viernes, 14 de noviembre de 2014

Variaciones sobre el GÉNESIS...

                        Génesis 2, 1, 27:  Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.
  
   
                                 MUJER

           Solo, hombre experimentaba con el mundo  de sus alrededores. Los cinco sentidos lo tenían asombrado. En un espejo de agua descubrió su propia imagen,  sus manos recorrían afanosas  la piel en toda su extensión  que después intentó prolongar  con el contacto a través de la superficie del agua. Bebió de las manos, y después comenzó a jugar con la tierra gredosa de la orilla. Sus manos moldeaban al azar   trozos de ella, los contemplaba, y luego los unía  entre sí sobre la playa arcillosa. Se miraba, se tocaba, y volvía a esa tierra amarilla que poco a poco iba tomando la forma que observara en el espejo de agua.  También regresó allí para buscar semejanzas. Un bosquejo redondo, sin facciones,  modeló lo que parecía una cabeza; después, en el cuello, logró darle una forma suave y delgada. Fue sencillo bajar hacia los hombros. Las manos se deslizaban por ellos complacidas. Y los brazos fueron torneados por los dedos, con  dedicación, pues quedaban pegados a esa forma casi perfecta que los recibía... Articuló los codos, continuó hacia las manos. Ahhh, ¡las manos! Allí se inclinó con espíritu detallista. Copiaba una suya y trabajaba con la otra. Abundante material adjuntó para el torso. Y amasó, hacia arriba y hacia abajo. El vientre plano, el pecho abierto hacia arriba. Pasaba las palmas como acariciando algo ya muy suyo. Se tocó, se contempló, y con las manos llenas de tierra bajó hasta los muslos, que también llevaron su material y esfuerzo. Los torneó más finos que los que veía. Luego volteó la figura  y se entretuvo largo rato modelando sus nalgas.  Siguieron las piernas y los pies, pequeños, muy pequeños. Regresó a la entrepierna. Se miró, y comenzó  a copiar sus genitales.  Posó una mano en el  bajo vientre y  los hizo de su misma naturaleza. Luego se miró nuevamente en el agua, comparó, y comenzó a  delinear el rostro. Una y otra vez bajó hasta el lago, a examinarse. Regresaba y avanzaba. Una y otra vez. En una de las tantas, se encontró con el Señor, que lo contemplaba con curiosidad.
         “¿Qué haces?”, escuchó hombre. Señaló  con un gesto la estructura arcillosa que habían modelado sus manos:
          -Una compañía- Y luego solicitó:-  Sóplalo, por favor.  Ahora sóplalo...- Su mirada era abierta, franca; no admitía una negativa.
           “No sabes lo que dices”, volvió a escuchar. “Esa compañía es incompleta.”
           -Tal vez, pero eso no me importa...- Luego:- ¡Dime porqué es incompleta...!
           -“Porque es igual a ti”.
           -¿Y cómo debería ser, entonces...?
           -“Para ser verdadera compañía, deberían complementarse...”
           -Ahhh, entonces....- y hombre miraba detenidamente la figura que emergiera por sus manos de la tierra-. Dime que debo hacer para que sea una verdadera compañía...
             -“Toma la tierra que le agregaste en la entrepierna, y colócala en el pecho. Eso; ahora regresa y alisa bien esa superficie. Luego hunde el dedo medio allí y forma la huella que será tu perfecto complemento...”
              Hombre siguió las instrucciones, y luego solicitó:
             -Sóplalo ahora;  hazlo ya, antes de que llueva-. Negros nubarrones amenazaban con lluvia. El Señor hizo un gesto, y el sol volvió a salir.
             -“¡Sóplala deberás pedir. La compañía será ella, no él. Has creado una compañera...”
              -Sóplala, entonces, de una buena vez, o me iré y no me verás más...
              La insolencia de hombre lo hizo sonreír (o algo similar, indeciblemente hermoso):
            -“Antes deberás prometer algo.”
            -Prometer... no te entiendo.
            -“Cuanto te hice a ti, yo te hice libre. Sabes que eres mi única creación fuera de mis infinitos poderes. Ella deberá ser también libre. Libre de mí,  y también libre de ti.”
             -No comprendo, si será mi compañía, estará conmigo. ¿Para qué querrá ser libre de mí?
              -“No se trata de que ella lo quiera o no lo quiera. Para ser, ella deberá  ser como te digo.”
                Hombre miraba la figura estática en el suelo, la acariciaba por momentos, corregía con mano delicada algunos detalles, hasta que finalmente se incorporó:
                 -Hazlo, por favor. Sóplala ya, y será como tú dices...
                  El Señor se inclinó sobre ella y sopló dentro de sus labios. Una corriente similar a un tenue rayo recorrió el cuerpo dormido, y los ojos de mujer se abrieron. Las alas de la nariz se agitaron, y de su boca surgió un gemido. Hombre la miraba extasiado. Acercó sus manos y comenzó a tocarla. La piel ajena le despertó una extraña ternura. Acercó su cara a la de ella, que lo miraba, curiosa pero confiada. Ella también comenzó a tocarlo.
                 El Señor se retiró. Sabía que sólo  le estaba dado crear  con el soplo divino, e iluminar luego a sus creaciones. Pero no le era posible tocar con  manos, ni sentir el roce de otra piel sobre algo suyo. Se volvió hacia ellos, que se acariciaban con movimientos que parecían no tener fin y sonrió (o algo similar, de innombrable belleza). “Si fuera posible”,  caviló con un dejo de melancolía, “ahora sentiría envidia hacia ellos.”
                 Sabía que únicamente podría amarlos desde su  incomparable distancia, y que a partir de ahora lo haría con  inmarcesible intensidad . Y también sabía que sufriría infinitamente por ello.

