martes, 6 de diciembre de 2016

En el cuarto de mamá no hay hormigas

 Silvia y Enriqueta eran dos niñas de unos doce  años que habían sido contratadas  para cuidar a Martín los martes por la tarde mientras la madre de éste, embarazada ya en el último trimestre, concurría a las sesiones de preparto para entrenarse con esos ejercicios que  facilitan el parto (eso es lo que dicen). A Martín no le hizo ninguna gracia la llegada de las chicas, pero las toleraba; eso sí,  a cierta distancia. No les permitía acercarse a menos de un metro veinte, o un metro, excepto cuando la aproximación nacía de él. Éste era el límite que les había impuesto,  que ellas confirmaron personalmente  después  del berrinche del primer día al mostrarse cariñosas con ese bebé grandote de tres años. A  Silvia le quedaron marcadas en un brazo las uñas del pequeño y Enriqueta apenas pudo amortiguar una patada en el bajo vientre. Pero ambas  tomaron con  humor el episodio y no encontraban  excesivamente difícil  controlar a Martín,  que ya respondía bastante bien al lenguaje, aunque le conocían pocas palabras, muchos chillidos y gritos destemplados. Por otro lado él, básicamente, parecía entretenerse solo. Se encerraba en su dormitorio, claro que sin llave. Desde allí se percibían ruidos de animales deslizándose por el piso acompañados de gruñidos que él articulaba con estridencia. Entretanto, ellas se acomodaban en el living con alguna revista en las faldas,  se arreglaban mutuamente las uñas,  discutían sobre alguna amiga en común o se preparaban para alguna fiesta inminente.
           -Yo adoro el amarillo, que hace juego con cualquier otro color claro- declaró esa tarde Silvia mientras terminaba de hojear una revista de modas de la casa- . Los colores claros, como el amarillo, son preferibles para las chicas rubias y blancas-.  Se tomaba del pelo e intentaba sujetarlo en la nuca; como estaba muy corto,  se escurría de la trencilla, pero la maniobra era entretenida. 
            -¿Te parece?...-  Enriqueta no estaba muy convencida. El amarillo no la disgustaba, pero-: Yo prefiero el verde, el azul,  también el rosa. El rosado es el que más me gusta.
            -Sí, ya sé que el rosado te encanta, no necesitás decirlo...
            -¿Viste qué asco son las uñas pintadas de blanco?... ¿Te resultan a vos?
            -Ni un poco;  parecen de muerto. Son horribles. Ni loca  usaría el blanco en las uñas.
            -Yo, de llevarlas de algún color, me las pintaría  bien rojas, o sino, de un rosa pálido.
            -Dale, nena, la tenés con el rosa.  Suena muy aburrido. ¿Viste esas que se las pintan de negro?...
            -Ajá... para mí que son medio-medio...-  Enriqueta remataba la frase con un gesto sugestivo, cuando unos sonidos extraños desde el cuarto de Martín demandaron silencio. Alarmadas, se incorporaron al mismo tiempo.
            -Vamos a ver qué pasa con el jovencito...
            Llegaron al cuarto, abrieron la puerta y encontraron al niño en el suelo. Se arrastraba por el piso emitiendo rugidos y silbidos, como si fuera algún bicho surgido de alguna serie de la TV. Con el dedo índice extendido parecía perseguir un insecto.
            -¿Qué hacés, Martín, te pasa algo?-  Enriqueta usaba un tono suave, pues intuía   que su pregunta no recibiría la respuesta adecuada.
           -Pasa que tengo hambre y, por si les interesa, estoy comiendo hormigas. Cuando termine de comerme todas las hormigas de aquí, voy a seguir con las de la cocina y el living...
            -Y las del cuarto de tus padres... ¿o te olvidabas?- ironizó Silvia.
          -¡En el cuarto de mi mamá no hay hormigas!- y acompañó la afirmación con un puñetazo en el piso-. Y ahora... ¡salgan de aquí!- Boca abajo, apoyaba sus gritos con un violento zapateo con las puntas de las zapatillas contra el piso de parquet.
         Las chicas salieron dejando la puerta entreabierta; fueron hasta la cocina;  encontraron galletitas en un enorme frasco,  gaseosas en la heladera. Se miraban haciendo morisquetas,  reían con entrecortados grititos. Enriqueta se sentó en un banco y hundió una mano en el recipiente.
            -Este chico está medio tocado, ¿no te parece?- inquirió. Con la galletita entre los dedos efectuaba  un bucle  a la altura de la sien.
          -Hmm, no sé; hoy día me parece que vienen todos medio así-. Silvia bebía la gaseosa mientras  hurgaba también en el bote.
            -Sí, pero éste se pasa...no sé, me parece a mí que no es muy normal- reafirmó Enriqueta, sacudiéndose las migas del pulover celeste. Luego, tomándolo por el borde: -¿Te gusta?
           -Más o menos… no te queda mal...- Mirando hacia la puerta, Silvia siguió con el tema: - Pero no nos podemos  quejar. Por un rato que estamos aquí tenemos plata para todo el fin de semana-.  Silvia demostraba con sus razonamientos estar desarrollando un interesante sentido práctico -.Si no lo molestamos en sus juegos él tampoco se mete con nosotras...
         -Hablando de Roma...- dijo Enriqueta mientras levantaba los pies, pues una aspiradora humana se acercaba, arrastrándose, con un dedo en punta, emitiendo ruidos de succión con la boca contra el piso.
          -Te vas a ensuciar todo, Martín. ¿Por qué no te dejás de hacer pavadas y  volvés a tu cuarto a entretenerte con alguno de tus juguetes? - sugirió Silvia.
     El niño alzó la cabeza, exhibiendo una mueca respondió mirando alternativamente a cada una:
        -Porque allí se me acabaron las hormigas;  además... porque no se me da la gana y si quiero ensuciarme, me ensucio todo...
        -Pero tu mamá se va a enojar con nosotras si te encuentra así, todo mugriento-. Enriqueta observaba con cierta aprensión la camisa retorcida del niño,  el color de hollín terroso que habían tomado sus manos, brazos, cara,  rodillas y ropas en general.
          -Mejor, así no me deja más con dos formicas, blancas y para peor, rubias como ustedes dos, puajjj...- Con una arcada final hacia el piso, el niño finalizó el diálogo. Apuntó dedo y labios hacia la rejilla de desagüe y expresó con voz atiplada: -¡Otra más para este Formicos urso! - A continuación, generando excesivos ruidos masticatorios, se volvió de espaldas contra el piso. Observaba a las chicas provocativamente, mientras se refregaba contra los mosaicos. Parecía disfrutar del contacto frío, como si recordara con placer algún antepasado reptil.
            -For... ¿qué?... -se sobresaltó Enriqueta al escuchar tamañas expresiones en boca de un  (digamos) niño - ¿No te dije, Silvia? Creo que ni por televisión tendríamos un programa como éste-. Dirigiéndose a Martín: -¿No querés algo para tomar, alguna gaseosa, digo, para digerir mejor a tus hormigas?
            El niño se incorporó. Restregándose las manos a modo de limpieza se encaramó en una silla para solicitar:
            -Una coca, y galletitas, no, mejor  un alfajor de chocolate...
            -Está bien, Fornicos, ya te  traigo-. Silvia hundió una mano en la heladera y al punto otra en la alacena.
            -Fornicos serás vos, nenita sucia... Yo soy el  Formicos urso y me como todas las hormigas que encuentro, cuanto más grandes, mejor- y se largó al piso con estrépito, arrastrando la silla en la caída. Produciendo los ruidos característicos, se alejó hacia otra habitación reptando por el piso.
            Las chicas  permanecieron en la cocina, calladas,  demorándose interminablemente con las gaseosas. Se buscaban y al mismo tiempo eludían mirarse,  sin avanzar con el obligado comentario de lo que cada una estaba pensando.
            -Vamos a ver un rato de televisión- sugirió Enriqueta. Silvia no le respondió, arrancó hacia el cuarto matrimonial siguiendo los pasos del niño (bueno, los pasos del niño es un decir). Acostado en la cama grande por debajo de las sábanas, se cubría con éstas hasta la barbilla. La mugre había oscurecido la tela blanca.  Silvia sintió que la rabia le subía hasta la garganta. Gritó:
            -¡Pero... fuera de allí, mocoso de porquería! ¡Mirá lo que has hecho en la cama de tu madre! ¿Y ahora, cuando venga ella…?
            -Salí vos de aquí, Formica rubra; si no me dejás tranquilo,  cuando venga mi mamá, ya van a ver ustedes...-  Pero Silvia, resuelta, dio dos zancadas y se plantó  al borde de  la cama. Sin dudarlo, corrió de un golpe las sábanas, tomó al niño del brazo, lo arrastró hasta su cuarto y cerró la puerta. Enriqueta había acudido al oír el estrépito,  al ver la condición lamentable de la cama se alteró  igual  que su amiga.
            -Vení, ayudame, que hay que arreglar esto antes que llegue la señora...
            -Pero vamos a tener que decírselo de todas maneras. No lo podemos esconder.
            -Ni yo lo pretendo-. Enriqueta se incorporó luego de alisar el cubrecama.- ¿Qué estará haciendo el fornicos ese...?
Caminaron sigilosamente hasta el cuarto. Aguardaban en la puerta, sin entrar, inclinando el oído hacia el interior. Nada. Cuando decidieron regresar al living, desde allí les llegó otra vez un sonido entre gutural, rastrero. Era él, buscando alimentarse.
            -¿Tenés hora, Silvia?- Enervada, Enriqueta  manifestaba una desacostumbrada inquietud.
            -Ya tendría que estar llegando...-  Vigilaban con ansiedad hacia la puerta de calle. Querían  escuchar el ruido de la llave hurgando en la cerradura. Entretanto, deslizándose por debajo de un sillón de altas patas, la aspiradora se les acercaba a menos de un metro veinte, de un metro...


