jueves, 6 de octubre de 2016

El otro final de "Don Segundo Sombra"

                                         DON SEGUNDO SOMBRA
                                                                        por Ricardo Güiraldes
                                             (primera edición, 1926, Editorial Proa)
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                                   CAPÍTULO XXVII


   La laguna hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media, en unos juncales ralos gritaban los pájaros salvajes.

   Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.
  
       Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría, más que ningún otro, un desprendimiento.
   
     Tres años habían transcurrido desde que llegué, como un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades.  ¡Mis heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo, en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera cualquier caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.
  
     Está visto que en mi vida, el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón.

    Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría aún dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fué recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.

     Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vivido un instinto salvaje, que me hacía tender una cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.
  
    La casa grande y vacía, poblada de muebles serios, como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo de otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.
 
     Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. Él me dió los primeros galopes a unos bayos, que me regaló para entablar la tan deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y en igual cantidad, con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podría haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho.. Para dos muchachones que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes el uno para el otro.

    Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar en estos recuerdos.
 
   Fué a raíz de estas charlas que Raucho acertó a influenciarme con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero ¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo por el idioma sino por mi falta de costumbre, él leía con extraordinaria facilidad, lo mismo en francés, italiano y en inglés, que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué creía que iba a encontrar?  La vida, a mi entender, estaba tan llena, que el querer meterle nuevas combinaciones, se me antojaba lamentablemente infantil. Mis argumentos simples, nada podían contra su fantasía y al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte, me impedía encarar ningún amorío como una diversión.
 
   A todo eso, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias. Buscaba instruirme con tesón.
 
  Pero no quiero hablar de todo eso, en estas líneas de alma sencilla. Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros y algunos viajes a Buenos Aires con  Raucho, fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.
 
  Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.
   
     Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.
  
    Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fuí para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!
  
     Nos saludamos como siempre.
 
  A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?

   Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo  de Don Segundo,, dió el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.

   Lo ví alejarse al tranco. Mis ojos dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía como levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y como echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fué. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fué el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.
 
  Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo del atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.

   Me dije: “ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce el río, lo veré asomar en el segundo repecho.” El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.

   La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se cernía enérgicamente sobre aquél pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a lo alto del camino y desaparecer. Se fué reduciendo como si lo cortaran de abajo en repetidos tajos. Sobre el punto negro del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas  vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.
 
  “Sombra”, me repetí. Después pensé casi violentamente en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.
 
  Centrando mi voluntad en la ejecución de pequeños hechos, dí vuelta mi caballo y, lentamente, me fuí para las casas.
 
  Me fuí, como quien se desangra.

                                                                                         FIN
 
                                                                                                                                                 La Porteña, Marzo de 1926

   

          
                               

                                       CAPÍTULO XXIIX

                        "Al cabo de unos pocos días vividos como una sombra, atufado por cualquier sonsera, abandoné sin más dilación la casa principal, encontrando un lugar aparente en el rancho de Don Segundo. Era poderosa   allí   la sensación   de su   presencia, que me atraía con la fuerza de un remanso, y colegí   que    sólo obedeciendo a esa sugestión vería, tal vez, el otro lado de la taba. 
      
                           Además, la cercanía del campo de Galván me facilitaba el encuentro casi diario con Raucho. Con una alegría ávida de traducirse en movimiento, era él quien me oficiaba de ladero en mil tareas, siempre esparcido, siempre bien dispuesto. No dejaba de hallar ocasión para la palabra necesaria, y con el silbido expresaba, nítida, su vitalidad sobrante. Por momentos, buscando entretención, me convidaba montar a la moda surera, cruzando estribos bajo el cojinillo, haciendo grupa:” aumenta el equilibrio y robustece el cuerpo”, definía, aflojando las piernas con precisa soltura. A veces parecíamos muchachotes en plan de chacota más que hombres de campo trabajando.

              Pero a pesar de la nítida amistad que recibía con prolija satisfacción  de Raucho, anduve  como una sombra varios meses, silencioso y taciturno, forzando la voluntad para el cumplimiento cotidiano de los actos más simples, aunque no le mezquinaba el cuerpo al trabajo, ya que trabajaba duro y de sol a sol (a veces antes que amaneciera ya me había ganado a los corrales para ordeñar, o estaba recogiendo animales que, luego del aparte, traduciría en una tropita, o estaba injiriendo alguna soga a la luz de la lámpara)  

            Así ocupaba el tiempo, y además atendía personalmente a mis potros, oficiaba a la fuerza de alambrador, obligado por el daño de alguna hacienda chúcara, y terraplenaba bebederos, siempre sumiéndose en peligrosos barriales. Buscábame Raucho para corrernos en yunta hasta Buenos Aires, pero no me provocaba acompañarlo. Había perdido   la voluntad de viajar y conocer, quizá por temor de alejarme de los campos que todavía me aseguraban con patente certeza la figura admirada de Don Segundo. Yo había sido como un instrumento en sus manos, y algún día empezaría a tener sonido propio. Tal vez. Aún zumbaban en mis oídos algunas de sus palabras: ¡Dejá, no más, que al correr del tiempo todo eso será tuyo! Y no se refería a la tierra, ni a la hacienda, ni a las casas.... ¿Podría yo ser el patrón sin mudar mi instinto de resero, conservando ese silencio del gaucho, enemigo del ruido y alardes inútiles…? La pregunta me pesaba como caballo que lo ha apretado a uno en una rodada...”
 
         “¿Qué más te da? -  me había interrogado Don Segundo, y después había afirmado: ¡Si sos gaucho en de veras no has de mudar!... Y a mi entender estaba visto que, por momentos, así iba siendo. Instruido por mis cabales, también advertía la distancia entre una cajetilla agauchado y un gaucho acajetillado:  más que en el origen, asentábase en un inveterado antojo de desarraigo; en el ansia de trasponer el límite del alambrado y enderezar sin retorno al callejón, poseído por esa indefinida voluntad de andar. Ciertamente, realicé que yo pertenecía con holgura más allá de la tranquera, en cambio Raucho, malgrado ser muy viajado y conocer mundo, era no más de aquí, marcado a fuego por la querencia."