AL SÉPTIMO DÍA 

   Al séptimo día, el Señor paseaba contemplando satisfecho la Obra de una semana de intenso trabajo. Los animales y las plantas fructificaban y daban vida a la Tierra, después de eones de aridez en su superficie y en la profundidad de los mares. Pero, en su Inmarcesible Interior sabía que faltaba algo, o que le faltaba algo.
    En el continente, que con el tiempo lo llamarían  “negro”,  encontró una familia de homínidos que convivían pacíficamente, eran herbívoros por naturaleza y aparentaban tener capacidad para una inteligencia superior. Observó entonces a una hembra de ese grupo (al que posteriormente se lo denominaría “bonobos” por el sitio donde residían), le gustó por su gracia y su belleza, la llamó (es un decir) y ella se acercó. Confiada le tomó una mano (es un decir) y Él comenzó a dialogar con ella. Le preguntó si quería crecer, desarrollarse de otra manera, ser su compañera carnal, y ella aceptó. Entonces el Señor la tomó de los brazos, la puso de pie, sopló el pelo que le cubría la piel y surgió una superficie negra, brillante, sedosa. Le modeló el rostro, dejó que un pelo ondulado y brilloso, negro como el azabache, se extendiera desde la cabeza hasta las caderas, cambió las manos inferiores por unos pies firmes y fuertes,  le quitó el rojo al trasero remodelando sus gluteos, así como los pechos pequeños, firmes, turgentes, sin peso innecesario, sólo bellos y finalmente sopló dentro de su boca hasta que un brillo nuevo surgió de sus ojos negrísimos. Entonces ella rió, se soltó y comenzó a bailar y a cantar, como agradeciendo el augurio de una nueva vida. Cuando se detuvo, preguntó:
    -¿Y ahora…? ¿Qué hago yo sola en este mundo…? Ya no puedo convivir con ellos- y señaló al grupo de bonobos, que la contemplaban agrupados en la maleza, entre curiosos y asustados.
   “¿Qué dices, mujer…?” Por primera vez era nombrada.  “No estás sola. Estarás conmigo”, dijo Él “y conversaremos, pasearemos. Siempre. Y te daré todo lo que quieras. Serás la reina de la Creación…” Ella no parecía muy conforme con la propuesta, y movía la cabeza hacia los lados, sacudiendo un pelo que no terminaba de asombrarla. Tomó una punta entre los dedos, se la llevó a la boca, lo mordió, hizo una mueca, y finalmente:
   -No, no me alcanza eso que ofreces. Necesito un compañero. ¡Hazme uno, ya, hazme uno!- Y pegaba saltos, sacudiendo los pies contra el piso. Él la observaba pensativo. “Esto no lo tenía calculado”, meditaba, “y puede tener consecuencias que no logro anticipar…” Respondió, casi de mal humor (es un decir):
   “Está bien, elige un compañero entre los tuyos.”  Y cuando ella se volvió hacia su grupo, estos desaparecieron como por encanto entre la selva. Después de varias horas de infructuosa búsqueda (Èl había decidido mantenerse al margen), ella pidió:
   -Crúzame el río. Si lo hago por mis medios, me ahogaré. Sé que en la otra orilla hay familias similares. Seguro que allí encontraré uno…- Y Él cumplió con los deseos de ella, cruzaron el río y en la otra costa aparecieron ejemplares que parecían de su familia. Manifestaban conductas no tan pacíficas, por momentos había violencia entre ellos, y no eran sólo vegetarianos (con el tiempo, los llamarían “chimpancés”).
    -No me gustan- expresó ella, volviéndose hacia un Dios ya sin deseos de seguir con el juego.
   “Es lo que hay” respondió Él, “elige uno y avancemos, que no tengo mucho más tiempo que perder y hay una enormidad de cuestiones que me están esperando…”
   -Perdón, sí, ya sé que te estoy demorando, y probablemente no soy tan importante como me creo, pero- y le sonrió de una manera que iniciaría un nuevo camino en el planeta-, pero no olvides que yo, sí, yo, fui, soy, una idea tuya, ¿o lo olvidas?
     “No, no me olvido” rugió Él, y volviéndose le señaló un ejemplar como compañero: “Allí tienes uno…parece joven, sano y fuerte. Y aunque no parece muy inteligente, te servirá para lo que quieres…”  Ella observó al ejemplar masculino del grupo de los chimpancés, se acercó a él, que se dejó tocar sin manifestar rechazo, palpó sus brazos, sus piernas, sus hombros, sus caderas, tomó la cara entre sus manos, tanteó la superficie ósea, miró dentro de su boca, los ojos pequeños e inquietos, bajó una mano y verificó sus genitales… Finalmente, ante los bufidos y suspiros que escuchaba a su espalda, se volvió hacia Él.
    -Está bien. Que sea éste-aceptó. Hazle el mismo procedimiento que a mí. Pero lo quiero bello, muy bello. Y que sea suave, tierno, tolerante y que me obedezca. Y que me dé hijos hermosos, muchos hijos hermosos para desarrollar esa nueva familia que te propusiste fundar conmigo.
   “Yo no quise ninguna familia. Quise una compañía, una compañera, pero me salió un “domingo siete” contigo. Sé que cuando tengas a tu compañero vas a abandonarme…Pero, está bien, “a lo hecho, pecho”, avancemos y terminemos con esta historia…” Y el Señor tomó al chimpancé de los hombros, lo puso de pie, lo estiró a lo largo y a lo ancho, aventó el pelo con un soplido,  cambió las manos posteriores por pies, al trasero le dio el color negro azabache del resto del cuerpo con nalgas suaves y firmes. Respetó la fortaleza de los miembros superiores e inferiores, lo mismo que al pecho amplio y musculo. A la cara le dedicó más tiempo. Sentía que, de alguna manera, Él iba a estar allí. Como mirándose a un espejo, cobró forma en él y le dio los rasgos que deseaba para sí. Finalmente, apoyando sus manos (un decir) en la caja craneana le dio el desarrollo del cerebro que también reservaba para sí y sopló dentro de sus labios. Miraba (un decir) de reojo pues quería evitar de ella cualquier interferencia. Pero mujer ya  contemplaba embelesada a la nueva creación, la tocaba por todas partes, la probaba con la lengua, la olía, hasta que de pronto hombre, ya en sus plenas y novedosas facultades, la tomó con sus fuertes brazos arrastrándola hacia el interior de la espesura. En el trayecto pudo escucharse los entrecortados grititos de ella, mezcla de sorpresa, ansiedad y anticipado placer.
     El Señor suspiró (es un decir);  cuando los perdió de vista, ascendió a los Cielos en un rápido vuelco de poderío e imaginación, y emprendió viaje hacia otros mundos, otras galaxias, otros universos que lo estaban aguardando para continuar con el desarrollo de esa idea persistente que naciera con Él  de darle un sentido a la Creación, aunque el cómo y el por qué, aún no lo tenía muy claro…Los últimos acontecimientos en el planeta que recién había abandonado intempestivamente le habían demostrado que los deseos y la improvisación, cuando van juntos, son generalmente malos consejeros. Años, siglos después regresaría impulsado por una curiosidad que nunca lo había abandonado para verificar el resultado de ese experimento al que finalmente denominara, no muy satisfecho de Sí Mismo, la Creación acompañada del “libre albedrío”.


                                      Al OCTAVO DÍA


           Al octavo día el Señor se presentó con  deslumbrante imponencia. Las criaturas corrían, gritaban y saltaban, dando rienda suelta a su desbordante vitalidad. El Señor habló con voz de trueno:
         “A ver si desaparecen de aquí, que hoy es día de…”, y cuando bajó la mirada y  los buscó, comprobó que las criaturas habían desaparecido. Habían huido,  quizá a esconderse como siempre en algún rincón de los alrededores, o tal vez en la espesura de la selva.
          “...que hoy es día de limpieza”, completó el Señor, algo desconcertado, ahora casi en  un murmullo.
          Al noveno día, el Señor reflexionó seriamente sobre la situación y hasta se recriminó por el modo con que había tratado a las ausentes criaturas, excesivo por demás.
           Al décimo día, ya seriamente preocupado, consideró la posibilidad  de enviar  a alguien por ellos.
            “Sí, y hasta es posible que mande a mi Hijo en persona a buscarlos, si no aparecen esta misma noche...”, mascullaba casi encrespado, alarmado,  pero decidido. En ese momento lamentó la facultad que les había otorgado a las criaturas, que les permitía mantenerse fuera de su alcance, de su voluntad. “Ese bendito libre albedrío”, repetía malhumorado, como si no hubiera sido idea suya la de...
           Cómo le devolverían al Hijo, es otra historia.                      

HOMBRE

                                                      I
                                                          
     Llovía desde hacía varios días, y hombre no había acopiado suficiente cantidad de leña en la cueva. Conservaba el fuego mezquinando ramas, que trozaba con las manos agarrotadas por el frío. Mujer permanecía en un rincón, con los dos vástagos, envuelta en las pieles de animales que cubrían también parte del húmedo suelo. En las paredes, el fuego iluminaba pobremente algunos toscos dibujos de manos y animales hechos por hombre en días mejores, menos inclementes. Ahora tosía y arrojaba un vapor envenenado hacia el exterior de la cueva. De golpe, desgarraba secreciones del pecho con sangre roja, y el dolor en el dorso se le volvía intolerable. Ya ni siquiera aullaba por ello, sólo emitía una sorda queja. Mujer también tosía, y los dos vástagos apenas podían caminar. Poco alimento les significaba mamar de la madre, y sus gemidos eran casi continuos. Hombre sabía que si no llegaba el tiempo más templado,  si no conseguía pronto más leña que sostuviera el fuego, y algún animal para comer,  no volverían a ver la luna.  En la entrada  de la cueva olfateaba el aire, estiraba las manos y recogía agua, que luego bebía o le arrimaba a mujer,  moviéndose con dificultad. Cuando comenzó a soplar viento, supo que la lluvia cedería, pero en cambio, el frío arreciaría.

      La luz del día tocaba a su fin y debía salir a recoger leña para secarla en la cueva, al costado de la fogata. Bajó lentamente y con cuidados pasos hasta el bosque. Seleccionó algunas ramas que, por el peso, parecían secas en su interior. Cuando retornaba cargado,   descubrió la boca de  la cueva ocupada por tres personajes similares a él. Inmediatamente entendió que estaba  perdido. No recordaba haber escuchado gritos de mujer, por lo que resolvió aproximarse como siempre. Pero antes de llegar a la entrada, los  personajes se descolgaron aullando y empuñando piedras en las manos. Y antes de que pudiera reaccionar ya había caído al suelo con hondas lastimaduras y golpes rudísimos encima.

