usos y  costumbres…, que en el prólogo de las Memorias había anticipado M. Hux su próxima publicación, y en el 2004 finalmente publica  las Memorias…. No se explica la evidente postergación en la publicación de esta última, a menos que el capítulo XI titulado: “Dos años prisionero de Rosas” hiciera dudar a las autoridades de la editorial sobre la “conveniencia” de su publicación.

Hoy en día, en Mercado Libre se consigue Usos y costumbres…Memorias…ya no está a la venta. Creo que se puede conseguir en España.

En Internet se puede encontrar en PDF lo siguiente:

Cautiverio y prisión de Santiago Avendaño

Edición crítico-genética de los manuscritos censurados de un excautivo argentino del siglo XIX

Tomo I El cautiverio de Santiago Avendaño  entre los ranqueles

Edición, estudio preliminar y notas de María Laura Pérez Gras (CONICET – USAL)

Interesantísima investigación de los llamados Manuscritos de Santiago Avendaño, en su Tomo I, que finaliza con su fuga de las tolderías y su accidentado viaje hasta la ciudad de San Luis:

“Vendita sea siempre la providencia que tan grandes pruebas nos dá de su exelsa  omnipotencia! Cuantas maravillas habia visto en tan pocos dias, y cuantas tenia que ver despues! Cuantas micerias y amarguras me estaban reservadas, aun mas duras que el mismo cautiverio de que habia escapado! 396 ¡Bendito sea dios!”

396. De esta manera, Avendaño anuncia los terribles años de prisión por orden de Rosas que aún le esperan y cuyo relato será publicado en el próximo volumen de este proyecto de edición crítico-genética.

Nota del autor:  El volumen anunciado como Tomo II aún no ha sido publicado. Y este meduloso trabajo de María Laura Pérez Gras denominado Manuscrito consigna erróneamente en dos oportunidades la fecha de publicación de las Memorias de M. Hux en 1999 (un año antes de Usos y costumbres), pero la primera edición original de Memorias es muy clara en su fecha de publicación: 2004.

Si nos atenemos a los hechos, Memorias merecería haber sido incluido en el libro de Jacques Bergier: Los libros condenados (ver arriba en el índice de este libro el título tercero). Primero, es mutilado por La Revista de Buenos Aires, cultura hegemónica, Luego, es apropiado y plagiado por Zeballos que escribe en base a él, su Trilogía también apuntalando la cultura hegemónica. Y luego viene la contracultura, el trabajo de Beatriz Díez y el mencionado al final de Pérez Gras que no tienen presente el capítulo de Santiago sobre Rosas. El revisionismo histórico contracultural y contrahegemónico lo tiene a Rosas, desde mediados del siglo pasado, como un referente valioso para reafirmar su versión de la historia, que resulta así maniquea por ambas partes.

No solamente Santiago resultó víctima de sus circunstancias. También lo fue su Manuscrito, o  Memorias, publicadas completas por decisión de  Meinrado Hux (que confiesa haber tenido sus dudas al incluir el capítulo Xi sobre Rosas), ya fuera de circulación por contener material que en la actualidad es considerado “políticamente incorrecto”.

Entre la barbarie ranquel y la civilización cristiana, entre unitarios y federales, los avatares vividos por Avendaño, como sus escritos, fueron, sin dudas,  “políticamente incorrectos”.