miércoles, 23 de septiembre de 2026

VARIACIONES SOBRE DON SEGUNDO SOMBRA (adelantos del proximo libro editado por Autores de Argentina)

 

Un ensayo novelado de la bildungsroman

Extractos de DSS, notas críticas y opiniones, un epílogo y relatos camperos a propósito de la bildungsroman (*) de Güiraldes, conmemorando los 100 años de la primera edición, Julio 1926, Editorial Proa, San Antonio de Areco. Ilustrado por Gianni Dalfiume.


Con su licencia, Don Ricardo…  


 

 

                   PRIMERA PARTE

 

 

                DON SEGUNDO SOMBRA

 

                     MITO Y/O REALIDAD

 

            APOLOGÍAS Y DETRACCIONES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

    INTRODUCCIÓN I

 

     En Mamaguita, una estancia de la familia de mi padre situada en el partido de Veinticinco de Mayo, apareció, por los años sesenta, en el fondo de uno de los baúles -fruto del embalaje de los innumerables papeles de mi abuelo- un ejemplar de la primera edición del Don Segundo Sombra, impreso en julio de l926 por Editorial Proa, en San Antonio de Areco.

 


      

   Vaya a continuación parte del capítulo I y el capítulo final de ese ejemplar de la primera edición como necesaria referencia para un inicio apropiado del pot-pourri que pretende desarrollar un ensayo novelado de la  bildungsroman de Güiraldes.

                              COMIENZO Y FINAL DE             

 

   


            
       

                                                

                                                          

                                                 I.

 

     En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo.

    Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagresitos, que luego cambiaría al pulpero de “La Blanqueada” por golosinas, cigarrillos o unos centavos.

   Mi humor no era el de siempre; sentíame hosco, huraño, y no había querido avisar a mis habituales compañeros de huelga y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir las chuscadas de uso.

    La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla.

     Pensaba.  Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de “guacho”, como seguramente dirían por ahí.

    Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían, imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o verticales entre sí.

    En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tías, mi prisión.

    ¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Mi protector Don Fabio Cáceres? Por centésima vez aquellas preguntas se formulaban en mí, con grande interrogante ansioso, y por centésima vez reconstruí mi breve vida como única contestación posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una obsesión tenaz.

    ¿Seis, siete, ocho años? ¿Qué edad tenía a lo justo cuando me separaron de la que siempre llamé “mama”, para traerme al encierro del pueblo so pretexto de que debía ir al colegio? Sólo sé que lloré mucho la primera semana, aunque me rodearon de cariño dos mujeres desconocidas y un hombre de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de “m´hijito” y dijeron que debía yo llamarlas Tía Asunción y Tía Mercedes. El hombre no exigió de mí trato alguno, pero su bondad me parecía de mejor augurio.

    Fui al colegio. Había ya aprendido a tragar mis lágrimas y a no creer en palabras zalameras. Mis tías pronto se aburrieron del juguete y regañaban el día entero, poniéndose de acuerdo sólo para decirme que estaba sucio, que era un atorrante y echarme la culpa de cuanto desperfecto sucedía en la casa.

    Don Fabio Cáceres vino a buscarme una vez, preguntándome si quería pasear con él por su estancia. Conocí la casa pomposa, como no había ninguna en el pueblo, que me impuso un respeto silencioso a semejanza de la Iglesia, a la cual solían llevarme mis tías, sentándome entre ellas para soplarme el rosario y vigilar mis actitudes, haciéndose de cada reto un mérito ante Dios.

   Don Fabio me mostró el gallinero, me dio una torta, me regaló un durazno y me sacó por el campo en “sulky” para mirar las vacas y las yeguas.

   De vuelta al pueblo conservé un luminoso recuerdo de aquél paseo y lloré, porque vi el puesto en que me había criado y la figura de “mama”, siempre ocupada en algún trabajo, mientras yo rondaba la cocina o pataleaba en algún charco.