         Los personajes lo arrastraron hacia el interior de la cueva, y lo arrojaron a un costado. Luego buscaron a mujer y los vástagos. Uno de ellos la montó por detrás mientras ella chillaba, y al desprenderse de ella, le descargó un golpe en la cabeza que la hizo rodar por el suelo. Los vástagos también berreaban. Los tomaron de brazos y piernas y los estrellaron contra la pared. Recogieron al más grande y lo acercaron al fuego.  Le quitaron la piel de animal que lo cubría, y con una piedra afilada lo abrieron en canal. Chuparon la sangre y arrancaron las vísceras, que tragaron emitiendo aullidos de satisfacción.

      Uno de ellos se acercó a mujer y la empujó hasta ponerla de pie, buscando aparearse . Cuando ella vio los restos de su hijo,  comenzó nuevamente a gritar y  el personaje descargó su furia con una piedra en cada mano, hasta que la hembra  rodó por el suelo bañada en sangre. Luego se volvió hacia sus compañeros, que trozaban los restos  del vástago intentando cocinarlos sobre el fuego, que por  momentos languidecía. Pero el hambre que traían era atroz, y los devoraban casi sin  cocción.

        Hombre comenzó a abrir un ojo cuando le llegaron ruidos cercanos. Veía muy poco y de un solo lado. Mujer se quejaba e intentaba incorporarse, y otro personaje la tomó para copular.  Ella pretendió resistirse, y el  personaje emitió un rugido, le disparó un golpe al cráneo que crujió con sonido de rama partida, y ella cayó fulminada al suelo. Con curiosidad, los otros se acercaron, para examinarla. Hasta que decidieron simultáneamente arrancarle las pieles que la cubrían. Una vez desnuda, como si fuera restos de un animal de presa, comenzaron a trozarla con los rudimentarios cuchillos de piedra. Arrojaban los pedazos de carne al fuego, y luego los engullían con gritos de entusiasmo.

       Hombre despertó con la luz del día, sintiendo golpes por todos lados. Le gritaban, lo sacudían, lo pateaban. Abrió el único ojo que veía y  percibió que los tres personajes  le señalaban algo. El fuego se había apagado. Comprendió que ellos pretendían que él hiciera algo para que el calor de las llamas volviera, pues  no sabían provocarlo. Los restos de un vástago y de mujer estaban esparcidos por el suelo de la cueva. Hombre no supo distinguirlos de los de un animal cazado, y sintió un hambre voraz al verlos, que se confundió con el  frío y los dolores lacerantes de todo el cuerpo.

       Se incorporó a duras penas y fue a sentarse al lado de las cenizas. Buscó calor tentando con las manos y no lo encontró. Revolvió las cenizas, pero ya  se advertían frías. Y la leña que había juntado estaba todavía húmeda. Examinó  la cueva y encontró unas pocas ramitas secas. Los personajes  lo observaban en silencio y seguían sus pasos. Debía encontrar una rama en forma de vara, y pasto seco...

          Salió de la cueva, seguido por el trío. Bajaron lentamente hasta el bosque. Hombre apenas podía caminar. Un hueso de la pierna crepitaba, y la tos era continua, desgarradora. Nada importaba ya, salvo perder, si podía,  a esos personajes, que lo seguían dando roncos gritos. En el hueco de un árbol podrido encontró restos de algo similar a pasto seco. Los llamó y, mediante señas,  les exigió acarrear ese material hasta la cueva, junto con varias ramas sin hojas. Cubierta por la maleza del sotobosque, esa leña serviría para alimentar el fuego hasta que el resto se secara  con el sol.

           Una vez adentro, preparó una varilla y comenzó a frotarla con rápidos movimientos contra la piedra, a la que había rodeado del material seco del tronco. Una y otra vez hizo rotar la varilla entre sus ateridas manos, y se agotaba sin lograr que el humo surgiera de la punta de la rama.  Los personajes lo contemplaban con ansiedad y hosco gesto. En un momento dado comenzaron a menudear los golpes. Cuando por fin logró que surgiera un hilito de humo y se inclinó para soplar, comprobó que ese material no ardería. El fuego no volvería así,  y ellos terminarían pronto  con su vida.

        Se volvió y encontró los restos de mujer, donde sobresalía la cabeza y su tupida cabellera. La señaló y solicitó el cuchillo. Cortó unos mechones de pelo y nuevamente comenzó a invocar al fuego con la varilla. Esta vez, cuando sopló, la brasita chisporroteó en contacto con la grasa del pelo.  Y las chispas tomaron vida, y el soplo contagió la incandescencia, hasta adquirir ésta la forma   inicial de una llama. Los personajes comenzaron a gritar;  saltaban y  reían, manifestando su contento. Con un gesto los contuvo y comenzó a alimentar la  incipiente fogata con pequeños trozos de ramas secas, y arrimó las últimas,  mojadas todavía, para  secarlas. Entretanto, los personajes,  cerca del calor del fuego volvían a  alimentarse con los restos. Hombre los miraba, sin llegar a entender o recordar cabalmente qué era lo que comían. Pero  sintió otra vez un  hambre atroz,  y con gestos pidió compartir la comida. Los otros lo dejaron hacer. Luego salieron los cuatro a buscar más leña. Hombre les señaló las mejores ramas, y cuando regresaron amontonó una pila junto a la hoguera para que fuera perdiendo la humedad. Un vapor que por momentos chiflaba, se elevó por  entre los leños.

         Hombre se alejó del fuego en busca de las pieles para cubrirse y descansar. Allí encontró al otro vástago. Ya  frío y rígido, igual se abrazó a él y se dejó ir, contemplando en la pared los reflejos de las llamas con su único y nubloso ojo. Intuía que una vez que lo embotara el sueño, no volvería a despertar. Escuchaba los sonidos guturales de los personajes alimentándose. El olor dulzón de la carne chamuscada había inundado el ambiente.  Comprendió que mañana, o más allá, él también serviría de alimento, lo mismo que el vástago que apretaba contra sí.  Sintió de súbito otra punzada en el estómago y, casi sin darse cuenta, comenzó a arrancar  y masticar la carne magra y fría que le ofrecía un bracito del vástago por delante de su boca.

                                                                II


    Muchos miles de años después, otros hombres, horrorizados con las incesantes pesadillas que invariablemente los visitaban en sus sueños nocturnos, decidieron bajar una pesada cortina  sobre el inconsciente colectivo. Pretendían, desesperadamente, que los antecedentes primigenios no volvieran a perturbarlos con aterradoras alucinaciones. Luego de muchos intentos frustrantes,  inventaron a un  ser Único, Invisible e Indivisible, Omnipresente y Omnipotente por necesidad, y le dieron todos los nombres que se les ocurrió, incluso el Innombrable,  para que llenara sin excepción los huecos pavorosos de esa memoria colectiva ancestral. Y le otorgaron la facultad suprema de haber sido el Hacedor de la especie. Nada antes que Él. Nada después de Él.

    Obviamente,  los hombres no sabían entonces  que las pesadillas así, no sólo no terminarían, sino que se verían incrementadas ad infinitum.

      Alguien, muchos años más tarde, intentando regresar a la visión primordial, anunciaría con voz de trueno antes de suicidarse, y sin ser debidamente escuchado que  esa creación, Única, Innombrable, Invisible, Omnipotente y Omnipresente, había muerto.