             -Hola, hola...ya llegué... ¡Chicas! – La soledad y el silencio le respondió a la dueña de casa desde todos los ámbitos que recorría con paso fatigado. En la cocina encontró restos de galletitas, envases vacíos de gaseosas y al llegar a su cuarto, en la cama...
            -Pero... ¿Qué ha pasado aquí? ¿Quién ha sido el...? – En seguida, con  tono enérgico:- ¡Martín! ¡Martincito!- Una calma desconocida hizo eco a sus requerimientos. Intentó sacudir la suciedad de las sábanas sin éxito. Se desplomó en la cama, más cansada que enfadada  y el sueño comenzó inmediatamente a insinuarse entre sus fibras y neuronas, agotadas por el ejercicio reciente. “Deben  haber bajado a buscar algo en el supermercado”, pensaba antes de abandonarse a esa modorra pesada que ya se había apoderado de todo su ser. “Sí, o a lo mejor Martín se puso cargoso y fueron al quiosco a comprarle alguna tontería...”
En su viaje hacia la nada, la señora embarazada no llegó a escuchar unos sonidos apagados, guturales, de succión intermitente, reptantes, que desde el cuarto de Martín se alejaban hacia la cocina, porque en el cuarto de  mamá no hay hormigas.
                                                                                                                                                                                                  Fin


             Hasta aquí, el cuento original, pero cuando me alejaba del escritorio donde estaba la computadora, un escándalo de imágenes en la pantalla con colores fosforescentes y frases entreveradas me hizo regresar. ¿Y esto?, me pregunté, hasta que me di cuenta de que eran las chicas, quienes, a grito pelado,  se negaban  a ser comidas por el “fornicosito”. Terminado el chisporroteo,  apareció la frase: 
            Así no, por favor, sé buenito, escribínos otro final. Besitos... 
            No me pude negar:

            Caminaban presurosas, tomadas de la mano. Se miraban sin hablar, sacudían el pelo y aceleraban el paso. En una esquina, subieron al colectivo que las llevaría hasta cerca de sus casas. Afirmadas al pasamano, se observaban de reojo. Respiraban con ruido, se agachaban alternativamente para contemplar el exterior a través de las ventanillas. Procuraban no perderse la parada.  Enriqueta sonrió. Señaló a alguien con la perilla y le comentó a Silvia:
            -¡Mirá los colores de ésa! ¿No te parecen un mamarracho?...
            -Claro, como no usa el rosado...- Silvia largó una carcajada, que pronto fue coreada por su amiga. Cuando cruzaron la mirada,  fruncieron el ceño, súbitamente serias otra vez. Entonces Silvia buscó la mano  de Enriqueta, la oprimió contra el pasamano, le solicitó:
            -Cuando llegués  a tu casa, vos que tenés teléfono, llamá a ver si está todo bien. Hablá con la señora y decile que para el próximo martes se vaya buscando otra niñera para su fornicosito...- y abriendo mucho la boca y los ojos, largaron juntas otra carcajada, que sólo interrumpieron cuando percibieron  que el vehículo abandonaba la parada donde debían bajar y se alejaba frenético hacia la siguiente al compás de una rabiosa primera.          

Variaciones "Felinas"

 TRÍO DE  BOLOS, TRÍO FELINO
                     

     Dormía el domingo por la mañana, cuando una serie de maullidos lastimeros de la gata me forzaron a levantarme antes de lo previsto para abrirle la puerta, pues quería ingresar a la casa. Ella suele pasear todas las noches por los tejados, y entiendo que  tenía hambre y además necesitaba ir al baño,  a su bañoAsí es la cosa:  se acostumbró a hacer sus necesidades en un sitio preciso, en esas piedritas adsorbentes, y no utiliza otro lugar para ello. Bravo por la felina. Bueno, luego de abrirle y acompañarla hasta el lavadero, encendí  música clásica en la radio, e intenté regresar al sueño. Antes fui al baño, pero  ni siquiera me lavé la cara, sólo oriné. Es más, ni abrí los ojos. Todo el trajín lo hice mirando por una pequeña rendija de los párpados. Recuperé la modorra, relajé las piernas, estirándolas juntas, apuntando las rodillas hacia un costado; me abracé a la almohada, y comencé a respirar profunda y acompasadamente. El trío en Mi bemol mayor de Mozart me acompañaba  con simples y a la vez  prodigiosas notas y acordes  en el retorno al mundo onírico. Buscaba el violín detrás del piano, pues había llegado tarde a la presentación; no reconocía  la viola, y me circunscribía sólo al evidente juego entre  el clarinete y el piano. “¿Qué es lo que se escucha en el fondo?”, me preguntaba,  ya desde una playa soleada, o más allá, desde un paisaje de montaña, o desde un jardín dieciochesco,  presenciando una partida de bolos...  Y de pronto recibí sobre mis piernas la súbita presión de las cuatro patas de mi gata negro azabache que, luego de hacer sus necesidades, venía a reclamar "algo". Rehice con el pensamiento el trayecto anterior, como se revierten las escenas en una una cámara de vídeo, y recordé y certifiqué que el recipiente de su comida estaba vacío. Había olvidado  agregarle sus granitos  concentrados de pescado, leche,carne, vitaminas, etcétera (de un olor intolerable, sobre todo antes del desayuno),  con que se  alimenta diariamente, como  todos los pequeños felinos domésticos en la actualidad. Le di un ligero empujón con una pierna (una suave patada) que la elevó por el aire, y cayo al piso sin hacer ruido, con levedad y gracia,  emitiendo un lastimero maullido en señal de protesta. El trío avanzaba con el andante, y volví a buscar el violín dentro de la  asombrosa combinación entre el clarinete y el piano. Recordé súbitamente la escena de la película Amadeus, cuando Salieri hablaba con  admiración de la música de Mozart, y mostraba cómo el oboe,  en la Serenata para vientos, le pasaba con delicada gracia una nota al clarinete, y éste la tomaba para jugar con ella, y el dedo del viejo músico hacía firuletes en el aire... Y desde el aire volvió a caer encima de  mis piernas ella, con sus cuatro patas acolchadas, sin emitir  sonido alguno, sin revelar las uñas tampoco... todavía. Caminó sobre mi cuerpo como sólo ellos saben hacerlo,  comprimiendo suavemente mis exasperantes protrusiones, engañosos resaltes, molestas depresiones. Todo lo salvaba con su habitual parsimonia, y acercó una oscura y vellosa cabeza a mi hombro, que encogí  cuando sentí el contacto de su aterciopelada piel.  Yo intentaba proteger la oreja, apretando el acolchado contra el cuello. Como quien se prueba una prenda muy fina y delicada, la minina hundió entonces la cabeza por debajo de mi brazo;  cuando me volví, ya irritado pues  me impedía dormir, y la miré con furia, sus ojos brillantes, redonditos, de pupila vertical se clavaron en los míos, suplicantes. Movió apenas el bigote izquierdo, canoso, largo y asimétrico, y  maulló quedamente. Quería comer, pero sin fastidiarme demasiado. Apoyó sus manos en mi pecho, y acercó la cara a la mía, ronroneando como un motor bien  calibrado. Vibraba toda desde su garganta, y transmitía un  murmullo suave, que iba transformándose en un grave ronquido.  Cuando abrió otra vez la boca, un  gruñido sordo se confundió con  el trío que promediaba un menuetto angélico, donde la viola se percibía uniendo a los otros dos  instrumentos; parecía una madre tomando de la mano a  sus  hijos traviesos; por momentos hasta jugaba con ellos, participando de una ronda infantil. Pero el clarinete y el piano escapaban nuevamente con dos saltos al finalizar el movimientopara alejarse haciendo pequeñas piruetas en el rondo. La viola los llamaba con insistencia, y ellos respondían con evasivas, preparándose para el allegretto final; viajaban juntos a otros ámbitos, a otras esferas, unidos por un hilo de plata de sutil armonía a las cuerdas de la viola, que los acogía y preservaba con un equilibrado ritmo de fondo... Y otra vez debí sacudir a la miza, empujándola con el hombro hacia un costado; mejor dicho, intenté removerla, pues con los compases finales del trío y la suavidad felina, no percibí que ella había crecido considerablemente; que  ya no parecía doméstica. Que su peso merecía un tratamiento diferente, o por lo menos ameritaba algo de respeto, o quizá, un mayor cuidado al intentar alejarla. El trío emitió sus notas finales, con  tres o cuatro acordes sucesivos de todos los instrumentos juntos,  y simultáneamente sentí algo mojado, ¿áspero? y cálido debajo de mi oreja. Recordé en ese momento un relato en el que un gatito doméstico crecía hasta transformarse en una enorme  pantera o en un tigre de Bengala; sentía las patas muy densas sobre mi cuerpo, una boca tibia y húmeda buscaba mi cuello, y cuando la música se ocultó detrás del silencio,  la angustia estalló en mi garganta, con  un grito aterrado...       
     -¿Qué te pasa, querido? ¿Ya no te puedo besar? ¿Estoy tan fea que gritás espantado cuando me acerco?-   Mi mujer  iniciaba la mañana del domingo de una manera un tanto brusca.
     -No, no es así, querida; es que tuve un mal sueño-intenté explicarle-. Y el final de la música de Mozart me dejó como... afectadamente vacío.
     - Tomá esto para llenarlo, entonces- dijo ella, y alzando un pequeño bulto negro, quejoso, suavemente peludo, me lo  depositó sobre el pecho. De inmediato advertí su exagerado tamaño   con la presión de cada una de sus patas; había vuelto a medrar curiosamente sobre mi cuerpo, al punto que me impedía cualquier movimiento, y su boca buscaba nuevamente mi garganta; la lengua rasposa y  tibia saboreaba de antemano el gusto salado de la sangre,  el dulzón de la carne firme y caliente, que ya las garras desprendían de su inserción habitual, y cuyos dientes filosos separarían en largos y sabrosos trozos. Antes de ello, recordé por un instante, con un exabrupto que no logró ser emitido, que mi mujer había viajado para visitar a unos parientes, y que  me había recomendado alimentar todos los días a la bonita katze, sin descuidarme, para que no...