           "Había días en que parecía ir moviéndome en el aire grande que caía de todos lados en el cuerpo, como cariño, galopando campo abierto, mientras un vientecito suave se colaba entre la ropa y unos teros, allá arriba, me gritaban su alegría. Otras veces iba como dormido, y la soledad me corría fría por el espinazo. Sin voluntad para el movimiento, quedábame sentado en el patio como pan que no se vende, mientras el agua de la pava se iba enfriando de puro aburrida, y la mirada se deslizaba sin detención sobre el campo que nada quería saber fuera de su reposo, durante esas tardes en cuyo silencio el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras. Sentía que estaba mudando el destino de la nube por el del árbol, esclavo de la raíz prendida sin remedio a unos palmos de tierra. Pensamientos lúgubres atenazábanme el garguero, con la memoria extraviada en un pozo de tristeza, hasta que el canto familiar del cencerro de Garúa me alejaba de las cavilaciones, llamando desde donde habíase recostado la tropilla, y mi atención tornábase sutil al escuchar el conocido tintineo.”

            “Entonces volvía en mí, para sentir que el orden de las cosas dábase como debía ser, y lo que viniera, llegaría por sí solo, en el natural devenir."

          "Estaba una tarde de esas achicando una cincha y, sin luz suficiente, luchaba con mi alesna y el cuero algo reseco. Con pasión humedecía el tiento, que patinaba filoso entre mis labios. Corríalo después contra el lomo del cuchillo, buscando la escurrida firmeza que impidiera zafar los puntos. El sol ya se escondía detrás de los apretados paraísos, y la tropilla aguardaba sin impacientarse, comiendo en un potrerito nuevo, en derredor de la madrina maneada. Todavía no había apartado el nochero, así que abandoné la costura para mejor oportunidad y me levanté con pereza del banco. Tantié la tabaquera en el bolsillo de la blusa, decidido a armar un buen cigarrillo; cargado en demasía, no terminaba de cabecearlo. Lo prendí y con el fósforo por delante busqué la lámpara. Solté dos bocanadas de humo como para ahuyentar todos los mosquitos del patio, tosí, y a través del azul brumoso pude entrever que la tropilla se arremolinaba. Como respondiéndome a un chiflido, los caballos habían dejado de comer, y alzaban la cabeza con la gramilla en la boca; las orejas tiesas, como gastando curiosidad, apuntaban en decidida señal hacia lo de Galván. Entonces, el cencerro de Garúa desparramó un tropel de notas con generoso desborde, mientras la yegua buscaba inquieta la posición de sus compañeros. Después relinchó con una alegría que me estremeció desde los sobacos, dejándome en los brazos un reguero de piel de gallina. Pegué otra pitada fuerte y, dando seguimiento a una intención de paso, me ejecuté para afuera. Alguien venía llegando desde lo de Galván... ¿Don Segundo? Forcé la vista cuando mis ojos dudaron con la semblanza del ginete. No era él. Un paisano joven se arrimaba al tranco manso, con la tropilla por delante. Enderecé a la tranquera, queriendo conocer al visitante. Garúa volvió a relinchar, alzando las manos hacia la tropilla que se avecindaba, y dos caballos se desprendieron de ella para ir a refregar, gozosos, cogotes y cabezas con mi madrina. Eran, no más, el lobuno Orejuela y el bayo Comadreja. Sentí un contento indescriptible al reconocerlos. Los recuerdos se me atropellaron como tropa al bebedero, y pité hondo otra vez, acercándome al paisano rubio, de porte desgarbado... que no era otro que Patrocinio Salvatierra."

         "- ¡Güenah´ ermano...! ¡Bienvenido a las casah! ¿Qué andah'  aciendo por estos pagos…? ¿Qué te trai por aquí? ¿Pasiando? Pero... ¡menos preguntah` y apiate no más! -  Una alegría involuntaria y charlatana me había soltado de golpe la lengua, acollarada desde la partida de mi padrino."

          "-Güenas, Don Fabio- me respondió tímidamente, sacándose el chambergo con un manotón apresurado."

        "- ¡Ah, no! ¡Qué don Fabio ni qué misa! ¡Otra veh' ansí no!- le grité fiero. Y su semblante palideció. Buscando distancia, afirmóse en riendas y estribos para recular. Los labios le temblaban y no atinaba a decir palabra. Entonces le aclaré, fastidiado, pero con voz tranquila:

         "- No, ´ermano, formal, ansí no. Me hacéh' el favor de tutiarme, q' entoavía soy el de siempre, o deno, te vas pegando la güelta ya mismito."

     "-¡Lindo!- exclamó, echando afuera toda la risa. Y con el cabresto en la mano, se le descolgó por la paleta al alazán malacara."

       "En poder de un contento indescriptible, nos confundimos en un abrazo. 

       "Orejuela y Comadreja se habían entreverado con mi tropilla, y Garúa ronroneaba de felicidad, relinchándoles bajito.

      "-Ya veo, cuñao, que están atendidoh´ como Dios manda- afirmé, vichándolos sin poder esconder la satisfacción."
 
          "- ¿Y de no…? Ansinita eh' ermano, y al bayo a gatas le ha quedao un grueso costurón en el anca, pero sigue guapo y enterito como siempre. Loh' ubieras visto ande principiaron a sentir el cencerro´e tu madrina... No había modo de asujetarleh´ las ganas..."  