   Dos o tres veces más vino Don Fabio a buscarme y así concluyó el primer año.

 

    (…)

 

    Gradualmente mis recuerdos habíanme llevado a los momentos entonces presentes. Volví a pensar en lo hermoso que sería irse, pero esa misma idea se desvanecía en la tarde, en cuyo silencio el crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras.

    El barro de las orillas y las barrancas habíase vuelto de color violeta. Las toscas costeras exhalaban como un resplandor de metal. Las aguas del río hiciéronse frías a mis ojos y los reflejos de las cosas en la superficie serenada, tenían más color que las cosas mismas. El cielo se alejaba. Mudábanse los tintes áureos de las nubes en rojos, los rojos en pardos.

    Junto a mí, tomé mi sarta de bagresitos “duros pa morir”, que aún coleaban en la desesperación de la asfixia lenta, y envolviendo el hilo de mi aparejo en la caña, clavando el anzuelo en el corcho, dirigí mi andar hacia el pueblo en el que comenzaban a titilar las primeras luces.

    Sobre el tendido caserío bajo, la noche iba dando importancia al viejo campanario de la Iglesia.

 

 

                                           XXIIX. (sic)

 

 

   La laguna hacía en la orilla unos flequitos cribados. Por la parte media, en unos juncales ralos gritaban los pájaros salvajes.

   Una fatiga grande pesaba en mi cuerpo y en mis pensamientos, como un hastío de seguir siempre en el mundo sembrando hechos inútiles.

    Iba a pasar un momento triste, el momento que en mi vida representaría, más que ningún otro, un desprendimiento.

    Tres años habían transcurrido desde que llegué, como un simple resero, a trocarme en patrón de mis heredades.  ¡Mis heredades! Podía mirar alrededor, en redondo, y decirme que todo era mío. Esas palabras nada querían decir. ¿Cuándo, en mi vida de gaucho, pensé andar por campos ajenos? ¿Quién es más dueño de la pampa que un resero? Me sugería una sonrisa el solo hecho de pensar en tantos dueños de estancia, metidos en sus casas, corridos siempre por el frío o por el calor, asustados por cualquier peligro que les impusiera cualquier caballo arisco, un toro embravecido o una tormenta de viento fuerte. ¿Dueños de qué? Algunos parches de campo figurarían como suyos en los planos, pero la pampa de Dios había sido bien mía, pues sus cosas me fueron amigas por derecho de fuerza y baquía.

    Está visto que en mi vida, el agua es como un espejo en que desfilan las imágenes del pasado. A orillas de un arroyo resumí antaño mi niñez. Dando de beber a mi caballo en la picada de un río, revisé cinco años de andanzas gauchas. Por último, sentado sobre la pequeña barranca de una laguna, en mis posesiones, consultaba mentalmente mi diario de patrón.

     Si al recibir mi campo de manos de Don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría aun dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fué recibir de Don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.

     Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vivido un instinto salvaje, que me hacía tender una cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.

      La casa grande y vacía, poblada de muebles serios, como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo de otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.

      Como el potrero a cargo de Don Segundo quedaba lindando con el campo de los Galván, nos reuníamos frecuentemente con Raucho. Nuestra amistad se había sellado muy pronto, ofreciéndonos como prenda de simpatía el gusto de intercambiar potros. Él me dió los primeros galopes a unos bayos, que me regaló para entablar la tan deseada tropilla de ese pelo. Yo le correspondí de igual modo y en igual cantidad, con unos alazanes. Mutuamente nos servimos de padrinos durante la amansadura. Nuestro compañerismo, por cierto, no podría haberse cimentado mejor, ni de modo más gaucho. Para dos muchachones que andaban a caballo, de sol a sol, era una forma de estar siempre presentes el uno para el otro.