      No sería nunca justa y cumplidamente escuchado, pues nunca estuvo en la intimidad del hombre la auténtica voluntad de suprimir las pesadillas...

sábado, 8 de noviembre de 2014

Introducción a Esa gracia insolente de la ternura

la  novela de A.C.C. que publicó la editorial Dunken a fines de diciembre 2014:

    
         El corazón del hombre, al que algunos de por aquí  señalan como “el bobo” porque aparentemente siempre hace lo mismo, es el órgano más complejo de los humanos. Sintonizado con el cerebro primitivo, esta víscera posee la propiedad de elevar al cielo o descender a los infiernos a su poseedor, a veces, sin transición alguna. A su propio ritmo de sístole-diástole, marca la diferencia entre el amor y el odio, entre la crueldad y la bondad, entre el afán posesivo y el generoso desprendimiento, entre la ternura solidaria y la envidia o la dura  indiferencia, entre la ira y su violencia irracional y el pacífico equilibrio, entre la honestidad y el engaño,  o los entrevera indiscriminadamente. En resumen, marca la diferencia o entrelaza lo que los hombres  denominan  cualidades  y  conductas  humanas   e  inhumanas,  sin comprender cabalmente los distingues de esta definición. Interpretar al corazón, aceptarlo y dominar sus pulsiones oscuras es el desafío más complejo que enfrentamos a lo largo de la vida  los mamíferos racionales. Los antiguos dioses, pícaros, joviales, a veces algo crueles y despóticos pero amigos al fin de los hombres, antes de ser desplazados para ser convertidos en mitos, les dejaron en algún rincón de la aurícula derecha la clave para descifrar el secreto del enigma de lo que se  ha dado en denominar, quizá impropiamente, ”las razones del corazón”. La sabiduría griega nos ha transmitido una vía de aproximación a esa clave, la epiméleia heautóu o inquietud de sí mismo. (*)

         Cuando llegó el dios único, omnipotente y omnipresente, lo primero  que hizo fue tomar esa clave arbitrariamente como cosa suya  y llevársela consigo como atributo extraviado sabrá quién en qué época o avatar pretérito e instauró para el mundo de los hombres el imperio de la noche seria,  plagado de mandatos y convenciones.         

       Dicen que, de tiempo en tiempo, esa clave añora su rinconcito primitivo y, a veces,  cuando el nuevo dueño que la mantiene cautiva está distraído o descansa, ella regresa y con pequeños golpecitos denominados “extrasístoles” por los cardiólogos anuncia su llegada sorprendiendo, alegrando y a veces enajenando a su eventual huésped. Porque éste, al descifrar el enigma del secreto, deserta de la culpa y  los remordimientos implantados en algún reservorio íntimo por mandato superior. Abandona el estigma del  “pecado original”, deja  de solicitar el perdón por supuestos vicios y errores  propios o
ajenos y asume su condición de humano que aprende, desde su personal epiméleia heautóu, a frenar y redirigir sus pulsiones negativas,  oscuras,  sin conflictos, aumentando exponencialmente las otras, las amparadas y estimuladas por el fuego azul de la noche sin relojes.

       Ese huésped, cuando actúa sin disimulos y se ejercita en la parrhesía (decir verdad),  suele a veces transformarse para sus congéneres en un inadaptado social y es señalado poco menos como un criminal o un hereje. Acusado de asébeia, corre el riesgo de ser colgado o decapitado en el patíbulo o quemado vivo en la plaza pública.

Cuando esto sucede, se puede morir en paz. El corazón se siente completo, ha aceptado buenamente su destino. No hay arrepentimiento ni rencor. Sólo una profunda tristeza por abandonar demasiado pronto la vida  que, casi milagrosamente,  se ha aprendido a amar.

            El riesgo que implica reconocer la llegada de la clave deslumbra y confunde al mismo tiempo. Aceptarla aumenta ese trance azaroso. Aprender a utilizarla, no obstante el peligro que carga dicha praxis, retenerla a cualquier precio, vivir de acuerdo con ella aunque en el intento vaya la propia vida, no significa otra cosa que regresar al tiempo que, pienso, entiendo,  se me ocurre, nunca debimos abandonar.  
                                                                                                           a.c.c,  2014
                                                                                                                                         (*) de La hermenéutica del sujeto. M. Foucault (FCE), comentarios sobre la Apología de Sócrates, Platón                                                                                                                                                                                        





viernes, 7 de noviembre de 2014

Algunos párrafos de la novela:: "Esa gracia insolente..."

       “-Aceptarse y quererse, aunque sea un poquito. La base para salir,  aceptar y querer a otro, a otros sin prejuicios… Ya lo dicen las escrituras con sabiduría llana, que por llana siempre se la ignora. Dioses y demonios, demonios y duendes, duendes y fantasmas, fantasmas y brujas, brujas y demiurgos… La percepción interior se descuelga desde múltiples ángulos y visiones…De todas maneras, es hermoso, poético y enajenante saborear con la boca y tocar con las manos lo que nuestros deseos elaboraron con paciencia y escasa esperanza durante tanto tiempo en el sensible y febril cerebro primitivo…”


          “-El amor toma a veces la forma de un pendejo tiránico, caprichoso e irracional, escribí cierta vez…-murmura Gabriel, con un dejo de tristeza en la voz-. Ahora… ¿qué podría decir?
            -Ahora podrías no decir nada, nada de nada. Yo leí- agrega Marina-  que las palabras no deben ingresar donde reina el silencio, porque al ser nombrado  lo innombrable que habita en ese ámbito exclusivo,  prohibido a la voz humana, muere sin remedio.”


        “-Me gustás mucho,  mucho-  dijo él,  mientras encendía otro cigarrillo.-Y estoy muy contento de tenerte frente a mí de nuevo. Es así…creéme. Compruebo que  algo distinto y especial  se produce en mi interior al verte. Es como si se encendieran un montón de luces que estaban apagadas…Entonces aparecen cosas que siempre he deseado pero que apenas conozco y que me sorprenden bien, muy bien, al salir de la oscuridad…- Marina lo escuchó con atención. No podía distinguir entre el puro verso y la verdadera poesía. Dejó que las últimas palabras quedaran flotando en el ambiente, como el humo que se había concentrado debajo de la lámpara. Cuando recibió el mensaje desde su plexo solar supo que las palabras sobraban, se acercó a la mesa con pasitos de baile, la rodeó,  llegó hasta Gabriel,  bajó la cabeza y buscó sus labios. Se sentó sobre sus piernas y se acomodó como quien inicia un viaje placentero en un tren de lujo. Le pasó los brazos por detrás del cuello, ampliamente,  y se dejó llevar por un beso interminable que avanzaba y retrocedía, apretaba y aflojaba,  interrogaba y respondía, era blando casi tenue y era duro y posesivo…”

     “Pueden haber cosas interiores tuyas- agregó él- que pretenden ignorar tus logros actuales, tu disfrute de la vida, de la compañía, de la libertad, del amor y persisten en el capricho de darles la espalda hasta provocarte la claudicación de un regreso sin gloria. Todos tenemos un lado oscuro, mezquino, que se empecina en mantener el statu quo a cualquier precio. El cambio tiene un costo. Siempre lo tiene…”

             “Marina sintió la piel de Gabriel muy suave,  el sabor de su boca muy suyo, como si siempre hubiera estado allí, así, para ella. El reconocimiento de la posesión como un derecho sin cuestionamientos,  tomó la forma de una adquisición preciosa que se encendió en su interior. Recorrió lentamente con los labios y las manos toda la piel extendida de Gabriel, con naturalidad y sin limitaciones,  para su exploración minuciosa.  Uno sobre el otro,  se miraron intensa, abiertamente. Los quejidos y suspiros señalaban hacia dónde se dirigían. Sin promesas, sin apuro, sólo dejándose ir. Muy juntos, en otra buena, amable noche sin relojes…”
           
        “La noche cómplice, la noche sin tiempo,  presenció allí cómo un otoño temprano frío y ventoso puede transformarse de súbito en una cálida y luminosa primavera. Fue precisamente a través de ellos, que se desnudaron mutuamente con un rito invariablemente espontáneo y veloz,  a través de ellos que habían aprendido a mirarse nuevamente con la intensidad de la primera vez, a usar el tacto como se aprecia la seda de Oriente, sin apuros ni presiones, a buscarse en todos los rincones imaginables sin prejuicios y encontrarse con  la paciencia y la morosidad que otorga el conocimiento de la seguridad de un más allá, de un más allá tan lejano como cercano, tan real como imaginario,  siempre un más allá donde reina el silencio del deseo consumado pero que al mismo tiempo se puede presentir su mediato, moroso despertar  que, como el ave dorada, remontará vuelo entre las cenizas, transmutado y redivivo.”