      "Lo acompañé a desensillar y dejamos ahí no más a las tropillas, que comían juntas sin dejar de hacer familia. Era casi noche cerrada cuando entramos al rancho. Encendí fuego y el cimarrón iba y venía, mientras nos anoticiábamos mutuamente."

     "- Por un casual m' encontré días pasaos con Don Segundo, que andaba oficiando' e capataz de tropa y había resuelto hacer noche en los campos ande me hayaba changando- comentó Patrocinio. Al sentir nombrar a mi padrino, un escalofrío me corrió por el espinazo. - Ansí jué que les carnié un capón y churrasquiamos juntos. Dispuéh´ que se despachara con una relación d' esas como él sabe hacer, me convidó' arrimarme hast' aquí- y haciendo relinchar fuerte al mate se interrumpió, para luego seguir:

       "- Me alvirtió que usté andaba precisando un mensual pa trabajar en su campo... ¡Caray! ¿No veh' ermano que la lengua porfía en la costumbre? Si me anda pareciendo que soh como dos personah´ al mesmo tiempo, ¡la pucha! - y largó una sonora carcajada, acompañándose de un golpe de puño en la rodilla."  

      "- ¡´stá gûeno! Ansina eh´ cuñao, pa qué vi' a mentirte… A mí también me pareciera que llevo dos cristianos bajo el cuero: el patrón, q´ a gatas voy mudando de bisoño, y el resero' e siempre, q' eh´ el q´ hace más juerza pa mostrarse- le contesté, mientras cambiaba la cebadura del mate. Pensaba en esa sensación que ratazo me rondaba. Y Patrocinio, que no era lerdo, en seguida supo filiarla." 

     "- También, trabajo por cuatro… y no  digo cinco por no alardiar  al cuete- contesté, riendo por primera vez en la tarde-. Dende que se jué Don Segundo, casi ni tiempo pa miar he tenido... 

      "- Y es porque estabah' necesitao que me caí pa darte una mano; cuando Don Segundo me anotició que andabah' presisando un puestero me vine cuantito pude, porque ansí no más debía ser..." 
  
     "- Don Segundo es de pocas palabras- retruqué- pero cuando habla, sindudamente hay q' escucharlo..." 

      "- Si te sirve, entonceh', aquí me tenés… pa lo q´ gustes mandar...- y levantaba las cejas, interrogantes, mientras pasaba la lengua entre los dedos, humedeciendo el papel del cigarrillo."

       "-¿Y de no…?  ¡Bien haiga!, de fijo que no has viajao al ñudo hast´ acá… Dende q' el padrino se   jué, te aseguro q' el trabajo me tiene atosigao...- y pensaba que siempre las ideas de Don Segundo eran atinadas; que el padrino actuaba con su presencia y también desde su ausencia, como un verdadero Tata."

       "Respiré con ganas, liberado por fín de tanta pesadumbre, tanta tristeza, sin conocer mayormente el motivo de la mudanza, y puse la carne al fuego. Al rato cayó Raucho, que habíale señalado el camino a Patrocinio, y comimos sin impaciencia, como tres buenos compañeros. Algo nuevo parecía estar ocurriendo; una sensación diferente flotaba en el aire, de suerte que a su solo impulso me sentía presa de una alegría grave, contenida."

       "Le ofrecí a Patrocinio quedarse a trabajar conmigo a porcentaje, con gastos y algo como sueldo fijo para empezar, y aceptó de buena gana, sin discusión."
 
        "- Arreglao; lo que voh' digah` ermano, pa mí va' estar güeno."

        “Lo que había que decir estaba dicho. 

        "La noche avanzaba, y las estrellas habían cambiado el firmamento. El aura se colaba por la ventana abierta. Las brasas todavía calentaban el culo tiznado de la pava, y en tranquilo atardarse, cimaroneábamos otra vez. Raucho habíase despedido, comprometido como estaba con un viaje de varios meses, encargándome le galopara unos redomones. Cada tanto nos mirábamos sin hablar, con silencio de asentimiento. Armamos otros cigarrillos y nos convidamos sin mojarlos. La luz de la lámpara empezó a temblar con la brisa nocturna; las sombras flamearon sobre las paredes, tocaron el techo y cayeron al suelo como harapos. De repente y animado por un renuevo de ganas irreprimibles, dejé caer la pregunta: 

       "- ¿Y Paula, tu hermana, cómo está? Ya se debe haber casao, ¿verdá?- Pitando hondo y escarbando las brasas con una ramita, esperaba la respuesta como quien no quiere la cosa. El corazón me corcoviaba en el pecho como zorro entrampado, y escupí lejos unas hebras de tabaco pegadas a los labios." 

     "- Bien, la Paula está guapa como siempre, y se ha mudao al pueblo; se ha conchabao en El Progreso, un almacén de Ramos Generales. Prontito aprendió a yevarle lah cuentah´, y´ a risultao como la mano derecha' e la dueña, una viuda' e la zona- comentó como al descuido Patrocinio. Chupó con ganas de la bombilla y al terminar, la bulla del mate aturdió mis oídos con viso de estampido."

     "- ¿Si se a casoriao querís saber? - continuó-. No, entoavía no; deseguro no ha juntao tiempo, porque lo q' eh' gavilanes que le arrastren el ala no le ´ an faltao- y riendo me devolvió el mate, ya lavado. Metió luego los dedos en un bolsillo de la blusa y sacó un sobre arrugado."

     "- M' encargó que si te hayaba, te alcanzara esto-  y entreabriendo la puerta, asomóse hacia la noche, respirando con golosa voluntad el aire fresco-. 'Ta que se ´stá lindo acá, cuñao- y se retorcía descoyuntándose, cansado del viaje, por demás regular."