    Nuestro trato era frecuente en lo de Don Segundo, sin contar los días en que Don Leandro nos llamaba a su lado, para enseñarnos el manejo de un establecimiento. Pero en casa de mi padrino pasábamos los mejores ratos, mano a mano con el mate o una guitarra por medio, mientras el grande hombre nos contaba fantasías, relatos o episodios de su vida, con una admirable limpidez y gracia que he tratado de evocar en estos recuerdos.

    Fué a raíz de estas charlas que Raucho acertó a influenciarme con aficiones suyas. Sabía una barbaridad en cuanto a lecturas y libros. Prestándome algunos me hablaba largamente de ellos. Pero ¡qué diferencia! Mientras yo me veía limitado no sólo por el idioma sino por mi falta de costumbre, él leía con extraordinaria facilidad, lo mismo en francés, italiano y en inglés, que en español. Al lado de esto, Raucho me parecía a veces una criatura libre de dolores, sin verdadero bautismo de vida. Otro motivo de su conversación era el de sus aventuras y diversiones. ¿Qué creía que iba a encontrar?  La vida, a mi entender, estaba tan llena, que el querer meterle nuevas combinaciones, se me antojaba lamentablemente infantil. Mis argumentos simples, nada podían contra su fantasía y al fin, lo dejaba desfogarse a su gusto. Mi nacimiento, por otra parte, me impedía encarar ningún amorío como una diversión.    

    A todo eso, poco a poco, me iba formando un nuevo carácter y nuevas aficiones. A mi andar cotidiano sumaba mis primeras inquietudes literarias. Buscaba instruirme con tesón.

    Pero no quiero hablar de todo eso, en estas líneas de alma sencilla. Baste decir que la educación que me daba Don Leandro, los libros y algunos viajes a Buenos Aires con Raucho, fueron transformándome exteriormente en lo que se llama un hombre culto. Nada, sin embargo, me daba la satisfacción potente que encontraba en mi existencia rústica.

   Aunque no me negara a los nuevos modos de vida y encontrara un acerbo gusto en mi aprendizaje mental, algo inadaptado y huraño me quedaba del pasado.

    Y esa tarde iba a sufrir el peor golpe.

     Miré el reloj. Eran las cinco. Monté a caballo y fuí para el lado del callejón, donde hallaría a mi padrino. Resultaba ya imposible retenerlo, después de tanta insistencia inútil. Él estaba hecho para irse, siempre, y tres años de permanencia en un lugar lo habían saturado de inmovilidad. Demasiado sentía yo en mí la sorbente sugestión de todo camino, para no comprender que en Don Segundo huella y vida eran una sola cosa. ¡Y tenerme que quedar!

     Nos saludamos como siempre.

     A la par, tranqueando, hicimos una legua por el callejón. Entramos a un potrero para cortar campo, y llegamos hasta la loma nombrada “del Toro Pampa”, donde habíamos convenido despedirnos. No hablábamos. ¿Para qué?

    Bajo el tacto de su mano ruda, recibí un mandato de silencio. Tristeza era cobardía. Volvimos a desearnos, con una sonrisa, la mejor de las suertes. El caballo de Don Segundo, dió el anca al mío y realicé, en aquella divergencia de dirección, todo lo que iba a separar nuestros destinos.

      Lo ví alejarse al tranco. Mis ojos dormían en lo familiar de sus actitudes. Un rato ignoré si veía o evocaba. Sabía cómo levantaría el rebenque, abriendo un poco la mano, y como echaría adelante el cuerpo, iniciando el envión del galope. Así fué. El trote de transición le sacudió el cuerpo como una alegría. Y fué el compás conocido de los cascos trillando distancia: galopar es reducir lejanía. Llegar no es, para un resero, más que un pretexto de partir.

   Por el camino, que fingía un arroyo de tierra, caballo y jinete repecharon la loma, difundidos en el cardal. Un momento la silueta doble se perfiló nítida sobre el cielo, sesgado por un verdoso rayo del atardecer. Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre. Y bruscamente desapareció, quedando mi meditación separada de su motivo.