           “El cielo y el infierno comparten la misma vía, el mismo transporte,  los mismos pasajeros, la misma caja transmisora de mensajes. Sutiles e ínfimos detalles los diferencian, un grado más o menos de temperatura, un tono más vivo o apagado de un mismo color, un giro de más o de menos de una tuerca, una palabra apropiada aquí y la misma dicha allá a destiempo; un deseo cumplido ahora  e incumplido poco más tarde”.

“Nuevamente las bocas y las manos, cada quien en lo suyo en busca de la fuerza de los sentidos destapados,  descubiertos in fraganti al aire libre de la noche amable, en la pura libertad como vuelo de pájaros, en la más exquisita lubricidad que el placer renovado los va encumbrando,  él dentro de ella, ella dentro de él, bañándose ambos con sus humores regios. Cuando se revuelven, se encuentran, comparten con deleite lo tuyo y lo mío entre besos mansos, pegajosos, ya sin secretos, sin temores ni dudas, con el sexo en la piel, en la mirada, en los susurros, en las manos que acarician como aventando la imagen de un olvido con que el capricho del deseo saciado siempre amaga.”


        “Gabriel bebe vino y fuma un cigarrillo en el jardín. El cielo está estrellado y piensa:”una buena noche para el amor”.  Siente inmediatamente la presencia de Marina, la sabe cambiada, abierta, adivina sus nuevos humores y se alegra de poder encontrarse con ella mañana. “Pero hoy era la noche”, murmura cambiando de humor, “ella no la está perdiendo, yo sí. Podría haber aceptado la invitación de Susana…” se reprocha. “Nos debíamos una noche más…no supe interpretarla, chambón de miércoles”. Cuando comprende que ha caído en la misma trampa de siempre, se incorpora, se abre hacia el cielo con los brazos extendidos, ofrece la copa de vino a las alturas y exclama: “Soy tu esclavo, noche de las noches,  noche siempre nueva. No volveré a ignorarte, me declaro tuyo, ahora y para siempre. Juro por los doce  dioses del Olimpo que no volveré a  abandonarte. Y ahora, bebe conmigo”.  Apura el contenido del vaso y el vino le transmite una amable e inequívoca respuesta.”

            “Marina comparte con Gabriel su cama de una plaza,   la luz encendida del velador y la puerta entreabierta. Han decidido no crear compartimientos estancos. Desde la otra habitación se oye el televisor encendido. Ríen, se tocan, se besan. Buscan despertar al brujo nocturno para que los convoque y los asista, que los bendiga con voces antiguas y humos de inciensos… Los que provocan a los vivos, no aquellos que invocan a los muertos. La noche buena responde con su fuego azul y se hunden en el reino de los sentidos, se buscan,  se encuentran, entran y salen, bailan y cantan hasta que son impulsados hacia arriba de un tirón, de paseo por las esferas.”

            “-Ser no es tarea fácil. Hay que conocerse y comprenderse antes. Aceptarse como uno es y quererse, por lo menos un poco... ¿me explico?
            -¿Dónde queda la moral en ese rumbo? Lo que está bien, lo que está mal… ¿Quién lo define?
-No el poder, precisamente, que siempre pretende su monopolio. Pasa por el respeto, la consideración, la sinceridad. Eso creo. Y la honestidad como aderezo imprescindible del plato. Hacia uno y hacia los otros. Guste a quien le guste…Posesión, celos,  engaños, quedan fuera de la ecuación…
            -Creo que te voy comprendiendo y aunque lo que planteás me impresiona bien, también me resulta como el ingreso a un ambiente a oscuras. Y una, yo ahora, espera que alguien que conoce el lugar  encienda la luz, porque se desconoce el sitio donde está  la llave…
            Gabriel se detiene. La toma de los brazos, acerca su cara a la de ella y la besa. Patricia no se retira. Más allá, junto al auto, Marina ha visto el gesto de Gabriel. Se pone en puntas de pies para besar a Francisco.”


         “La luz que ingresa por la ventana de la habitación alcanza para delinear los cuerpos, para orientar las manos, para unir las bocas y las miradas. Hacen el amor con lentitud, poseídos por la fuerza domesticadora de lo pequeño,  consagrando una ternura  exquisita en cada movimiento. Se humedecen poco a poco, giran entre sí una y otra vez, se exasperan, se calman,  se huelen, se prueban  con deleite, se detienen, muy adentro uno en el otro, se frotan hasta sacar chispas de sus pieles, se derraman, se comen literalmente en el banquete que la noche buena había preparado esperanzada para ellos…”  

            “-¿Cuándo escribiste eso, cielo y por qué lo hiciste?- pregunta ella.
            -En mis primeros tiempos, hace muchos años, cuando era muy joven. No sé por qué lo escribí. Desconozco las razones que me impulsaron a hacerlo.
            -Yo creo que sí lo sé y te puedo decir sin temor a equivocarme de dónde surgieron esas razones- agrega ella-. Es tan duro, tan cruel, tan atroz y tan ferozmente humano (aunque lo tildan injustamente como inhumano) el trato de “tu género” hacia el nuestro, que la memoria ancestral reclama justicia y equidad por los canales que puede. Vos fuiste su mensajero sin saberlo. Enhorabuena. Eso te lava del pecado original de tu género, te reivindica, pero también te convierte en un ejemplar expiatorio. ¿Recordás  la frase: Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo…?  Bueno, mi bienamado Orfeo, Eurídice te agradece que la hayas regresado a la vida y que lo hayas hecho de la manera que lo hiciste,  que tu destino te haya impulsado a asumirte como cordero expiatorio y que hayas derramado tu sangre por mí, por todas nosotras…”

(de Esa gracia insolente de la ternura, editorial Dunken, 2014.

lunes, 13 de octubre de 2014

Los intermediarios

                                      Si no he sido víctima de una alucinación, la    humanidad deberá  estar dispuesta a aceptar un nuevo enfoque científico sobre la realidad del cosmos, y sobre el lugar que corresponde al hombre en el loco torbellino del tiempo.”The Shadow out of Time”, H.P.Lovecraft.



     Ese día, al salir del trabajo, en vez de subir al colectivo de costumbre, decidí tomar un taxi para regresar a mi departamento. Abrí la puerta trasera del vehículo, me senté y le indiqué una dirección al conductor, que arrancó mientras asentía con la cabeza al pedido. Me recosté en el asiento, decidido a descansar durante el corto viaje. De pronto, el automóvil se desvió por una calle con rumbo opuesto al  de mi casa. Deduje que estaría cortado el camino, pero al cabo de unos minutos, al comprobar que no corregía el sentido de la marcha, comencé a inquietarme. Me incliné hacia delante para preguntarle al hombre hacia dónde nos dirigíamos. Pero no me oyó, pues el tango que transmitían por la radio había iniciado un ensordecedor estribillo, al tiempo que el tráfico se intensificaba a ambos lados, con múltiples ruidos de escapes y bocinas. Decidí esperar, pues  no estaba demasiado apurado y no me importaba retrasarme unos minutos. Pero cuando leí el nombre de la calle por la cual circulábamos, me invadió una suerte de malestar visceral, pues me resultó absolutamente desconocido. Nunca me había movido por esos andurriales. Intenté otra vez hablar con el conductor, decidido ya a terminar con el viaje, cuando un colectivo se cruzó a pocos metros del taxi. La frenada fue espectacular; los insultos, floridos, y el arranque casi inmediato. No tuve más remedio que echarme para atrás y esperar. Comprendí que estaba en manos de ese hombre, al cual no conocía y con quien sólo había intercambiado tres o cuatro palabras, al parecer muy imprecisas de mi parte.

    Me sorprendió cuando se detuvo. Creí que tendría problemas con alguna goma, o cualquier otro inconveniente mecánico. Pero el  hombre encendió la luz interior, me pidió una suma de dinero y levantó la banderita luminosa, dando por finalizado el viaje. Le pagué sin decir una palabra y abandoné presuroso el automóvil, ansiando pisar el suelo de una buena vez.