     " – Te vah´a quebrar- le advertí risueño. Me incorporé también, exigido por mi pobre impaciencia, y con un golpe seco abrí el sobre. Un papel celeste, muy suave, me habló de tiempos ya lejanos, alborotando un sentimiento que habíase guardado quietito como pichón en el nido. Arrimé la carta a la lámpara y estiré el papel para sofrenar el temblor de los dedos. Entonces leí, una y otra vez, estas frases que, con poco, lo decían todo:

     "Todavía no tengo dueño que me ande mandando. Pero...ni falta que me hace. Ahora, si tiene un arreo y anda por estos pagos, no deje de visitarme. Será bien recibido. Saludos, Paula."  

    "Más fuerte que nunca vino a mí el deseo, y el recuerdo de su carita desfachatada y alegre como canto de jilguero, me insultó como un relámpago en la mente. Era más que probable que no esperase a tener un arreo para caerme por allá. Sindudamente lo haría antes. Sí señor, en cuanto Patrocinio se hallara con el nuevo trabajo, juntaría unas pilchas y, con la tropilla por delante, me largaría otra vez al callejón. Pero ahora sería para volver, porque la suerte, como en la riña de gallos, parecía otra vez tallada en punta de mi lado. Y no la iba a dejar pasar, no señor."

     "Como la noche suele ser medio traicionera y no hay que andar llevándosela por delante, salí de a pedacitos hasta afuera. Hondamente respiré el aliento de los campos dormidos. Encima nuestro, el cielo estrellado parecía un ojo inmenso, lleno de infinitas luces que tiritaban con renovado fulgor. Un perro ladró a lo lejos, y el cencerro de Garúa tintineó brevemente con sugestiva cercanía.”    

      “Me arrimé a un poste esquinero, saqué un armado del bolsillo de la blusa, y en tranquilo estarse lo encendí y empecé a escupir nubecitas de humo al aura de una noche que ya no me apretaba las carnes…”

     “Recordé mientras pitaba: …Prontito aprendió a yevarle lah cuentah`, y´ a risultao como la mano derecha' e la dueña…”

    “Como gallito de veleta sacudido por el pampero, el relato de Patrocinio principió a alborotar mi entendimiento con voluntad propia, mientras mi fantasía empezaba a trabajar, animada por una fuerza salida vaya uno a saber de dónde. Pero… ¡Bien haiga!, tan luego esto me ganaba a mí que, malgrado el esfuerzo puesto, fuí alvertido con inveterada paciencia por Don Leandro: “Pucha con este mozo, si nos está resultando un tanto flojón pa emprestarle la necesaria atención a los números...”

     “Principiaba a remozarse una pícara alegría, cuando malicié la atropellada de  ideas frescas  que buscaban cebarme como ganso  clavado en una tabla…

    “¿Qué más te da?, había preguntado mi padrino.  Pegué una última pitada al hija´el Toro y me ejecuté dentro del rancho. Sí, ¿qué más me da…? - pregunté yo.”

     “-¡¡Ellos y se vinieron!! -gritó uno de los mirones- ¡¡La carrera está puesta!! ¡¡Puesta pa todo el mundo!!-  repetían las voces.”

     “Adueñado del secreto, sin buscar plaito ni reparar en naderías, el campo entero  habíase pronunciado con sobrada justicia, y aurita no más tendíase en honduras sin fin aguardando recibir con silencioso goce la caída del sereno."                                            
          
                                                      La Porteña, Mayo de 1926                                                            

                                                               

 

 

 

 

  

 

lunes, 18 de julio de 2016

Muerte del cacique Painé, por Santiago Avendaño (relato histórico)

     Inmediatamente de morir Painé, su hijo primogénito Calvaiû sucedió a su padre (Chu): Ordenó colocasen el cadáver como es de costumbre en su lecho de muerte, que le vistiesen todas sus prendas, y mandó chasques á todos los caciques. Se dirigió á Pichuiû expresándole su sentimiento y pidiéndole fuerza armada para reunir en una junta general todas las mujeres de sus departamentos, á fin de hacer un ejemplar con las brujas que se habían ensañado tan luego con el cacique de más nombradía. Suponían que es por el poder de estas que aconteció la muerte del gefe indio.

     Pichuiû mostró su pesar hasta donde pudo y condescendió con la requisición de mandar gente armada de lanza y bola. Mientras tanto en el lugar del suceso había una locura feroz.

     Al día siguiente después del velorio de uso, mandó Calvaiû que le llevasen todas las mujeres que hallasen en los toldos. Evacuada esta operación, reunieron las que estaban allí con las recién traídas, les formaron cerco hombres de á caballo con lanza. Vino Calvaiû y determinó que todo hombre que en aquella reunión de mujeres tuviese dos, dejaría matar una, el que tuviese tres dejaría matar dos, y el que tuviese una, la perdería. Se ejecutó esta bárbara disposición sin que nadie dijera una palabra, por que además que era una necesidad, se decía, dar un golpe á las brujas, era un deber cumplir con la ley del caso. Una multitud de infelices tán alegres y llenas de vida el día antes ahora se desgarraban sus vestidos desesperadas por eludir el ser nombradas en la sentencia. Apiñadas todas y circuladas, no se veían más que semblantes llenos de angustia; cada una miraba a la muchedumbre que las guardaban con una sonrisa llena de amargura como implorando compasión. Todas lloraban, todas llamaban, pero nadie las oía, una decía en el colmo de la desesperación “para que nos tienen así, nosotras no somos brujas”. Otra repetía “yo estoy criando, mi criatura es pequeña”. Más allá decía alguna: “mis hijos son chicos y van á quedarchicoiû, huérfanos, pobres mis hijos. ¡El padre ni siquiera me defiende!”.

     En medio de este caos se presenta Calvaiû con su escolta, ordena que de estación en estación se vayan entre sacando de la multitud y las vayan matando, hasta llegar á una loma donde había dos algarrobos y donde se había mandado cavar la sepultura. Las más ó menos muertes dependía de las más ó menos estaciones que se hicieran.