   Me dije: “ahora va a bajar por el lado de la cañada. Recién cuando cruce  el  río, lo  veré  asomar  en  el  segundo  repecho.”  El anochecer vencía lento, seguro, como quien no está turbado por un resultado dudoso. Unas nubes tenues hacían largas estrías de luz.

   La silueta reducida de mi padrino apareció en la lomada. Pensé que era muy pronto. Sin embargo, era él, lo sentía porque a pesar de la distancia no estaba lejos. Mi vista se cernía enérgicamente sobre aquél pequeño movimiento en la pampa somnolente. Ya iba a llegar a  lo  alto  del  camino  y  desaparecer.  Se fué reduciendo como si lo cortaran  de  abajo  en  repetidos  tajos.  Sobre  el  punto  negro  del chambergo, mis ojos se aferraron con afán de hacer perdurar aquel rezago. Inútil, algo nublaba mi vista, tal vez el esfuerzo, y una luz llena de pequeñas vibraciones se extendió sobre la llanura. No sé qué extraña sugestión me proponía la presencia ilimitada de un alma.    “Sombra”,  me  repetí.  Después  pensé  casi   violentamente  en mi padre adoptivo. ¿Rezar? ¿Dejar sencillamente fluir mi tristeza? No sé cuantas cosas se amontonaron en mi soledad. Pero eran cosas que un hombre jamás se confiesa.

  Centrando mi voluntad en la ejecución de pequeños hechos, dí vuelta mi caballo y, lentamente, me fuí para las casas.

    Me fui como quien se desangra.            

                                                         FIN               La Porteña, Marzo de 1926      

      


     MITO Y REALIDAD DE “DON SEGUNDO SOMBRA”                                                                                                                                  

                                            LIMINAR      por Ernesto Sábato

               Edición Crítica, DSS (Paul Verdevoye, coordinador, 1988).

 

   “Un crítico argentino, que pretende utilizar a Marx como maestro sostiene que el Don Segundo Sombra de Güiraldes no existe, que es apenas la visión que un estanciero tiene del antiguo “gaucho” de la provincia de Buenos Aires; lo que es más o menos como acusar a Homero de falsificador, porque exhaustivos registros llevados a cabo en las montañas calabresas y sicilianas no han dado con un solo cíclope.  Con este mismo criterio de naturalista habría que rechazar a Modigliani por su manía de pintar mujeres con gargantas inexistentes. Pero ¿inexistentes dónde? No desde luego en el espíritu del pintor. La diferencia entre Modigliani y una máquina fotográfica es que el arte no es una mera copia de la realidad externa sino un acto onto-creador, más cercano al sueño que al espejo.”

   “Por ahí andaba todavía el modelo que empleó Güiraldes para inventar su personaje. Creo que se llamaba Segundo Ramírez. Los astutos administradores de la fama lo exhibían a los turistas extranjeros. Evité la tristeza de conocerlo, pero aún así puedo asegurar que era un mistificador, porque el auténtico don Segundo es el mito imaginado por Güiraldes, que misteriosamente reveló un secreto de la condición pampeana. Inmortal, como todos los mitos.”

   “Que los sociólogos de la literatura y los profesores de folklore no pierdan tiempo tratando de desautorizarlo”.

 

     ¿MITO O REALIDAD DE DON SEGUNDO SOMBRA?

 

   Ernesto Sábato nos propone que el personaje principal de la novela de Güiraldes sería asimilable al cíclope de La Odisea de Homero, “…porque el auténtico don Segundo es el mito imaginado por Güiraldes”. Para Sábato es “mito y realidad”, ya que encuentra las dos alternativas incluidas en la novela: Por un lado, DSS, el personaje mitológico, y por el otro, una realidad que surge de “la imaginación onto-creadora” de Güiraldes que “misteriosamente reveló un secreto de la condición pampeana. Inmortal como todos los mitos”.

   Trataré de demostrar que hay solo ficción y realidad en el maravilloso trazado que nos ofrece Güiraldes; que no hay mitos en la bildungsroman.