     Suspiré aliviado, mientras veía alejarse al taxi envuelto en una nube de humo, y sentí que volvía a ser dueño de mi persona. Hasta que la vi. Un estremecimiento me invadió y sentí un impulso irresistible de  alejarme de ella. Pero estaba como clavado en la acera. La calle permanecía oscura y desierta. El viento de la noche, que arrastraba por el pavimento las hojas caídas y cimbreaba con irregular violencia las copas de los árboles, traía desde esa casa el sonido de  una vieja y conocida melodía;  me atrajo con ella y caminé lentamente hasta el umbral. Las paredes del frente, semiderruidas, sugerían su antigüedad y una cercana demolición. Encontré la puerta atrancada por unas tablas, que quité de su sitio no sin dificultad. Y a pesar de la sensación de inquietud y recelo  que me embargaba, empujé la puerta y entré.

     Los días siguientes me sorprendieron poseído por un desacostumbrado mal humor. No toleraba las vicisitudes de la vida cotidiana. La compañía de mis amigos me resultaba intolerable. Los compañeros de trabajo me evitaban, y en más de una oportunidad fui reprendido por mi superior por lo que consideraba faltas de responsabilidad en mi dedicación hacia la empresa. Y la tan ansiada presencia de mi amante perdió súbitamente todo atractivo. No resistía su proximidad, y provoqué la ruptura ante el primer pretexto que se presentó, sin que quedara de nuestra larga relación otro sentimiento  que no fuera un urticante rencor. Pero, a pesar de los malos ratos que estos episodios me deparaban, en mi fuero íntimo sentía una extraña alegría, una siniestra satisfacción. Evidentemente, buscaba la soledad a cualquier precio. Me preguntaba a veces por  el motivo de esta actitud, pero no encontraba respuestas. Salía cada vez con menos frecuencia de mi departamento. La vieja costumbre de disfrutar de la música, preferentemente del barroco italiano, junto con mi pasión por la lectura de los clásicos, sustituyeron poco a poco todas mis actividades sociales.

     Una noche, mientras leía, me sucedió que  perdí, no recuerdo si súbitamente o de manera gradual, la mitad de la visión. Abandoné el libro, y no le di importancia al episodio, arguyendo para mi fuero íntimo que el cansancio y la tensión de los últimos días estarían modificándome el sentido de la vista.

     Me acosté, y después de dormir varias horas un sueño inquieto,  desperté sobresaltado por una novedosa pesadilla. En las escenas finales, esas que habitualmente se mantienen vívidas al despertar, aparecía un oscuro deseo imposible de representar con palabras, que me apremiaba de una manera inobjetable  a regresar cuanto antes a la casa. Una fría y viscosa  transpiración me cubría hasta mojar la ropa de cama. Desvelado, intenté retomar la lectura, pero no podía leer una sola palabra. Volvía a ver la mitad de las letras: de algunas, la superior o la izquierda; de otras, la inferior o la derecha. En resumen, la trama  resultaba un jeroglífico indescifrable. Aturdido, me incorporé y fui hasta la cocina para beber una taza de café. Y allí comprobé que mis ojos captaban los objetos por mitades: la heladera, la pileta de lavar, la cafetera, todo estaba como dividido por una mano misteriosa. Entonces decidí, sin dilación posible, que al día siguiente consultaría con un médico.

     Luego de varias horas de espera, el facultativo, uno de los más serios de esta ciudad, me recibió. Tras realizar una serie de preguntas sobre mis antecedentes, escuchó mi relato con atención y luego me examinó con dedicación y cuidado. Miró con una luz el interior de mis ojos; sacó varias radiografías de mi cabeza; golpeó con un martillo de goma en todos los huesos que encontró y finalmente determinó que el examen no evidenciaba ninguna anormalidad. Opinaba que yo debía padecer algún trastorno psicológico, originado quizá por un exceso de trabajo. De esta manera justificaba también mis dificultades para relacionarme con la gente. Me recetó unos sedantes y me aconsejó unas prontas vacaciones.

     Cuando salí   ya era de noche. Me sentía extrañamente alegre y animado. O quizá más bien poseído por una desacostumbrada euforia. No lo sé. Hice señas a lo que veía de un automóvil amarillo y negro, que se detuvo a mi lado. Tanteando encontré la manija de la puerta trasera;  abrí y me senté, recostándome complacido en el asiento. Entonces fue que repetí el nombre de esa calle, desconocida y al mismo tiempo tan curiosamente familiar para mí.

     Como la vez anterior, encontré la entrada de la casa  bloqueada por tablas clavadas al marco de la puerta;  las quité, empujé la pesada hoja que chirrió sobre sus oxidadas bisagras con un agudo y prolongado espasmo, y volví a entrar en la que de alguna extraña manera sentía como mi casa. Un nauseabundo vaho de húmeda vejez me recibió desde la oscuridad interior. Caminé alumbrado por la endeble llama de un fósforo, ya que no había señas de luz eléctrica, siendo imposible describir con precisión los sentimientos que me embargaban; era como una oscura turbación que se justificaba y acrecentaba con esa sensación tan peculiar de déjà vu. Pude orientarme, a pesar de mis dificultades visuales, y llegué hasta la biblioteca. Encendí otro fósforo y lo acerqué a la lámpara de querosén que hallé sobre el escritorio. Al iluminar la estancia, descubrí otras huellas en el polvo, quizá recientes, que abundaban en marcas circulares, sin orientación ni sentido. Evoqué mi primer viaje en taxi pero no logré profundizar lo que parecía tener un final no recordable. Un estremecimiento más fuerte que los anteriores me sacudió de pies a cabeza. Incapaz de pensar con claridad, con la visión limitada,  sin posibilidades de moverme, sólo podía permanecer cómo y dónde estaba.

     Entonces, la música de la casa, la vieja y conocida melodía comenzó a invadir  el ambiente. El tufillo se tornó más suave, menos desagradable. Olía tal vez como el aroma desprendido de la madera recién cortada. Sí, efectivamente, la casa estaba transformándose;  rejuvenecía. Comencé entonces a comprender algunos pormenores de lo que podría denominar mi actual situación, y en ella,  lo ocurrido durante la otra noche, aquella en la que concurrí a esta casa por vez primera  y cuando, aparentemente, la impresión que recibí ni bien entré fue tan intensa y estresante que  me dejó como entumecido y ensimismado en otro mundo.

     Luego,  seguí un impulso incontenible y busqué un volumen antiquísimo que escondía un anaquel de la biblioteca detrás de unas polvorientas carpetas. Lo abrí  y lo aproximé a la lámpara. Comencé a leer; era un extraño jeroglífico que no me resultaba desconocido, pues las letras se unían como en un rompecabezas ante mi visión modificada y podía leer como si fuera castellano corriente. El texto  describía  arcaicas enumeraciones referidas al resurgimiento y  la reencarnación, y aparecían algunas recetas a manera de fórmulas, de escritura que invocaba caracteres cuneiformes, o quizá más antiguos aún, que facilitarían al iniciado, quebrar la línea divisoria y penetrar en los secretos primigenios. Hablaba luego de una sustancia esencial,  de cuyo interior surgimos y que permanece esperando  para guardarnos, para cobijarnos luego de nuestra vida carnal. Comprendí que había nacido y muerto mil veces, y que luego de la última había  llegado definitivamente al refugio de la maravillosa sustancia. Sí, ese había sido el destino prefijado pero, por alguna extraña y caótica circunstancia,  había nacido otra vez, dejando al descubierto y en peligro a la sustancia primordial, que durante los treinta años de mi vida actual estuvo expuesta a las inclemencias del tiempo. Continué con la lectura, para llegar a la dolorosa conclusión de que quizá ya  no podría cobijarme por toda la eternidad.