     La sepultura distaba del toldo como unas seis cuadras, y este trayecto debía tener en distancia un montón de brujas asesinadas. Toda la vía quedó marcada con los cadáveres, bárbara y salvaje expiación á las manos del cacique.

     Ya hemos visto que la mujer más querida de Painé era la vieja que él mismo la había separado de las otras tres que tenía consigo, sólo esta mereció el respeto de sus hijos y de los demás ardientes adictos a la matanza. Nadie osó incomodarla ni decirla una palabra, las tres recién viudas hacían parte de aquél rebaño de ovejas que se oprimían entre sí, revolviéndose para no ser designadas como cuando se entra á elegir una res en una majada, que todas se atropellan topándose unas sobre las otras, cayendo algunas para no levantarse sinó todas pisoteadas y contusas. Ni más ni menos tal era el aspecto de aquél espantoso drama con todos sus horrores.

     Painé era casado con dos hijas del cacique Caibuñaim (Alcon-Azul, hermanas de padre y madre), jóvenes aun, especialmente la menor, y una cautiva llamada María, natural de Córdoba. Esta señora que tenía ya sus 40 años, tampoco se la hizo partícipe de la ignominia de sus colegas.

     Por fin cuando fue tiempo de hacer la primera ejecución, se presentó Cailbuiñ (padre y abuelo político de Calvaiû) pidiendo se le concediese salvar sus dos hijas, aquél padre venía con el dolor escrito en su semblante. Calvaiû en atención al respeto debido á este anciano por sus méritos, hizo lugar á la petición concediéndole la menor, dejando la otra para cumplir con la ley y haciéndola seguir á su marido al Alhué mapú o tierra de la eternidad.

     Entró Cailbuiñ al rebaño de infelices, extendió la mano hácia su hija que ya no veía por las lágrimas, se asió de la mano de su padre y al salir muchas se prendieron de ella creyendo salvarse; pero Cailbuiñ les dijo que no podía sinó librar a su hija. En esto vé la otra que sacaban á su hermana y la dejaban á ella, y le grita en medio de aquél bullicio:”padre mío, ¿no soy también su hija, por qué me deja? No sabe que tengo un puñín chiquito?” El padre hizo un movimiento desesperado con la mano, como quien dice paciencia y no pudo hablar.

     Calvaiû ordenó la primer ejecución designando una á una las que debían morir, y en el acto las sacaron de la masa de mujeres arrastrándolas, asiéndose estas pobres de aquellas que quedaban a su lado, metiéndose otras entre las piernas de las que no eran nombradas, creyendo evadirse. Más de ciento veinte esperaban esa suerte. Allí en medio de las súplicas las más conmovedoras, en medio de los gritos, de los llantos, mezclado todo con los relinchos de los caballos, se mataron ocho desgraciadas. La procesión se movió con el cadáver y el arreo de brujas por detrás con su correspondiente seguridad; á poco andar se hizo alto, era para repetir la matanza; se designaron otras ocho brujas ó no brujas, y luego fueron sacadas como las primeras y muertas á bolazos y á puñaladas, y la que se disparaba buscando salvarse, la lanceaban.

     En esta vez aun no nombró Calvaiû la viuda de su padre y mandó seguir el cortejo fúnebre. En la marcha pausada que llevaban era mayor la angustia de tantas víctimas. Fue preciso hacer una tercera parada, y en ella designó Calvaiû otras ocho que fueron tomadas con la misma crueldad que las anteriores y muertas en el acto, quedando sus cadáveres palpitantes como para señalar aquella via de dolor y de sangre. Continuó todo el acompañamiento en el mayor orden y gravedad. Se oía de cuando en cuando gemir ya á un marido cuya mujer la había visto matar ó marchaba á la muerte, ya á un hermano, á un padre y por fin parientes ó deudos inmediatos de las que habían muerto ó estaban para morir. 

     Llegóse por último al pié de los dos algarrobos donde estaba ya la fosa para guardar la venerable reliquia de Painé. Allí se pararon todos, cadáver, acompañamiento, brujas, todo; se presentóCalvaiû y designó otras ocho mujeres que también fueron víctimas de aquél fanatismo feroz. Entonces se introdujo en la fosa el cuerpo de Painé vestido con lo mejor, puestas sus espuelas de plata, su montura bien envuelta llevando en ella sus estribos de plata, su llochocon ó chapeado, etc.etc. Mandó Calvaiû traer la criatura que criaba de pechos la mujer de Painé y que iba allí, y luego que la trajeron se la hizo entregar á la madre diciéndola “dale de mamar por última vez al niñito”. Ella desconcertada de esta voz le dijo, “¡Y qué!, ¿ni de estar criando me vale siquiera para que no me maten?” Calvaiû replicó: “Es preciso que sea así, no porque seas bruja, si lo fueras no irías acompañando á mi padre dentro de la fosa, bien sabes que su primer ó principal mujer tiene que ir con él”. Lanzó un grito de horror la china y llorando y en voz alta le dijo: “Yo no soy la primer mujer del muerto ó la principal, en ese caso tu madre es la que debe acompañar hasta en su vejez á su marido, no yo que soy nueva para él”. “Mi madre”, replicó él, “ya no era parte de las mujeres de mi padre porque para él ya no vivía, puesto que la separó por la vejez, si hubiera estado viviendo con él hasta ayer, entonces sería ella”. Durante este diálogo, la criatura llena de alegría lactaba del pecho y lo soltaba jugueteando con él. La china con sus hermosas trenzas de pelo sueltas sobre sus espaldas y el rostro en señal de pesadumbre, no hacía mención a las muchas monadas de la criatura porque su corazón ya no era de madre sinó de una mujer en agonía.