   Que don Segundo Ramírez, de quien habría tomado prestado Güiraldes el nombre y la figura para pintar y dar vida a Don Segundo Sombra, no coincida con la personalidad, modos, o experiencia del personaje de la novela, no quiere decir que DSS sea un ser mitológico. Disiento de la valiosa, erudita opinión de Sábato, y para fundamentarme, remito al lector a las apariciones de DSS en la novela, y lo  invito a tener en cuenta los personajes que veremos en la dedicatoria y que algunos son descriptos al comienzo de la novela Raucho (pág. 31). También transcribiré una parte del primer reportaje hecho a Güiraldes en Crítica (agosto de 1926), luego de publicar su novela, donde el autor de DSS nos explica el primer encuentro con Ramírez, de quien extrajo lo esencial para crear a su personaje (pág.43). “Entre el paisanaje goza de gran prestigio y es muy querido”, termina diciendo de él Güiraldes.  Describir a un personaje de ficción no es lo mismo ni debería confundirse con la invención de un ser mitológico.

   ¡Vamos!, que no toda ficción debe ser considerada parte de la mitología… Los personajes de La Montaña Mágica- para dar un ejemplo- no son comparables con los héroes de La Odisea, por más que ambos autores sepan expresarse en “hexámetros”. “El abecé de una buena historia”, dijo un famoso escritor, “es que esté bien contada, que sea verosímil y que se extienda estrictamente lo necesario”. A mi entender, DSS cumple con estos tres requisitos.

   En el capítulo II, el protagonista joven, al cruzarse por primera vez con DSS en una calle de su pueblo de noche, piensa: “Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea que un ser, algo que me atraía con la fuerza de un remanso…” Esta misma impresión le vuelve a aparecer al final de la novela: “Aquello que se alejaba era más una idea que un hombre”.

   ¿Proponen estas frases la idea del mito, un mito creado por el mismo Güiraldes, como sugiere Sábato? No me parece. Podría, más bien, reflejar una intención inconsciente de Güiraldes de participar como protagonista oculto de la novela, aunque fuera mínimamente, pues esas son, “sindudamente”, frases más propias de don Ricardo que de Fabio.

    Pero, por otro lado, a lo largo de toda la novela, vemos aparecer a DSS como hombre concreto, real, creíble, de carne y hueso, que se convierte en el mentor y el padrino del protagonista joven, con quien pasa los siguientes cinco años mientras éste va creciendo y se va transformando en un hombre.

   Llegado a la pulpería, aparece en el capítulo II el retrato de su aspecto físico: “No era tan grande, en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión de fuerza que manaba de su cuerpo.”

    “El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas.”

    “Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simple chanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un “cabo de güeso”, del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el uso. El chiripá era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello, con las puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo para contener el pie carnudo.”

   Luego viene la despedida (capítulo III) con un apretón de manos entre el hombre y el chico. Le sigue el encuentro de ambos (capítulo IV) en la estancia de Galván, donde DSS va a domar unas yeguas y el chico trabaja de boyero, habiendo escapado de la casa de las tías.

   En el capítulo V DSS amansa en quince días las yeguas y luego se conchaba para un arreo. El chico se pliega al grupo de troperos. Lleva dos petizos que le regalara Don Fabio Cáceres y uno sin domar comprado en una quinta de por allí.

   En el capítulo VII el chico monta su potro por primera vez y se golpea. DSS al ver el espectáculo que ha brindado éste al grupo de troperos expresa: “…si éste no se sosiega, lo vamoh´a tener que mandar pa la jaula é las tías”.

   Al final del capítulo VIII el chico dormita agotado y dolorido. DSS con un leve rebencazo en las paletas le aconseja: “Hacete duro, muchacho”. Y en el capítulo IX, lejos de todos los mirones, encara al muchacho y lo ayuda a montar su potro, aconsejándolo con fortuna en el evento. Es el comienzo del crecimiento del joven que, con la ayuda de DSS, ha empezado a juntar confianza en sí mismo. Aquí termina la primera parte de la novela.