     ¡Oh, fascinante,  delicioso  Kegelstatt-Trío, cuyas notas quedaron flotando en el éter cual celeste influjo, al que, si  pudiera    rebautizaría: Katzenartig-Trío!  Ahora, o en ningún tiempo.




La Bella Zapaquilda

            “La cohesión de las representaciones entre sí por la ley de la causalidad distingue la vida del ensueño. El único criterio seguro para distinguir el ensueño de la realidad no es otro que el meramente empírico del despertar, por el cual positivamente la cadena causal entre las representaciones soñadas y las de la vigilia es rota de una manera explícita y palpable” (Kant).

            La mañana circulaba ya por sus últimos tramos. Sentado en el banco de la plaza, fumaba y leía Mrs. Dalloway. “Después de esto”, pensaba, “ya no se puede escribir”. Sabía que cuando lo terminara,  recomenzaría su lectura. Como un sinfín. “¿Habrá algo más para leer?” se preguntó e inmediatamente reconoció: “Sí, también puedo devorarme Al Faro, Los Años, Las Olas…” y sonrió con placer anticipatorio. Volvió a la primera página, pero  levantó la vista cuando algo negro se movió frente a él. 
            Como escapada de alguna Silva de la famosa Gatomaquía de Lope de Vega, la gata se me acercó con pasos de sombra. Delgada, azabache, curiosamente sin cola, se sentó en el suelo justo frente a mí. Miraba fijamente con sus pupilas verticales. Lamió sus bigotes y pidió con maullido lastimero.
            Quise acercar una mano, se retiró dos pasos hacia atrás. Volvió a su posición egipcia. Se quejó nuevamente. Hurgué en mis bolsillos, miré hacia los costados buscando algo. Ella reiteró su lamento. Sabía que por allí no había nada de lo que  necesitaba. La miré, le hablé, volví a llamarla con los dedos abiertos. Se alejó otro paso.
            Encendí el último cigarrillo de la caja;  antes de arrugarla para  tirarla comprendí. En mi bolsillo pesaba el cortaplumas. Hice un platito con el envase de los cigarrillos y con la hoja del cortaplumas practiqué un corte profundo en un dedo de la mano izquierda. La sangre comenzó a gotear en abundancia;  la orienté hacia el improvisado recipiente. Ella olisqueó en el aire,  avanzó dos pasos. Cuando me pareció que ya había un volumen apreciable, con el pañuelo contuve la hemorragia y deposité la escudilla en el piso. Ella se acercó con precaución, oliendo, relamiéndose los bigotes. Me miró y se zampó con el hocico dentro del platillo. Se oía el rumor de la lengua recogiendo con deleite los coágulos púrpura. La levedad de la bandeja hacía que se corriera hacia los lados, impulsada por la voracidad de la miza. No tardó mucho en dar cuenta del alimento,  levantó la cabeza reclamando más mientras se relamía la grana de los bigotes. Volví a acercar una mano. “Vamos”, musité, “ven, hermosa Zapaquilda, que en casa habrá más para ti”. Se alejó dos pasos, el maullido no dejó lugar a equívocos. Solté el torniquete. Volví a llenar el plato. Comió nuevamente,  pero con menor avidez. No esperó  que se lo llenara de nuevo. Se retiró y me miró, entre agradecida y divertida. Probé por tercera vez, pero ahora olió y se alejó sin probar el nuevo servicio. Maulló como pidiendo algo diferente. Varias veces lo hizo, pero también se arrimó,  me rozó una pierna con el lomo arqueado. Miraba hacia arriba como solicitando algo que yo no tendría excusas en ignorar. Tomé entonces el cortaplumas con firmeza y me seccioné el dedo en la coyuntura de su base. Envolví al muñón que bramaba lo suyo, con la pequeña hoja fui abriendo los tejidos para que ofreciera las partes carnosas sin dificultad. Lo puse en el platito embebiéndolo en la salsa que quedaba. Ella lo buscó de inmediato con un movimiento sorprendente. Ahora trabajaba con  los dientes y las  manos, pequeñas garras afiladas. En un momento, el dedo saltó del plato,  rodó por el suelo. El muñón me pulsaba con agudos arañazos hacia todo el brazo como reclamándolo. “¡Sí que cuesta acercarse!”, pensé. Me asombró verme repartido en partes, huesitos blancos casi pelados que dejó  la bonita katze  allí en el piso antes de saltar sobre mí. 
            La envolví con un abrazo suave. Recogí  la cajita, húmeda aún y los restos del dedo. Guardé todo en un bolsillo. Ella se refregaba contra mi cuerpo,  se apretaba entregada. Me incorporé, la besé levemente en el cuello. Mientras caminaba, sentía la diferencia entre las sensaciones derechas e izquierdas. El placer y el dolor en un dueto de trinos y arpegios complementarios e inseparables que se unían en el centro, como una síntesis que late sin prisa ni pausa.

            “¿Cómo se hace ahora para despertar”, pensó, “cuando se ha transpuesto la línea que separa  lo posible de lo imposible?” La bella Zapaquilda le lamía una mano, entre cariñosa y agradecida, como asegurándole que, aunque despertara, el sueño no se evaporaría,  terminaría ingresando definitivamente en la trama de la conciencia. “Ay, Virginia, ay...”         


Variaciones sobre el "Génesis"

    Génesis 2, 1, 27:  Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.
   