    Llegó la hora, quítanle la criatura del seno, tómanla á ella y de un solo bolazo en el cráneo en la parte superior, fue lo suficiente para que dejase de existir, colocándola al lado izquierdo de su marido, cerraron con gruesos palos la boca de la sepultura; luego encima le pusieron paja y tierra de todo un terraplén. Ahorcaron cinco de sus caballos de pelea al pié de su sepulcro y le mataron un número crecido de ovejas. Concluido esto se retiraron todos.

    Calvaiû llamó a la cautiva María que había sido mujer de su padre muchos años y le entregó la criatura huérfana para que la criase con todo cuidado. La pobre María lloraba tal vez de miedo y no por la muerte de su marido. Este fue el fin de ponderado guerrero Ranqueilche Paineguor, y el principio del gobierno de su hijo y sucesor Calvaiû que también tuvo su fin trájico tirando al blanco con una pistola sentado sobre unos cajones de cartuchos de cañón y muy cerca de un montón de cuñetes de pólvora. Tiró y por fortuna acertó á uno de esos cuñetes, la explosión del primero ocasionó la de todos y voló él junto con los cajones, acompañado de 25 indios. Estos cuñetes fueron dejados en la expedición al norte del señor don Emilio Mitre, diciembre de 1857, cuando se perdieron, murieron muchos de sed y se volvieron llenos de desaliento.

Escribo como testigo ocular

                                                                  Santiago Avendaño

·
La Revista de Buenos Aires, Tomo XV, 1868.-


Nota: En el Tomo XVI, bajo el título “La fuga de un cautivo de los indios”, Santiago Avendaño cuenta en otra interesantísima narración de cómo fugó de las tolderías, y los avatares del cruce del desierto hasta llegar sano y salvo a las poblaciones de San Luis.

Estos son los dos únicos artículos que publicó en vida Avendaño. Sus papeles y escritos se los apropió Estanislao Zeballos en 1879, a cinco años de su muerte, , sacando de allí el contenido de su famosa trilogía Callvucura, Paine, Relmu. Ver en   http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2011/10/mesa_6/diez_mesa_6.pdf : La Trilogía de Estanislao Zeballos, historia de una apropiación hegemónica, por Beatriz S. Díez

sábado, 28 de noviembre de 2015

Sueños y Vigilia, Fantasías y Realidad


Sueño, luego ¿existo? Estoy  despierto, percibo el mundo exterior y la ebullición de mi mundo interior, luego ¿existo? Ambas realidades mías, la onírica y la vigilia, son absolutamente mías. Percibo al mundo externo a través de mis sentidos, y percibo al propio tiempo a través de mi vida mental y emocional, mi realidad interior. Pero ese conjunto de sensaciones y percepciones no existen sin mí, sin mi participación. Puedo decir que el mundo existe pero también lo contrario si no es a través de mi participación. Centrado en el sueño y la vigilia, arbitrariamente le doy un rol a cada uno en mi realidad. Con el término sueño, incluyo a la actividad mental de la imaginación, las percepciones interiores, en fin, a todo mi mundo interior, con o sin conciencia, y hago una operación mental separándolo de lo que llamo “el mundo real”, la exterioridad en la cual me incluyo como ser biológico. Pero esa separación entre el “mundo real” y, llamémoslo así, “mundo virtual”, es absolutamente arbitraria y tiene fines puramente utilitarios para la vida cotidiana y las relaciones sociales. Pero si decido abandonar lo arbitrario y permito el juego de mis percepciones, sensaciones, emociones, pensamientos, elucubraciones, y hago interactuar mis sentidos, que son mucho más que cinco y sus percepciones del mundo exterior (aunque en realidad no es “el mundo exterior” sino mi aprehensión particular de él) con mi mundo interior, al que no dudo en definir como propio, personal y hasta prácticamente intransferible, compruebo que tanto puedo soñar una realidad como vivir un sueño. En otras palabras, mi realidad no es unívoca ni se encuentra encasillada en compartimientos estancos. Variable, dúctil y versátil, esa realidad me señala, ahora, en este momento en que estoy escribiendo, que es parte de un sueño. Sueño que escribo, que estoy escuchando radio, que ya es hora de almorzar aunque no tengo hambre, que hace calor, etc. Todo eso que siento y percibo es parte de un sueño. Y en mi vigilia, como si estuviera dormido y soñando, mi mente percibe, no construye, percibe otra realidad, o la misma transfigurada, y el mundo interior plagado de recuerdos, sensaciones e imágenes cobra vida, tan real, tan verídica, tan verdadera como la mencionada anteriormente. Y digo que percibe y no construye porque, a priori, acepto darles el mismo valor, la misma consistencia en cuanto a veracidad de mí mismo. ¿Y qué sucede en esa realidad virtual, como la definí anteriormente? Estoy en una cancha de golf, practicando el primer tiro del hoyo uno, salto a una radio donde estoy hablando de futuras políticas de Salud, o estoy almorzando con ella en un restaurante de la ciudad, y todo esto  es tan real como lo que veo ahora escrito en la pantalla. Ambas realidades son igualmente válidas para mí, y si le puse el mote de virtual a una es para explicarme mejor, no que  lo necesite para entenderme. La voluntad de liberar las realidades oníricas y de vigilia y que ocupen mi mente de acuerdo a los deseos de mi yo integrado sin recursos arbitrarios de divisiones (donde buscando claridad a menudo todo oscurece), el mundo propio se expande. Si toco pero no toco, si veo pero no veo, si oigo pero no oigo, si hablo pero no hablo, si escribo pero no escribo tiene para mí igual valor, igual peso y consistencia que si toco y parece que toco, si veo y parece que veo, etc.