     Entonces, algo peor que el miedo, algo mucho más fuerte y más allá del terror y el espanto me sacudió por espacio de varios minutos, mientras una multitud de personajes comenzaba a brotar de mi piel a modo de seudópodos, uno tras otro, alejándose indefinidamente como en una galería de espejos. A medida que surgían, combinaban entre sí una más que dudosa corporeidad, en una conjunción de formas y rostros de un aspecto tan extraño y terrible como jamás hube presenciado. Hasta que, en el último instante de lucidez, sentí que me dividía en mil pedazos para dar a luz un gigantesco y pegajoso ser, ameboiodeo y reptante.

     Cuando volví en mí, comprobé que la pesadilla me había dejado un  mareo atroz y un persistente dolor de cabeza. La lámpara se había apagado por falta de combustible y los rayos del sol se filtraban por los resquicios de las tablas que bloqueaban una ventana. Llegué hasta ella y con decididos golpes logré inundar el polvoriento cuarto de  luz. El  libro permanecía aún sobre el escritorio, pero no intenté retomar la lectura. Lo cerré y lo guardé en su sitio original, detrás de las carpetas. Luego, sin poder procesar pensamiento alguno, pero con los sentidos íntegros, busqué la salida y me alejé presuroso de la casa.

     Tras varias horas de  completa amnesia, comencé a recordar los principales términos que descubrí a través del insólito libro la noche de la víspera. Una extraña tranquilidad, unida a una diferente manera de sentir, me permitió rememorarlos con  objetividad:

     “Hay muchas clases de sustancias a lo largo y a lo ancho del planeta. Pero entre su  enorme variedad, se esconden aquellas que parecen sustancias normales,  que quizá han sido normales alguna vez, pero que ya son algo más que materia planetaria. Esa sustancia inerte, fría, cuasi mineral, conserva en su interior un espacio donde jamás ha entrado elemento alguno desde el exterior. Pareciera que allí contuviera algo similar a la antimateria que describe la física actual. Ese espacio comienza a formarse en el interior de la sustancia en el instante mismo de la primera concepción del ser humano que le corresponde. A medida que esa primera encarnación avanza dentro del útero materno, el factor que ocupa primitivamente lo que será dicho espacio se transforma en el ser etéreo, inmaterial, que se trasladará luego al pequeño cuerpo humano cuando éste se halle pronto a desprenderse del vientre de su madre. En esa particular circunstancia, el ser etéreo, inmaterial   se reubica en el niño, donde intentará realizar una etapa carnal de su desarrollo. Entonces, la comunicación entre él y la sustancia original  se interrumpe. Al morir la persona, el ser etéreo regresa  y comparte con la sustancia primigenia  su experiencia carnal. Así, se repite una y otra vez el ciclo evolutivo, trasladando cientos, miles de veces la experiencia humana, dinámica, a la estática o seudomineral. Se sospecha de la presencia de experiencias con otras especies de animales o con vegetales, que serían todas prehumanas, pero no se las puede confirmar.”

     “ La sustancia que logra el estado último de evolución con su ser inmaterial, deja de ciclar y ordena la relación irreversiblemente. Entonces, entra en contacto con sus congéneres del mismo planeta y de otros planetas, para luego comunicarse con otros sistemas solares, con otras galaxias, y participar así en la realización evolutiva de la armonía del Cosmos.”

     “La especie humana constituye un intermediario, imprescindible aún para ella, pues representa el más evolucionado ejemplar del reino animal con que cuenta en este planeta. Esa experiencia resulta fundamental para el desarrollo del ser etéreo, y, por ende, para alcanzar el último grado de evolución.”

     “El momento final de mi proceso se habría producido  hace treinta años. Al desprenderse del cuerpo humano anterior a mí, el ser inmaterial  volvió a la sustancia original creyéndolo definitivo. Pero entonces, a raíz de una anormal, caótica circunstancia cuya causa  permanece ignota, nací yo, separando de manera aberrante al ser etéreo de la esencial sustancia. Si el espacio sufrió transformaciones inconcebibles  luego de mi nacimiento, yo estaría aislado, sin existencia posible, totalmente fuera del eterno y perfecto movimiento...”

     Ha transcurrido ya más de un mes desde que estoy viviendo en esta casa, en mi casa. Y lo que al principio era una oscura sospecha, se transformó en una certeza que acentuó, inevitablemente, una sensación de hondo malestar: La casa,  impregnada de malignidad, irradia permanentemente hacia mí  un aborrecimiento inconmensurable. Ha adquirido un aspecto en extremo lúgubre y su olor es cada vez más pestilente y nauseabundo, como si, luego de los fugaces y esporádicos episodios de rejuvenecimiento, ella entera, definitivamente, hubiera entrado en una etapa irreversible de putrefacción. Ruidos insólitos en la planta alta cuando se inicia el crepúsculo, sugieren que algo fuera de lo habitual ocurre. Y ese algo está muy alejado de mis limitadas posibilidades de control. Por las noches he despertado sobresaltado al escuchar sonidos estridentes –como de pesados cuerpos que golpean bruscamente contra el metal hueco-, seguidos de extrañas lamentaciones que culminan en horrorosos alaridos, para luego abrirle paso a un ominoso silencio, que me mantiene desvelado hasta las primeras luces del alba.

    Nuevos sucesos internos y externos a mí están ocurriendo. Varias encarnaciones primigenias han emergido durante mis últimos sueños (si puedo llamar así a mis constantes pesadillas), y en sus gestos y actitudes alcanzo a adivinar un espeluznante designio hacia mi persona: Sospechan, creen o saben que soy el culpable de haber quedado fuera del eterno y perfecto movimiento. Como eso no quieren admitirlo, insinúan que aún conservan una remota posibilidad de regresar al espacio de la sustancia original, del que reniegan su destrucción. Pero, para lograr el propósito último, deberán deshacerse de mí, ya que yo los retengo  tal cual fueron durante la experiencia humana y quizá prehumana.

     Hay un hecho que me sobrecoge, me espanta hasta llegar a la confusión y parálisis total: Ellos existieron como seres etéreos, y carnales, para ser ahora, sin incluirme por cierto, el ser inmaterial. Yo, entonces, soy una presencia puramente carnal y no existo de otra manera, y me encamino hacia la nada absoluta sin la más mínima esperanza de persistir en otro estado. Y mi única posibilidad de continuar vivo radica en que llegue a serles imprescindible o a dominarles. Pero ambas opciones me repugnan, y no resisto mi actual carencia de intimidad. Ellos, que me odian hasta el delirio, entran y salen de mi cuerpo cómo y cuándo quieren.

     Ahora comprendo sus designios y no puedo oponerme a su singular voluntad. El es él, siempre y a través de sus múltiples manifestaciones. Y yo no soy más que un aberrante obstáculo para su regreso a la sustancia original. Pequeño, ínfimo, o imposiblemente enorme. Creo que aún desconoce si puede deshacerse de mí, pues mi desaparición podría acarrearle la inexistencia eterna. Por demostraciones que he presenciado estos últimos días a cargo de primitivas encarnaciones, sé que estoy definitivamente en lo cierto. El existe, yo no, y mi desaparición podría conducirle de regreso al perfecto movimiento, o hacia la total aniquilación. Y este dilema que lo corroe exalta su odio hacia mí, su carcelero, y lleva esta situación, cada día que pasa, hasta límites insostenibles.

     Necesito con urgencia encontrarle una salida a esta situación. A pesar de que en el fondo reconozca que no existe ayuda humana posible, acudiré a solicitarla, no obstante represente sólo un paliativo, aunque con ella me acerque al  último destino, que auguro inevitable.