   
                                 MUJER

           Solo, hombre experimentaba con el mundo  de sus alrededores. Los cinco sentidos lo tenían asombrado. En un espejo de agua descubrió su propia imagen,  sus manos recorrían afanosas  la piel en toda su extensión  que después intentó prolongar  con el contacto a través de la superficie del agua. Bebió de las manos, y después comenzó a jugar con la tierra gredosa de la orilla. Sus manos moldeaban al azar   trozos de ella, los contemplaba, y luego los unía  entre sí sobre la playa arcillosa. Se miraba, se tocaba, y volvía a esa tierra amarilla que poco a poco iba tomando la forma que observara en el espejo de agua.  También regresó allí para buscar semejanzas. Un bosquejo redondo, sin facciones,  modeló lo que parecía una cabeza; después, en el cuello, logró darle una forma suave y delgada. Fue sencillo bajar hacia los hombros. Las manos se deslizaban por ellos complacidas. Y los brazos fueron torneados por los dedos, con  dedicación, pues quedaban pegados a esa forma casi perfecta que los recibía... Articuló los codos, continuó hacia las manos. Ahhh, ¡las manos! Allí se inclinó con espíritu detallista. Copiaba una suya y trabajaba con la otra. Abundante material adjuntó para el torso. Y amasó, hacia arriba y hacia abajo. El vientre plano, el pecho abierto hacia arriba. Pasaba las palmas como acariciando algo ya muy suyo. Se tocó, se contempló, y con las manos llenas de tierra bajó hasta los muslos, que también llevaron su material y esfuerzo. Los torneó más finos que los que veía. Luego volteó la figura  y se entretuvo largo rato modelando sus nalgas.  Siguieron las piernas y los pies, pequeños, muy pequeños. Regresó a la entrepierna. Se miró, y comenzó  a copiar sus genitales.  Posó una mano en el  bajo vientre y  los hizo de su misma naturaleza. Luego se miró nuevamente en el agua, comparó, y comenzó a  delinear el rostro. Una y otra vez bajó hasta el lago, a examinarse. Regresaba y avanzaba. Una y otra vez. En una de las tantas, se encontró con el Señor, que lo contemplaba con curiosidad.
         “¿Qué haces?”, escuchó hombre. Señaló  con un gesto la estructura arcillosa que habían modelado sus manos:
          -Una compañía- Y luego solicitó:-  Sóplalo, por favor.  Ahora sóplalo...- Su mirada era abierta, franca; no admitía una negativa.
           “No sabes lo que dices”, volvió a escuchar. “Esa compañía es incompleta.”
           -Tal vez, pero eso no me importa...- Luego:- ¡Dime porqué es incompleta...!
           -“Porque es igual a ti”.
           -¿Y cómo debería ser, entonces...?
           -“Para ser verdadera compañía, deberían complementarse...”
           -Ahhh, entonces....- y hombre miraba detenidamente la figura que emergiera por sus manos de la tierra-. Dime que debo hacer para que sea una verdadera compañía...
             -“Toma la tierra que le agregaste en la entrepierna, y colócala en el pecho. Eso; ahora regresa y alisa bien esa superficie. Luego hunde el dedo medio allí y forma la huella que será tu perfecto complemento...”
              Hombre siguió las instrucciones, y luego solicitó:
             -Sóplalo ahora;  hazlo ya, antes de que llueva-. Negros nubarrones amenazaban con lluvia. El Señor hizo un gesto, y el sol volvió a salir.
             -“¡Sóplala deberás pedir. La compañía será ella, no él. Has creado una compañera...”
              -Sóplala, entonces, de una buena vez, o me iré y no me verás más...
              La insolencia de hombre lo hizo sonreír (o algo similar, indeciblemente hermoso):
            -“Antes deberás prometer algo.”
            -Prometer... no te entiendo.
            -“Cuanto te hice a ti, yo te hice libre. Sabes que eres mi única creación fuera de mis infinitos poderes. Ella deberá ser también libre. Libre de mí,  y también libre de ti.”
             -No comprendo, si será mi compañía, estará conmigo. ¿Para qué querrá ser libre de mí?
              -“No se trata de que ella lo quiera o no lo quiera. Para ser, ella deberá  ser como te digo.”
                Hombre miraba la figura estática en el suelo, la acariciaba por momentos, corregía con mano delicada algunos detalles, hasta que finalmente se incorporó:
                 -Hazlo, por favor. Sóplala ya, y será como tú dices...
                  El Señor se inclinó sobre ella y sopló dentro de sus labios. Una corriente similar a un tenue rayo recorrió el cuerpo dormido, y los ojos de mujer se abrieron. Las alas de la nariz se agitaron, y de su boca surgió un gemido. Hombre la miraba extasiado. Acercó sus manos y comenzó a tocarla. La piel ajena le despertó una extraña ternura. Acercó su cara a la de ella, que lo miraba, curiosa pero confiada. Ella también comenzó a tocarlo. 
                 El Señor se retiró. Sabía que sólo  le estaba dado crear  con el soplo divino, e iluminar luego a sus creaciones. Pero no le era posible tocar con  manos, ni sentir el roce de otra piel sobre algo suyo. Se volvió hacia ellos, que se acariciaban con movimientos que parecían no tener fin y sonrió (o algo similar, de innombrable belleza). “Si fuera posible”,  caviló con un dejo de melancolía, “ahora sentiría envidia hacia ellos.”
                 Sabía que únicamente podría amarlos desde su  incomparable distancia, y que a partir de ahora lo haría con  inmarcesible intensidad . Y también sabía que sufriría infinitamente por ello.

AL SÉPTIMO DÍA 

   Al séptimo día, el Señor paseaba contemplando satisfecho la Obra de una semana de intenso trabajo. Los animales y las plantas fructificaban y daban vida a la Tierra, después de eones de aridez en su superficie y en la profundidad de los mares. Pero, en su Inmarcesible Interior sabía que faltaba algo, o que le faltaba algo
    En el continente, que con el tiempo lo llamarían  “negro”,  encontró una familia de homínidos que convivían pacíficamente, eran herbívoros por naturaleza y aparentaban tener capacidad para una inteligencia superior. Observó entonces a una hembra de ese grupo (al que posteriormente se lo denominaría “bonobos” por el sitio donde residían), le gustó por su gracia y su belleza, la llamó (es un decir) y ella se acercó. Confiada le tomó una mano (es un decir) y Él comenzó a dialogar con ella. Le preguntó si quería crecer, desarrollarse de otra manera, ser su compañera carnal, y ella aceptó. Entonces el Señor la tomó de los brazos, la puso de pie, sopló el pelo que le cubría la piel y surgió una superficie negra, brillante, sedosa. Le modeló el rostro, dejó que un pelo ondulado y brilloso, negro como el azabache, se extendiera desde la cabeza hasta las caderas, cambió las manos inferiores por unos pies firmes y fuertes,  le quitó el rojo al trasero remodelando sus gluteos, así como los pechos pequeños, firmes, turgentes, sin peso innecesario, sólo bellos y finalmente sopló dentro de su boca hasta que un brillo nuevo surgió de sus ojos negrísimos. Entonces ella rió, se soltó y comenzó a bailar y a cantar, como agradeciendo el augurio de una nueva vida. Cuando se detuvo, preguntó:
    -¿Y ahora…? ¿Qué hago yo sola en este mundo…? Ya no puedo convivir con ellos- y señaló al grupo de bonobos, que la contemplaban agrupados en la maleza, entre curiosos y asustados.
   “¿Qué dices, mujer…?” Por primera vez era nombrada.  “No estás sola. Estarás conmigo”, dijo Él “y conversaremos, pasearemos. Siempre. Y te daré todo lo que quieras. Serás la reina de la Creación…” Ella no parecía muy conforme con la propuesta, y movía la cabeza hacia los lados, sacudiendo un pelo que no terminaba de asombrarla. Tomó una punta entre los dedos, se la llevó a la boca, lo mordió, hizo una mueca, y finalmente:
   -No, no me alcanza eso que ofreces. Necesito un compañero. ¡Hazme uno, ya, hazme uno!- Y pegaba saltos, sacudiendo los pies contra el piso. Él la observaba pensativo. “Esto no lo tenía calculado”, meditaba, “y puede tener consecuencias que no logro anticipar…” Respondió, casi de mal humor (es un decir):
   “Está bien, elige un compañero entre los tuyos.”  Y cuando ella se volvió hacia su grupo, estos desaparecieron como por encanto entre la selva. Después de varias horas de infructuosa búsqueda (Èl había decidido mantenerse al margen), ella pidió:
   -Crúzame el río. Si lo hago por mis medios, me ahogaré. Sé que en la otra orilla hay familias similares. Seguro que allí encontraré uno…- Y Él cumplió con los deseos de ella, cruzaron el río y en la otra costa aparecieron ejemplares que parecían de su familia. Manifestaban conductas no tan pacíficas, por momentos había violencia entre ellos, y no eran sólo vegetarianos (con el tiempo, los llamarían “chimpancés”).
    -No me gustan- expresó ella, volviéndose hacia un Dios ya sin deseos de seguir con el juego.
   “Es lo que hay” respondió Él, “elige uno y avancemos, que no tengo mucho más tiempo que perder y hay una enormidad de cuestiones que me están esperando…”
   -Perdón, sí, ya sé que te estoy demorando, y probablemente no soy tan importante como me creo, pero- y le sonrió de una manera que iniciaría un nuevo camino en el planeta-, pero no olvides que yo, sí, yo, fui, soy, una idea tuya, ¿o lo olvidas? 
     “No, no me olvido” rugió Él, y volviéndose le señaló un ejemplar como compañero: “Allí tienes uno…parece joven, sano y fuerte. Y aunque no parece muy inteligente, te servirá para lo que quieres…”  Ella observó al ejemplar masculino del grupo de los chimpancés, se acercó a él, que se dejó tocar sin manifestar rechazo, palpó sus brazos, sus piernas, sus hombros, sus caderas, tomó la cara entre sus manos, tanteó la superficie ósea, miró dentro de su boca, los ojos pequeños e inquietos, bajó una mano y verificó sus genitales… Finalmente, ante los bufidos y suspiros que escuchaba a su espalda, se volvió hacia Él.
    -Está bien. Que sea éste-aceptó. Hazle el mismo procedimiento que a mí. Pero lo quiero bello, muy bello. Y que sea suave, tierno, tolerante y que me obedezca. Y que me dé hijos hermosos, muchos hijos hermosos para desarrollar esa nueva familia que te propusiste fundar conmigo.
   “Yo no quise ninguna familia. Quise una compañía, una compañera, pero me salió un “domingo siete” contigo. Sé que cuando tengas a tu compañero vas a abandonarme…Pero, está bien, “a lo hecho, pecho”, avancemos y terminemos con esta historia…” Y el Señor tomó al chimpancé de los hombros, lo puso de pie, lo estiró a lo largo y a lo ancho, aventó el pelo con un soplido,  cambió las manos posteriores por pies, al trasero le dio el color negro azabache del resto del cuerpo con nalgas suaves y firmes. Respetó la fortaleza de los miembros superiores e inferiores, lo mismo que al pecho amplio y musculo. A la cara le dedicó más tiempo. Sentía que, de alguna manera, Él iba a estar allí. Como mirándose a un espejo, cobró forma en él y le dio los rasgos que deseaba para sí. Finalmente, apoyando sus manos (un decir) en la caja craneana le dio el desarrollo del cerebro que también reservaba para sí y sopló dentro de sus labios. Miraba (un decir) de reojo pues quería evitar de ella cualquier interferencia. Pero mujer ya  contemplaba embelesada a la nueva creación, la tocaba por todas partes, la probaba con la lengua, la olía, hasta que de pronto hombre, ya en sus plenas y novedosas facultades, la tomó con sus fuertes brazos arrastrándola hacia el interior de la espesura. En el trayecto pudo escucharse los entrecortados grititos de ella, mezcla de sorpresa, ansiedad y anticipado placer.
     El Señor suspiró (es un decir);  cuando los perdió de vista, ascendió a los Cielos en un rápido vuelco de poderío e imaginación, y emprendió viaje hacia otros mundos, otras galaxias, otros universos que lo estaban aguardando para continuar con el desarrollo de esa idea persistente que naciera con Él  de darle un sentido a la Creación, aunque el cómo y el por qué, aún no lo tenía muy claro…Los últimos acontecimientos en el planeta que recién había abandonado intempestivamente le habían demostrado que los deseos y la improvisación, cuando van juntos, son generalmente malos consejeros. Años, siglos después regresaría impulsado por una curiosidad que nunca lo había abandonado para verificar el resultado de ese experimento al que finalmente denominara, no muy satisfecho de Sí Mismo, la Creación acompañada del “libre albedrío”. 