Vuelvo a la palabra construir, que arriba descarté. Construyo una realidad virtual, onírica, imaginativa, impregnada de recuerdos, ideas, elucubraciones y sensaciones varias. Y también construyo una realidad en la vigilia, impregnada de percepciones del mundo exterior y vivencias y sensaciones interiores. Construyo y desarmo, y las hago interactuar. Se ensamblan esas construcciones, participan de un mundo interior muy particular donde la mente encendida deja circular corrientes variadas sin preconceptos, sin valoraciones, sin filtros. Es algo así como “lo tuyo”, “lo mío” y “lo nuestro” en una pareja, donde la democracia reina y no hay jerarquías, hay respeto, comprensión y comunicación. Interactúan, y se acompañan. Así es como el mundo propio y personal puede funcionar consigo mismo, sin calificaciones ni descalificaciones, sin conflictos, sin rencores ni remordimientos, valorando sin escalas “todo lo que es mío”, y dejándose llevar por el juego de las interacciones como de los protagonismos temporarios. Ejemplo: Estoy con un grupo de trabajo elaborando estrategias para llevar adelante un plan de Salud comunitario. Sé entonces por dónde haré circular las corrientes de energía de la mente, abocada a encontrar  material interno como a valorar el material externo volcado en ese momento por el grupo. Por otra parte, estoy acostado en la cama, solo, descanso, escucho música, bebo algo, fumo un cigarrillo, deseo tenerla a ella a mi lado, sentirla a mi lado, que ha recostado la cabeza sobre mi pecho, paso un brazo por debajo de ella sintiendo su espalda, la mano en el hombro, el pelo derramado sobre mi cara y  mi cuello, sus piernas acurrucadas contra las mías, me mira de pronto y sonríe, la beso, me besa… Tanto lo uno como lo otro son mi realidad, que simplemente “es” y no requiere verificación.

Herman Hesse en “El lobo estepario” hablaba de “abandonar este tiempo, este mundo, esta realidad, y entrar en otra realidad más adecuada a uno, en un mundo sin tiempo, en ese mundo que uno sabe dónde se oculta, porque es el mundo de la propia alma; que nadie puede darle nada, a otro, que no exista ya dentro de sí mismo, y que sólo puede ser dada la ocasión, el impulso, la clave, para  ayudar a hacer visible el propio mundo.” Hablaba también de “...la idea equivocada de que el hombre sea una unidad permanente, ya que consta de una multitud de almas, o yos, cuya separación de la aparente unidad, se tiene por locura. Se puede completar con ellas distintas figuras, mediante el arte reconstructivo, acoplando los trozos siempre en el orden que se quiera, para lograr una ilimitada diversidad del juego de la vida, con pedazos de sí mismo, todos parecidos entre sí desde cierta distancia, todos como pertenecientes a un mismo mundo, como comprometidos al mismo origen, pero cada uno, sin embargo, enteramente nuevo. Esto es el arte de vivir; se puede animar, complicar y enriquecer al propio capricho  el juego de la vida, y los deseos, sueños y posibilidades, previamente vivos sólo en la fantasía, cobrarán entonces realidad y tomarán vida.” 
Hace un tiempo escribí esto:
                                                  A  HORCAJADAS
    Dicen que cuando la ficción supera a la realidad, ésta, irritada, pega un brinco y se  monta a horcajadas sobre la ficción. Se afirma sobre sus muslos duritos con las piernas entreabiertas, la  contempla con mal disimulada furia, las crenchas sobre la cara, luego lanza una sonora carcajada mientras toma entre sus manos crispadas esa cabeza de locas ideas y elucubraciones, se inclina sobre ese rostro, que ya no desea otra más que  eso, y con la boca muy abierta, muerde, muerde en los labios, muerde en las mejillas, muerde  orejas, muerde  párpados, muerde la nariz de fino olfato, muerde nuevamente esa boca idílica y sutil, y  se prende de ella hasta hacerla sangrar, y entonces bebe, bebe a tragos necesitados y vehementes esa savia espesa, dulce y salada, que brota y fluye en dilatados borbotones  y tiñe hasta el cuello con su  carmín pegajoso. Sorbe esa viscosa  fragancia hasta la saciedad, y poco a poco, la engulle, la devora  hasta su completa asimilación.
     Cuando la ficción vuelve en sí, descubre con asombro que ya es parte de esa realidad, aunque presiente, muy dentro suyo, que otra realidad ya se apronta para saltar sobre ellas y montarlas a horcajadas.
Dos visiones de una sola visión. Dos maneras de describir lo mismo. Otra más:
          