       Hasta aquí, el relato de J.B., de 31 años de edad, internado a mi cargo en este Hospital de Agudos de Salud Mental. Mi responsabilidad como médico psiquiatra  hacia este paciente, al ser  además su amigo personal, me obliga a ver los hechos con la mayor objetividad. Por lo tanto, intentaré realizar una descripción que se ajuste apretadamente a los sucesos ocurridos durante el período que me tocó tratarle:

    “A las doce de la noche del sábado 3 de agosto, acudí al domicilio del arriba mencionado, conocido mío desde su temprana juventud. Había solicitado mi colaboración por lo que llamaba un caso de vida o muerte. Lo encontré postrado en su lecho, sumido en un profundo sopor, situación que al principio confundí con un coma alcohólico. Pero en cuanto me reconoció, cambió el aspecto radicalmente. Demarcados por unas largas y profundas ojeras, sus ojos se abrieron demostrando una insólita lucidez, mientras que un brillo extraño brotaba de sus dilatadas pupilas. Comenzó a hablar precipitadamente, mientras sus manos gesticulaban y su pecho subía y bajaba en un intermitente jadeo. Respirando durante las breves pausas,  me relató en un par de largas horas  lo  que he asentado en estas páginas  en comprimido extracto y en el lenguaje más inteligible posible. Por razones de estricto pudor no me atreví a agregar algunos detalles, impensables por demás, que adicionara  J.B. reiteradamente y con floridas expresiones  a la narración.”
     “Cuando terminó, insinué que debía internarse en un sitio apropiado. Aceptó mi propuesta, manifestándose incluso agradecido conmigo.”

     “Los primeros días de su internación permaneció bastante tranquilo. Pero luego decidí aislarlo, pues temí que su delirio llegara a perturbar a los otros internados. Utilicé dos tipos de sedantes a dosis límite, y la tolerancia fue aceptable.”

     “Durante los cortos intervalos en que se mantuvo lúcido, intenté conversar con él acerca de su situación. Me di cuenta de que suplicaba por mi ayuda; la necesitaba desesperadamente, pero yo no podía hacer otra cosa por él más que escuchar su delirio y calmarlo con drogas. Y a pesar de los sedantes, hubo días en que estuvo más que intranquilo. Por momentos se agitaba: Abría los ojos  casi desorbitados, y temblaba como poseído por un cuadro convulsivo. Y de cuando en cuando emitía unos espeluznantes alaridos (esto lo digo así, a pesar de que llevo casi seis años como médico interno de este Hospital). Su estado, con el transcurso de las semanas, llegó a preocuparme en extremo. Temí, no ya por su salud mental, que consideraba poco menos que irrecuperable, sino por su vida. En dos oportunidades debimos sujetarlo con correas a la cama, y luego inyectarle un cocktail lítico endovenoso.”
       “Su condición fue empeorando poco a poco pero de manera inexorable. Pasaba alternativamente del sopor más profundo a la conmoción más incontrolable. Y debido al deterioro de su estado nutricional, debimos recurrir al clínico para hacerle alimentación parenteral.”

     “Ayer, 30  de agosto  por la noche, llegó J.B. a un espantoso desenlace de la manera más violenta que se puede concebir. Hacía yo mi turno de guardia, cuando fui llamado con extrema urgencia por un enfermero del Pabellón de Cuidados Especiales. Cuando llegué, encontré a mi amigo en el suelo con el cráneo totalmente destrozado. Se había golpeado contra las paredes, que mostraban por doquier manchas de sangre y trozos de ropa,  tejidos y vísceras. La materia encefálica, como producto de un estallido del cráneo, estaba esparcida por los cuatro rincones, y hasta  en el techo podía notarse algún resto orgánico. El rostro era por demás irreconocible, y en sus fláccidos miembros pude apreciar la presencia de múltiples fracturas. Y a pesar de lo reciente del suceso, una hediondez insoportable emanaba de su destrozado cuerpo.

     Hoy, 31 de agosto por la mañana, con el cansancio aún encima  producto de una guardia agotadora, abrí el diario mientras tomaba el desayuno. Y la noticia que encontré en una página interior, terminó por despabilarme mucho más rápido que la taza de café doble, cargado, que tenía debajo de mi nariz. “La noche de la víspera, un pavoroso incendio había convertido en cenizas la vieja casona donde vivía últimamente J.B., llevándose consigo una  parte del vecindario”.

     Esta noticia, sumada a una más que razonable duda referente a su insólito y espantoso fin, es todo lo que puedo agregar al relato de mi malogrado amigo. Renuncié a explicar el delirio mediante mis conocimientos psiquiátricos y, por lo tanto, intentaré aproximarme al plano de su exposición: O J.B. se suicidó a pesar de los esfuerzos del ser inmaterial para mantenerlo con vida, o fue muerto por éste para liberarse de la aberrante atadura carnal que lo alejaba definitivamente de la  sustancia primordial. Esta última posibilidad es la que más se adecuaría para explicar la horrenda forma en que murió, similar al final de un vulgar insecto, aplastado sin piedad contra el suelo por la implacable presión del pie calzado de un ser humano.


(del libro de cuentos 1926, Primera Edición, ACC, ed. Dunken 2002)







domingo, 21 de septiembre de 2014

Parrhesía y Cinismo


El discurso de la verdad. La verdad como forma de vida, una encarnación de la verdad,  los “cínicos”, antiguos griegos  precursores sin misticismo (sin poner el alma de por medio) del cristianismo. Tan diferente su significado de lo que recoge hoy día con esa palabra el lenguaje cotidiano. El cristianismo tomó lo que le fue útil a sus propósitos y despojó al “cinismo” de su verdadero sentido. Y le dio el que hoy todos conocemos. El diccionario de la RAE recoge en sus acepciones primeras el origen en los filósofos griegos, pero luego avanza así:
“Impúdico, procaz, que muestra  cinismo, desvergüenza en el mentir, desaseado, falto de aseo. Cinismo: Práctica de acciones o doctrinas vituperables. Afectación de desaseo  y grosería. Impudencia, obscenidad descarada”. Tal vez motes provocados por la anécdota de Diógenes masturbándose en la plaza pública, “si se puede comer en público, por qué no esto, decía cínicamente…”
Se ha tomado de los cínicos el ascetismo, el vivir para dar testimonio  de la verdad (no la revelada de los cristianos, claro),  pero se ha dejado en el camino lo que se podría considerar  la “basura cínica”, incorporándole al sustantivo  sólo este adjetivo como sello definitorio. Siempre me llamó la atención que tamaño descrédito en los términos con que se les evoca fuera también el nombre origen de una escuela filosófica de la antigua Grecia. La perversión (de dar vuelta) en la manera que adopta nuestro lenguaje para ensalzar o desacreditar  lo que no coincide con la “voluntad de verdad” del emisor lleva a que ni siquiera el diccionario sea un recurso veraz  para acceder al significado verdadero de las palabras. Que la historia escrita sea tendenciosa, lo sabemos. Pero que también los diccionarios lo sean…
Bien. Siguiendo a la escuela cínica  con la cual me identifico parcialmente  (no soy un asceta,  pero trato de que las palabras que salen de mi boca sean afines y concuerden  con mi estilo de vida, mi presencia, mi accionar personal y hacia el mundo), me reconcilia una vez más con la herencia que nos dejaron los griegos antiguos, única fuente que encuentro aceptable para avanzar y profundizar en la epiméleia heautóu (inquietud de sí mismo)  de Sócrates y la parrhesía relacionada con la ética de la vida  que él preconizaba como base para poder  aprender y eventualmente enseñar.
La vida cotidiana y de relación con el mundo lo enfrenta a uno casi sin darse cuenta con pensamientos, actos y hechos que ponen a prueba ese modo de sentir, pensar,  expresarse y actuar “sin que medie el cálculo de las consecuencias” que dicho modo produce en la sociedad, en la familia, en definitiva, en los otros. El decir verdad, el vivir de modo que la propia vida se ofrezca como  testigo  o  testimonio de ello, requiere coraje, el coraje de la verdad que ni el propio Sócrates  alcanzó a definir en un diálogo memorable con Nicías y Laques, pero que siglos después motivo de un libro imprescindible de M. Foucault.

El  coraje de la verdad  comienza en uno mismo, avanza en uno mismo, se desarrolla en uno mismo, y termina en uno mismo, a veces, desgraciadamente, antes de la muerte. Con maestros o sin maestros. Con ejemplos o sin ejemplos visibles y comprobables. Como la vida, está en el interior de uno,  es el germen que aguarda desde que abrimos los ojos al mundo, abrirlo a la luz a través de la epiméleia heautóu, es una decisión personal, un compromiso con  la vida misma.