                                      Al OCTAVO DÍA


           Al octavo día el Señor se presentó con  deslumbrante imponencia. Las criaturas corrían, gritaban y saltaban, dando rienda suelta a su desbordante vitalidad. El Señor habló con voz de trueno:
         “A ver si desaparecen de aquí, que hoy es día de…”, y cuando bajó la mirada y  los buscó, comprobó que las criaturas habían desaparecido. Habían huido,  quizá a esconderse como siempre en algún rincón de los alrededores, o tal vez en la espesura de la selva.
          “...que hoy es día de limpieza”, completó el Señor, algo desconcertado, ahora casi en  un murmullo. 
          Al noveno día, el Señor reflexionó seriamente sobre la situación y hasta se recriminó por el modo con que había tratado a las ausentes criaturas, excesivo por demás.
           Al décimo día, ya seriamente preocupado, consideró la posibilidad  de enviar  a alguien por ellos.
            “Sí, y hasta es posible que mande a mi Hijo en persona a buscarlos, si no aparecen esta misma noche...”, mascullaba casi encrespado, alarmado,  pero decidido. En ese momento lamentó la facultad que les había otorgado a las criaturas, que les permitía mantenerse fuera de su alcance, de su voluntad. “Ese bendito libre albedrío”, repetía malhumorado, como si no hubiera sido idea suya la de...
           Cómo le devolverían al Hijo, es otra historia.                      

HOMBRE

                                                      I
                                                          
     Llovía desde hacía varios días, y hombre no había acopiado suficiente cantidad de leña en la cueva. Conservaba el fuego mezquinando ramas, que trozaba con las manos agarrotadas por el frío. Mujer permanecía en un rincón, con los dos vástagos, envuelta en las pieles de animales que cubrían también parte del húmedo suelo. En las paredes, el fuego iluminaba pobremente algunos toscos dibujos de manos y animales hechos por hombre en días mejores, menos inclementes. Ahora tosía y arrojaba un vapor envenenado hacia el exterior de la cueva. De golpe, desgarraba secreciones del pecho con sangre roja, y el dolor en el dorso se le volvía intolerable. Ya ni siquiera aullaba por ello, sólo emitía una sorda queja. Mujer también tosía, y los dos vástagos apenas podían caminar. Poco alimento les significaba mamar de la madre, y sus gemidos eran casi continuos. Hombre sabía que si no llegaba el tiempo más templado,  si no conseguía pronto más leña que sostuviera el fuego, y algún animal para comer,  no volverían a ver la luna.  En la entrada  de la cueva olfateaba el aire, estiraba las manos y recogía agua, que luego bebía o le arrimaba a mujer,  moviéndose con dificultad. Cuando comenzó a soplar viento, supo que la lluvia cedería, pero en cambio, el frío arreciaría.

      La luz del día tocaba a su fin y debía salir a recoger leña para secarla en la cueva, al costado de la fogata. Bajó lentamente y con cuidados pasos hasta el bosque. Seleccionó algunas ramas que, por el peso, parecían secas en su interior. Cuando retornaba cargado,   descubrió la boca de  la cueva ocupada por tres personajes similares a él. Inmediatamente entendió que estaba  perdido. No recordaba haber escuchado gritos de mujer, por lo que resolvió aproximarse como siempre. Pero antes de llegar a la entrada, los  personajes se descolgaron aullando y empuñando piedras en las manos. Y antes de que pudiera reaccionar ya había caído al suelo con hondas lastimaduras y golpes rudísimos encima.

         Los personajes lo arrastraron hacia el interior de la cueva, y lo arrojaron a un costado. Luego buscaron a mujer y los vástagos. Uno de ellos la montó por detrás mientras ella chillaba, y al desprenderse de ella, le descargó un golpe en la cabeza que la hizo rodar por el suelo. Los vástagos también berreaban. Los tomaron de brazos y piernas y los estrellaron contra la pared. Recogieron al más grande y lo acercaron al fuego.  Le quitaron la piel de animal que lo cubría, y con una piedra afilada lo abrieron en canal. Chuparon la sangre y arrancaron las vísceras, que tragaron emitiendo aullidos de satisfacción.

      Uno de ellos se acercó a mujer y la empujó hasta ponerla de pie, buscando aparearse . Cuando ella vio los restos de su hijo,  comenzó nuevamente a gritar y  el personaje descargó su furia con una piedra en cada mano, hasta que la hembra  rodó por el suelo bañada en sangre. Luego se volvió hacia sus compañeros, que trozaban los restos  del vástago intentando cocinarlos sobre el fuego, que por  momentos languidecía. Pero el hambre que traían era atroz, y los devoraban casi sin  cocción.

        Hombre comenzó a abrir un ojo cuando le llegaron ruidos cercanos. Veía muy poco y de un solo lado. Mujer se quejaba e intentaba incorporarse, y otro personaje la tomó para copular.  Ella pretendió resistirse, y el  personaje emitió un rugido, le disparó un golpe al cráneo que crujió con sonido de rama partida, y ella cayó fulminada al suelo. Con curiosidad, los otros se acercaron, para examinarla. Hasta que decidieron simultáneamente arrancarle las pieles que la cubrían. Una vez desnuda, como si fuera restos de un animal de presa, comenzaron a trozarla con los rudimentarios cuchillos de piedra. Arrojaban los pedazos de carne al fuego, y luego los engullían con gritos de entusiasmo.