                               AY, SOFÍA

         Sofía regresaba a su casa, por la tarde, la calle  estaba desierta y escuchaba sus pasos rítmicos contra las baldosas de la vereda. Unos labios húmedos  te recorren la garganta, se prenden de los botones de tu pecho, transitan tu abdomen dejando un rastro  de pelos sesgados, te besan en las ingles, alternadamente lo hacen. El susurro del viento entre las hojas de los árboles le recordó de pronto otra calle, otro destino, claro que era más joven. Luego dejan espacio a los dientes que muerden  la piel del pubis, muerden entre la maraña del vello, muerden los bordes del miembro, lo circundan dejando por momentos el espacio a  la lengua que saborea de antemano  promesas más agitadas.. Aún lo soy, pensó, o creyó pensarlo, sin saber a qué atribuir el origen de esa inquietud. Pasean los labios por el dorso y se apoderan del extremo más sensible. La cartera de cuero colgaba de un hombro y se aferró con energía a la correa, como el soldado sostiene el fusil. Ya dentro de la concavidad de su boca, no respiras esperando adivinar la llegada  del placer o del cuasi dolor. Claro que no voy a la guerra, volvió a cavilar, ¿o si?, y se estremeció al descubrir el jardín y luego el camino de entrada de su casa. Bajan sus labios una vez más, viajan por el interior de tus muslos, una y otra vez, hasta que su lengua se apodera, erecta y segura, de tu centro. ¿Mi casa?, recapacitó con sobresalto, y la inundó súbitamente una sensación de extrañeza. Se demora y juega, endureciendo los músculos de la cara, mientras sus manos se unen,  allá arriba, sostén íntegramente robusto. Algo anda mal, si no quiero reconocer lo que conozco y sé mío. De pronto, Sofía decide regresar hacia la adhesión simétrica,  con húmedas escalas.  Los pájaros vespertinos, con variados, y agudos trinos, como la luz de la tarde que se filtraba entre las hojas de los árboles, enturbió y finalmente cubrió el flujo de pensamientos  que alguna rendija espontánea había dejado escapar. Paseas las manos por su boca, luego por su cuello, por sus senos, su vientre, y ya los labios de Sofía se apoderan de los tuyos cuando se enfunda buscando el perfecto contacto. Escapar...escapar ¿hacia dónde?, y entonces mordió con fuerza algo intangible entre los dientes, la mirada perdió brillo, y se endureció desde los músculos de la nuca. Ella se estremece con movimientos circulares de su pelvis  en cadencia perfecta.  Se aferró aún más a la correa, que desprendió del hombro al pisar el porche de lajas de la casa. La piel  tiembla sobre la piel, las bocas y las lenguas asisten al juego de los dos sentidos y las manos se agitan como anguilas en busca de esto,  eso o aquello, que empieza a brotar desde distintos puntos, como estrellas en la noche que se abre. Metió la otra mano en el bolso, extrajo un manojo de llaves, seleccionó una con gesto automático, la hundió en la cerradura, y al sentir el  crujido de metales, se detuvo. Esto, eso y aquello van tomando una forma singular que irradia luz, color, y sonido, hasta que el todo comienza a latir con pulso agitado.  Empujaré la puerta, entraré, y volveré a ser yo misma, se dijo con una voz que apenas logró reconocer como propia. La marea ascendente marca el sístole diástole de los cuerpos que se unen y se desprenden  y se derraman entre si y para sí.... Mi propia vida aquí, dentro de esta casa…, y caminaba por el pasillo, apoyaba en una mesa la cartera y las llaves, se quitaba el abrigo, y entraba en su cuarto.

Interludio.

Se detuvo, volvió sobre sus pasos, pasos que nuevamente  no reconocía como propios, tomó el abrigo, alzó la cartera y las llaves y, antes de  llegar a la puerta, ésta se abrió con el  gemido prolongado de siempre. Él pasea morosamente una mano, recorriendo como legítimo dueño  la forma dormida de Sofía...   Una sombra alargada se enmarcó en la contrastante luz exterior. Busca despertarla, volverla en sí, busca el regreso. La voz masculina de siempre  la saludó. Comienza a besarla, desde la cintura comienza a besarla.. No pudo responder. Y la mano cubre el nacimiento de los muslos.. Uno responde a las voces que conoce, pensó, mientras él se acercaba. La boca se arrima a la mano, y hunde la lengua en la profundidad de Sofía.. Persistió inmóvil. Sofía respira entrecortadamente y lo toma de los cabellos revueltos. Dura como piedra, recibió una mano sobre su hombro y unos labios que buscaron los suyos. Él parte en dos a Sofía  con la boca entreabierta; la lengua embate como arma que se sabe precursora. Respiró hondamente y comenzó a caminar hacia la puerta. Hay quejas y gritos entrecortados de ambas partes. Alguna persona que conozco, o que en realidad no conozco me está empujando hacia fuera de mi casa, pensó. Él se vuelve,  y asciende con la boca, como gusano pegado a un tronco. Y entonces sintió el contacto de la mano y de los labios.  Se encuentran nuevamente simétricos y ondulantes.. Se detuvo y se volvió. Se demoran, nada los asusta, nada los apura, nada los detiene. Lo observó mientras él caminaba por el living. Alcanzan el momento... Me voy, me quedo, me voy, me quedo...Con las bocas, con la piel, con el centro de la pelvis, con el sexo íntegro.
     -Hola...- la voz se desprendió de ella como un alumbramiento. Las hojas de los árboles caducos, caen poco a poco hasta desnudar las ramas cuando culmina el otoño. Algo parecido le ocurrió a ella en ese momento, pero a la inversa, y rápidamente. Se cubrió de hojas que treparon desde el piso por sus piernas, por su torso, por sus brazos  y su cuello, hasta cubrir el cuerpo entero,  mientras viraban del marrón oscuro al verde brillante. “Sí, es cierto, era otra y ahora soy otra”, pensó al mismo tiempo que un deseo incierto circuló por sus venas. “Cuando te encuentre lo sabré”, se dijo, y lo tomó de un brazo, y cuando él se volvió, le devolvió el beso.
    Los ruidos y sonidos de la noche se filtraban por la ventana entreabierta del dormitorio. Las cortinas, leves, se estremecían con la brisa, y los grillos custodiaban el jardín. Poseen el don de la oportunidad, y callan ante un paseante nocturno, alertando con el silencio al que duerme, que de pronto despierta y no sabe porqué lo hace...
   Ay, Sofía, que despertó de pronto con el silencio. Respiraba agitadamente, acostada boca arriba, pues al volver en sí la invadió la confusa sensación de extrañeza que provocaba esa inexplicable pero  imperiosa necesidad de incorporarse, vestirse, tomar la cartera y las llaves y salir corriendo hacia ninguna parte...



Sueño y vigilia, fantasía y realidad. Ondas de radio de distinta frecuencia, que percibe un mismo receptor y que arbitrariamente codifica y cataloga…Y para evitar el ruido y la posible confusión, establece el cuándo y el cómo para cada cual y asimismo elabora una escala de valores en base a una supuesta utilidad para encarar la vida cotidiana. Pero no percibe la necesidad vital de la mente de liberarse de esas ataduras y bloqueos y manifestarse abiertamente por los canales que encuentre oportunos en cada momento para canalizar la energía sin discriminar ni su origen ni su destino.