       Hombre despertó con la luz del día, sintiendo golpes por todos lados. Le gritaban, lo sacudían, lo pateaban. Abrió el único ojo que veía y  percibió que los tres personajes  le señalaban algo. El fuego se había apagado. Comprendió que ellos pretendían que él hiciera algo para que el calor de las llamas volviera, pues  no sabían provocarlo. Los restos de un vástago y de mujer estaban esparcidos por el suelo de la cueva. Hombre no supo distinguirlos de los de un animal cazado, y sintió un hambre voraz al verlos, que se confundió con el  frío y los dolores lacerantes de todo el cuerpo.

       Se incorporó a duras penas y fue a sentarse al lado de las cenizas. Buscó calor tentando con las manos y no lo encontró. Revolvió las cenizas, pero ya  se advertían frías. Y la leña que había juntado estaba todavía húmeda. Examinó  la cueva y encontró unas pocas ramitas secas. Los personajes  lo observaban en silencio y seguían sus pasos. Debía encontrar una rama en forma de vara, y pasto seco...

          Salió de la cueva, seguido por el trío. Bajaron lentamente hasta el bosque. Hombre apenas podía caminar. Un hueso de la pierna crepitaba, y la tos era continua, desgarradora. Nada importaba ya, salvo perder, si podía,  a esos personajes, que lo seguían dando roncos gritos. En el hueco de un árbol podrido encontró restos de algo similar a pasto seco. Los llamó y, mediante señas,  les exigió acarrear ese material hasta la cueva, junto con varias ramas sin hojas. Cubierta por la maleza del sotobosque, esa leña serviría para alimentar el fuego hasta que el resto se secara  con el sol.

           Una vez adentro, preparó una varilla y comenzó a frotarla con rápidos movimientos contra la piedra, a la que había rodeado del material seco del tronco. Una y otra vez hizo rotar la varilla entre sus ateridas manos, y se agotaba sin lograr que el humo surgiera de la punta de la rama.  Los personajes lo contemplaban con ansiedad y hosco gesto. En un momento dado comenzaron a menudear los golpes. Cuando por fin logró que surgiera un hilito de humo y se inclinó para soplar, comprobó que ese material no ardería. El fuego no volvería así,  y ellos terminarían pronto  con su vida.

        Se volvió y encontró los restos de mujer, donde sobresalía la cabeza y su tupida cabellera. La señaló y solicitó el cuchillo. Cortó unos mechones de pelo y nuevamente comenzó a invocar al fuego con la varilla. Esta vez, cuando sopló, la brasita chisporroteó en contacto con la grasa del pelo.  Y las chispas tomaron vida, y el soplo contagió la incandescencia, hasta adquirir ésta la forma   inicial de una llama. Los personajes comenzaron a gritar;  saltaban y  reían, manifestando su contento. Con un gesto los contuvo y comenzó a alimentar la  incipiente fogata con pequeños trozos de ramas secas, y arrimó las últimas,  mojadas todavía, para  secarlas. Entretanto, los personajes,  cerca del calor del fuego volvían a  alimentarse con los restos. Hombre los miraba, sin llegar a entender o recordar cabalmente qué era lo que comían. Pero  sintió otra vez un  hambre atroz,  y con gestos pidió compartir la comida. Los otros lo dejaron hacer. Luego salieron los cuatro a buscar más leña. Hombre les señaló las mejores ramas, y cuando regresaron amontonó una pila junto a la hoguera para que fuera perdiendo la humedad. Un vapor que por momentos chiflaba, se elevó por  entre los leños.

         Hombre se alejó del fuego en busca de las pieles para cubrirse y descansar. Allí encontró al otro vástago. Ya  frío y rígido, igual se abrazó a él y se dejó ir, contemplando en la pared los reflejos de las llamas con su único y nubloso ojo. Intuía que una vez que lo embotara el sueño, no volvería a despertar. Escuchaba los sonidos guturales de los personajes alimentándose. El olor dulzón de la carne chamuscada había inundado el ambiente.  Comprendió que mañana, o más allá, él también serviría de alimento, lo mismo que el vástago que apretaba contra sí.  Sintió de súbito otra punzada en el estómago y, casi sin darse cuenta, comenzó a arrancar  y masticar la carne magra y fría que le ofrecía un bracito del vástago por delante de su boca.

                                                                II


    Muchos miles de años después, otros hombres, horrorizados con las incesantes pesadillas que invariablemente los visitaban en sus sueños nocturnos, decidieron bajar una pesada cortina  sobre el inconsciente colectivo. Pretendían, desesperadamente, que los antecedentes primigenios no volvieran a perturbarlos con aterradoras alucinaciones. Luego de muchos intentos frustrantes,  inventaron a un  ser Único, Invisible e Indivisible, Omnipresente y Omnipotente por necesidad, y le dieron todos los nombres que se les ocurrió, incluso el Innombrable,  para que llenara sin excepción los huecos pavorosos de esa memoria colectiva ancestral. Y le otorgaron la facultad suprema de haber sido el Hacedor de la especie. Nada antes que Él. Nada después de Él.

    Obviamente,  los hombres no sabían entonces  que las pesadillas así, no sólo no terminarían, sino que se verían incrementadas ad infinitum.

      Alguien, muchos años más tarde, intentando regresar a la visión primordial, anunciaría con voz de trueno antes de suicidarse, y sin ser debidamente escuchado que  esa creación, Única, Innombrable, Invisible, Omnipotente y Omnipresente, había muerto.

      No sería nunca justa y cumplidamente escuchado, pues nunca estuvo en la intimidad del hombre la auténtica voluntad de suprimir las pesadillas...

jueves, 6 de octubre de 2016

El otro final de "Don Segundo Sombra"

                                         DON SEGUNDO SOMBRA
                                                                        por Ricardo Güiraldes
                                             (primera edición, 1926, Editorial Proa)
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                                   CAPÍTULO XXVII


   La laguna hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media, en unos juncales ralos gritaban los pájaros salvajes.

   Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.
  
       Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría, más que ningún otro, un desprendimiento.
   
     Tres años habían transcurrido desde que llegué, como un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades.  ¡Mis heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo, en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera cualquier caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.
  
     Está visto que en mi vida, el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón.

    Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría aún dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fué recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.

     Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vivido un instinto salvaje, que me hacía tender una cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.
  
    La casa grande y vacía, poblada de muebles serios, como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo de otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.
 
     Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. Él me dió los primeros galopes a unos bayos, que me regaló para entablar la tan deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y en igual cantidad, con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podría haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho.. Para dos muchachones que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes el uno para el otro.

    Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar en estos recuerdos.
 
   Fué a raíz de estas charlas que Raucho acertó a influenciarme con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero ¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo por el idioma sino por mi falta de costumbre, él leía con extraordinaria facilidad, lo mismo en francés, italiano y en inglés, que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué creía que iba a encontrar?  La vida, a mi entender, estaba tan llena, que el querer meterle nuevas combinaciones, se me antojaba lamentablemente infantil. Mis argumentos simples, nada podían contra su fantasía y al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte, me impedía encarar ningún amorío como una diversión.
 
   A todo eso, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias. Buscaba instruirme con tesón.
 
  Pero no quiero hablar de todo eso, en estas líneas de alma sencilla. Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros y algunos viajes a Buenos Aires con  Raucho, fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.
 
  Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.
   
     Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.
  
    Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fuí para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!
  
     Nos saludamos como siempre.
 
  A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?

   Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo  de Don Segundo,, dió el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.

   Lo ví alejarse al tranco. Mis ojos dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía como levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y como echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fué. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fué el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.
 
  Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo del atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.

   Me dije: “ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce el río, lo veré asomar en el segundo repecho.” El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.

   La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se cernía enérgicamente sobre aquél pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fué reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas  vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.
 
  “Sombra”, me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.
 
  Centrando mi voluntad en la ejecución de pequeños hechos, dí vuelta mi caballo y, lentamente, me fuí para las casas.
 
  Me fuí, como quien se desangra.

                                                                                         FIN
 
                                                                                                                                                 La Porteña, Marzo de 1926

   

          
                               

                                       CAPÍTULO XXIIX

                        "Al cabo de unos pocos días vividos como una sombra, atufado por cualquier sonsera, abandoné sin más dilación la casa principal, encontrando un lugar aparente en el rancho de Don Segundo. Era poderosa   allí   la sensación   de su   presencia, que me atraía con la fuerza de un remanso, y colegí   que    sólo obedeciendo a esa sugestión vería, tal vez, el otro lado de la taba. 
      
                           Además, la cercanía del campo de Galván me facilitaba el encuentro casi diario con Raucho. Con una alegría ávida de traducirse en movimiento, era él quien me oficiaba de ladero en mil tareas, siempre esparcido, siempre bien dispuesto. No dejaba de hallar ocasión para la palabra necesaria, y con el silbido expresaba, nítida, su vitalidad sobrante. Por momentos, buscando entretención, me convidaba montar a la moda surera, cruzando estribos bajo el cojinillo, haciendo grupa:” aumenta el equilibrio y robustece el cuerpo”, definía, aflojando las piernas con precisa soltura. A veces parecíamos muchachotes en plan de chacota más que hombres de campo trabajando.

              Pero a pesar de la nítida amistad que recibía con prolija satisfacción  de Raucho, anduve  como una sombra varios meses, silencioso y taciturno, forzando la voluntad para el cumplimiento cotidiano de los actos más simples, aunque no le mezquinaba el cuerpo al trabajo, ya que trabajaba duro y de sol a sol (a veces antes que amaneciera ya me había ganado a los corrales para ordeñar, o estaba recogiendo animales que, luego del aparte, traduciría en una tropita, o estaba injiriendo alguna soga a la luz de la lámpara)  

            Así ocupaba el tiempo, y además atendía personalmente a mis potros, oficiaba a la fuerza de alambrador, obligado por el daño de alguna hacienda chúcara, y terraplenaba bebederos, siempre sumiéndose en peligrosos barriales. Buscábame Raucho para corrernos en yunta hasta Buenos Aires, pero no me provocaba acompañarlo. Había perdido   la voluntad de viajar y conocer, quizá por temor de alejarme de los campos que todavía me aseguraban con patente certeza la figura admirada de Don Segundo. Yo había sido como un instrumento en sus manos, y algún día empezaría a tener sonido propio. Tal vez. Aún zumbaban en mis oídos algunas de sus palabras: ¡Dejá, no más, que al correr del tiempo todo eso será tuyo! Y no se refería a la tierra, ni a la hacienda, ni a las casas.... ¿Podría yo ser el patrón sin mudar mi instinto de resero, conservando ese silencio del gaucho, enemigo del ruido y alardes inútiles…? La pregunta me pesaba como caballo que lo ha apretado a uno en una rodada...”
 
         “¿Qué más te da? -  me había interrogado Don Segundo, y después había afirmado: ¡Si sos gaucho en de veras no has de mudar!... Y a mi entender estaba visto que, por momentos, así iba siendo. Instruido por mis cabales, también advertía la distancia entre una cajetilla agauchado y un gaucho acajetillado:  más que en el origen, asentábase en un inveterado antojo de desarraigo; en el ansia de trasponer el límite del alambrado y enderezar sin retorno al callejón, poseído por esa indefinida voluntad de andar. Ciertamente, realicé que yo pertenecía con holgura más allá de la tranquera, en cambio Raucho, malgrado ser muy viajado y conocer mundo, era no más de aquí, marcado a fuego por la querencia."

           "Había días en que parecía ir moviéndome en el aire grande que caía de todos lados en el cuerpo, como cariño, galopando campo abierto, mientras un vientecito suave se colaba entre la ropa y unos teros, allá arriba, me gritaban su alegría. Otras veces iba como dormido, y la soledad me corría fría por el espinazo. Sin voluntad para el movimiento, quedábame sentado en el patio como pan que no se vende, mientras el agua de la pava se iba enfriando de puro aburrida, y la mirada se deslizaba sin detención sobre el campo que nada quería saber fuera de su reposo, durante esas tardes en cuyo silencio el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras. Sentía que estaba mudando el destino de la nube por el del árbol, esclavo de la raíz prendida sin remedio a unos palmos de tierra. Pensamientos lúgubres atenazábanme el garguero, con la memoria extraviada en un pozo de tristeza, hasta que el canto familiar del cencerro de Garúa me alejaba de las cavilaciones, llamando desde donde habíase recostado la tropilla, y mi atención tornábase sutil al escuchar el conocido tintineo.”

            “Entonces volvía en mí, para sentir que el orden de las cosas dábase como debía ser, y lo que viniera, llegaría por sí solo, en el natural devenir."

          "Estaba una tarde de esas achicando una cincha y, sin luz suficiente, luchaba con mi alesna y el cuero algo reseco. Con pasión humedecía el tiento, que patinaba filoso entre mis labios. Corríalo después contra el lomo del cuchillo, buscando la escurrida firmeza que impidiera zafar los puntos. El sol ya se escondía detrás de los apretados paraísos, y la tropilla aguardaba sin impacientarse, comiendo en un potrerito nuevo, en derredor de la madrina maneada. Todavía no había apartado el nochero, así que abandoné la costura para mejor oportunidad y me levanté con pereza del banco. Tantié la tabaquera en el bolsillo de la blusa, decidido a armar un buen cigarrillo; cargado en demasía, no terminaba de cabecearlo. Lo prendí y con el fósforo por delante busqué la lámpara. Solté dos bocanadas de humo como para ahuyentar todos los mosquitos del patio, tosí, y a través del azul brumoso pude entrever que la tropilla se arremolinaba. Como respondiéndome a un chiflido, los caballos habían dejado de comer, y alzaban la cabeza con la gramilla en la boca; las orejas tiesas, como gastando curiosidad, apuntaban en decidida señal hacia lo de Galván. Entonces, el cencerro de Garúa desparramó un tropel de notas con generoso desborde, mientras la yegua buscaba inquieta la posición de sus compañeros. Después relinchó con una alegría que me estremeció desde los sobacos, dejándome en los brazos un reguero de piel de gallina. Pegué otra pitada fuerte y, dando seguimiento a una intención de paso, me ejecuté para afuera. Alguien venía llegando desde lo de Galván... ¿Don Segundo? Forcé la vista cuando mis ojos dudaron con la semblanza del ginete. No era él. Un paisano joven se arrimaba al tranco manso, con la tropilla por delante. Enderecé a la tranquera, queriendo conocer al visitante. Garúa volvió a relinchar, alzando las manos hacia la tropilla que se avecindaba, y dos caballos se desprendieron de ella para ir a refregar, gozosos, cogotes y cabezas con mi madrina. Eran, no más, el lobuno Orejuela y el bayo Comadreja. Sentí un contento indescriptible al reconocerlos. Los recuerdos se me atropellaron como tropa al bebedero, y pité hondo otra vez, acercándome al paisano rubio, de porte desgarbado... que no era otro que Patrocinio Salvatierra."

         "- ¡Güenah´ ermano...! ¡Bienvenido a las casah! ¿Qué andah'  aciendo por estos pagos…? ¿Qué te trai por aquí? ¿Pasiando? Pero... ¡menos preguntah` y apiate no más! -  Una alegría involuntaria y charlatana me había soltado de golpe la lengua, acollarada desde la partida de mi padrino."

          "-Güenas, Don Fabio- me respondió tímidamente, sacándose el chambergo con un manotón apresurado."

        "- ¡Ah, no! ¡Qué don Fabio ni qué misa! ¡Otra veh' ansí no!- le grité fiero. Y su semblante palideció. Buscando distancia, afirmóse en riendas y estribos para recular. Los labios le temblaban y no atinaba a decir palabra. Entonces le aclaré, fastidiado, pero con voz tranquila:

         "- No, ´ermano, formal, ansí no. Me hacéh' el favor de tutiarme, q' entoavía soy el de siempre, o deno, te vas pegando la güelta ya mismito."

     "-¡Lindo!- exclamó, echando afuera toda la risa. Y con el cabresto en la mano, se le descolgó por la paleta al alazán malacara."

       "En poder de un contento indescriptible, nos confundimos en un abrazo. 

       "Orejuela y Comadreja se habían entreverado con mi tropilla, y Garúa ronroneaba de felicidad, relinchándoles bajito.

      "-Ya veo, cuñao, que están atendidoh´ como Dios manda- afirmé, vichándolos sin poder esconder la satisfacción."
 
          "- ¿Y de no…? Ansinita eh' ermano, y al bayo a gatas le ha quedao un grueso costurón en el anca, pero sigue guapo y enterito como siempre. Loh' ubieras visto ande principiaron a sentir el cencerro´e tu madrina... No había modo de asujetarleh´ las ganas..."  

      "Lo acompañé a desensillar y dejamos ahí no más a las tropillas, que comían juntas sin dejar de hacer familia. Era casi noche cerrada cuando entramos al rancho. Encendí fuego y el cimarrón iba y venía, mientras nos anoticiábamos mutuamente."

     "- Por un casual m' encontré días pasaos con Don Segundo, que andaba oficiando' e capataz de tropa y había resuelto hacer noche en los campos ande me hayaba changando- comentó Patrocinio. Al sentir nombrar a mi padrino, un escalofrío me corrió por el espinazo. - Ansí jué que les carnié un capón y churrasquiamos juntos. Dispuéh´ que se despachara con una relación d' esas como él sabe hacer, me convidó' arrimarme hast' aquí- y haciendo relinchar fuerte al mate se interrumpió, para luego seguir:

       "- Me alvirtió que usté andaba precisando un mensual pa trabajar en su campo... ¡Caray! ¿No veh' ermano que la lengua porfía en la costumbre? Si me anda pareciendo que soh como dos personah´ al mesmo tiempo, ¡la pucha! - y largó una sonora carcajada, acompañándose de un golpe de puño en la rodilla."  

      "- ¡´stá gûeno! Ansina eh´ cuñao, pa qué vi' a mentirte… A mí también me pareciera que llevo dos cristianos bajo el cuero: el patrón, q´ a gatas voy mudando de bisoño, y el resero' e siempre, q' eh´ el q´ hace más juerza pa mostrarse- le contesté, mientras cambiaba la cebadura del mate. Pensaba en esa sensación que ratazo me rondaba. Y Patrocinio, que no era lerdo, en seguida supo filiarla." 

     "- También, trabajo por cuatro… y no  digo cinco por no alardiar  al cuete- contesté, riendo por primera vez en la tarde-. Dende que se jué Don Segundo, casi ni tiempo pa miar he tenido... 

      "- Y es porque estabah' necesitao que me caí pa darte una mano; cuando Don Segundo me anotició que andabah' presisando un puestero me vine cuantito pude, porque ansí no más debía ser..." 
  
     "- Don Segundo es de pocas palabras- retruqué- pero cuando habla, sindudamente hay q' escucharlo..." 

      "- Si te sirve, entonceh', aquí me tenés… pa lo q´ gustes mandar...- y levantaba las cejas, interrogantes, mientras pasaba la lengua entre los dedos, humedeciendo el papel del cigarrillo."

       "-¿Y de no…?  ¡Bien haiga!, de fijo que no has viajao al ñudo hast´ acá… Dende q' el padrino se   jué, te aseguro q' el trabajo me tiene atosigao...- y pensaba que siempre las ideas de Don Segundo eran atinadas; que el padrino actuaba con su presencia y también desde su ausencia, como un verdadero Tata."

       "Respiré con ganas, liberado por fín de tanta pesadumbre, tanta tristeza, sin conocer mayormente el motivo de la mudanza, y puse la carne al fuego. Al rato cayó Raucho, que habíale señalado el camino a Patrocinio, y comimos sin impaciencia, como tres buenos compañeros. Algo nuevo parecía estar ocurriendo; una sensación diferente flotaba en el aire, de suerte que a su solo impulso me sentía presa de una alegría grave, contenida."

       "Le ofrecí a Patrocinio quedarse a trabajar conmigo a porcentaje, con gastos y algo como sueldo fijo para empezar, y aceptó de buena gana, sin discusión."
 
        "- Arreglao; lo que voh' digah` ermano, pa mí va' estar güeno."

        “Lo que había que decir estaba dicho. 

        "La noche avanzaba, y las estrellas habían cambiado el firmamento. El aura se colaba por la ventana abierta. Las brasas todavía calentaban el culo tiznado de la pava, y en tranquilo atardarse, cimaroneábamos otra vez. Raucho habíase despedido, comprometido como estaba con un viaje de varios meses, encargándome le galopara unos redomones. Cada tanto nos mirábamos sin hablar, con silencio de asentimiento. Armamos otros cigarrillos y nos convidamos sin mojarlos. La luz de la lámpara empezó a temblar con la brisa nocturna; las sombras flamearon sobre las paredes, tocaron el techo y cayeron al suelo como harapos. De repente y animado por un renuevo de ganas irreprimibles, dejé caer la pregunta: 

       "- ¿Y Paula, tu hermana, cómo está? Ya se debe haber casao, ¿verdá?- Pitando hondo y escarbando las brasas con una ramita, esperaba la respuesta como quien no quiere la cosa. El corazón me corcoviaba en el pecho como zorro entrampado, y escupí lejos unas hebras de tabaco pegadas a los labios." 

     "- Bien, la Paula está guapa como siempre, y se ha mudao al pueblo; se ha conchabao en El Progreso, un almacén de Ramos Generales. Prontito aprendió a yevarle lah cuentah´, y´ a risultao como la mano derecha' e la dueña, una viuda' e la zona- comentó como al descuido Patrocinio. Chupó con ganas de la bombilla y al terminar, la bulla del mate aturdió mis oídos con viso de estampido."

     "- ¿Si se a casoriao querís saber? - continuó-. No, entoavía no; deseguro no ha juntao tiempo, porque lo q' eh' gavilanes que le arrastren el ala no le ´ an faltao- y riendo me devolvió el mate, ya lavado. Metió luego los dedos en un bolsillo de la blusa y sacó un sobre arrugado."

     "- M' encargó que si te hayaba, te alcanzara esto-  y entreabriendo la puerta, asomóse hacia la noche, respirando con golosa voluntad el aire fresco-. 'Ta que se ´stá lindo acá, cuñao- y se retorcía descoyuntándose, cansado del viaje, por demás regular."

     " – Te vah´a quebrar- le advertí risueño. Me incorporé también, exigido por mi pobre impaciencia, y con un golpe seco abrí el sobre. Un papel celeste, muy suave, me habló de tiempos ya lejanos, alborotando un sentimiento que habíase guardado quietito como pichón en el nido. Arrimé la carta a la lámpara y estiré el papel para sofrenar el temblor de los dedos. Entonces leí, una y otra vez, estas frases que, con poco, lo decían todo:

     "Todavía no tengo dueño que me ande mandando. Pero...ni falta que me hace. Ahora, si tiene un arreo y anda por estos pagos, no deje de visitarme. Será bien recibido. Saludos, Paula."  

    "Más fuerte que nunca vino a mí el deseo, y el recuerdo de su carita desfachatada y alegre como canto de jilguero, me insultó como un relámpago en la mente. Era más que probable que no esperase a tener un arreo para caerme por allá. Sindudamente lo haría antes. Sí señor, en cuanto Patrocinio se hallara con el nuevo trabajo, juntaría unas pilchas y, con la tropilla por delante, me largaría otra vez al callejón. Pero ahora sería para volver, porque la suerte, como en la riña de gallos, parecía otra vez tallada en punta de mi lado. Y no la iba a dejar pasar, no señor."

     "Como la noche suele ser medio traicionera y no hay que andar llevándosela por delante, salí de a pedacitos hasta afuera. Hondamente respiré el aliento de los campos dormidos. Encima nuestro, el cielo estrellado parecía un ojo inmenso, lleno de infinitas luces que tiritaban con renovado fulgor. Un perro ladró a lo lejos, y el cencerro de Garúa tintineó brevemente con sugestiva cercanía.”    

      “Me arrimé a un poste esquinero, saqué un armado del bolsillo de la blusa, y en tranquilo estarse lo encendí y empecé a escupir nubecitas de humo al aura de una noche que ya no me apretaba las carnes…”

     “Recordé mientras pitaba: …Prontito aprendió a yevarle lah cuentah`, y´ a risultao como la mano derecha' e la dueña…”

    “Como gallito de veleta sacudido por el pampero, el relato de Patrocinio principió a alborotar mi entendimiento con voluntad propia, mientras mi fantasía empezaba a trabajar, animada por una fuerza salida vaya uno a saber de dónde. Pero… ¡Bien haiga!, tan luego esto me ganaba a mí que, malgrado el esfuerzo puesto, fuí alvertido con inveterada paciencia por Don Leandro: “Pucha con este mozo, si nos está resultando un tanto flojón pa emprestarle la necesaria atención a los números...”

     “Principiaba a remozarse una pícara alegría, cuando malicié la atropellada de  ideas frescas  que buscaban cebarme como ganso  clavado en una tabla…

    “¿Qué más te da?, había preguntado mi padrino.  Pegué una última pitada al hija´el Toro y me ejecuté dentro del rancho. Sí, ¿qué más me da…? - pregunté yo.”

     “-¡¡Ellos y se vinieron!! -gritó uno de los mirones- ¡¡La carrera está puesta!! ¡¡Puesta pa todo el mundo!!-  repetían las voces.”

     “Adueñado del secreto, sin buscar plaito ni reparar en naderías, el campo entero  habíase pronunciado con sobrada justicia, y aurita no más tendíase en honduras sin fin aguardando recibir con silencioso goce la caída del sereno."                                            
          
                                                      La Porteña, Mayo de 1926