   La segunda parte comienza cinco años después. Ya un hombre, dando de beber a su caballo, el muchacho rememora lo vivido en esos años al lado de DSS “sin separarse un solo día”, pegado a él como abrojo al chiripá. Lo llama “mi padrino”. Relata sobre las enseñanzas recibidas, su múltiple y variado aprendizaje, y nombra los lugares que recorrieron trajinando como reseros.

   En el capítulo XI hay un baile. DSS aparece parco y ocurrente en sus dichos. Se retira antes de que finalice con un recitado:

   Antes me vieron por delante, / ahora mírenme por detrás

   En el capítulo XII DSS relata un cuento después de churrasquear a la vera del fogón. Le piden el del zorro, el inglés y la viuda estanciera, pero avanza con el cuento del hijo del diablo y el paisanito Dolores.

   En el siguiente van a una riña de gallos. DSS le explica las alternativas de la justa. La descripción memorable cubre hasta los menores detalles. El joven sale de la riña con “el tirador lleno de papeles de a diez”.

    En el XIV pasan al galope frente a la comisaría rumbo a una feria. Paran en una pulpería para proveerse de algunas vituallas, y un cabo de la policía amaga con llevarlos presos. DSS se ríe de él y lo acompaña hasta la comisaría. Allí, el comisario les reclama por haber pasado al galope frente a la comisaría. “No estaba la bandera”, replica DSS, y cuando el comisario le pide “las libretas” DSS responde que “las tiene allá, Don Isidro Melo”. El comisario entiende el hábil mensaje y les permite seguir viaje. En la feria, almorzando, se encuentran con un viejo conocido de DSS que lo llama Ufemio Diaz. Allí se explica la relación casi equívoca entre ellos por lo irónica, y ambos ríen al recordar los barullos protagonizados anteriormente. Simpático y ocurrente aparece DSS en la ocasión.

     En el capítulo XV luego de un arreo, caen en lo de don Sixto Gaitán, lugar venido a menos. El muchacho recorre los cangrejales y casi pierde dos caballos que se hunden en el pantano cenagoso. Por la noche, don Sixto se despierta a los gritos, como peleando con fantasmas. El joven se paraliza del susto. Aparece DSS y lo calma a don Sixto. Éste tenía un hijo enfermo, “engualichado”, que después se revela que esa misma noche habría fallecido.

   La novela avanza con arreos y trabajos en campos cerca del mar. El joven se hace amigo de Patrocinio Salvatierra, compañero de trabajo. En el capítulo XX, finalizado el episodio del golpe que le quebrara la eslilla, el romance trunco con Paula, la hermana de Patrocinio, que le resultara “un amorío a lo espina”, el muchacho parte en busca de DSS y se encuentran en un lugar donde se corren carreras cuadreras. Allí pierde toda su plata y casi todos sus caballos. Le quedan tres nomás. DSS, discreto para jugar, obtiene algo de ganancia. En el capítulo XXI esa noche paran en un campo, churrasquean, y a la vera del fogón, DSS relata el cuento de San Pedro y el herrero Miseria.

   En el XXII se detienen en una estancia cuyo dueño anda en busca de domadores. Se conchaban y en esta ocasión el muchacho es quien ejerce de domador, ayudado y aconsejado por DSS. Gana dos potros bayos por su trabajo. El patrón le ofrece conchabo como peón domador al ver el resultado de la amansada, pero el muchacho no acepta alejarse de su padrino. La descripción detallada del trabajo con los potros resulta interesantísima lectura. En el capítulo XXIII finaliza la doma y viene el episodio de Antenor, a quien una noche en la pulpería un pajuerano lo desafía a pelear. Antenor no quiere pelea y lo evita, hasta que DSS le aconseja que no esquive el desafío. Antenor lo mata y huye; el desafiante asume la culpa antes de morir. “Un asunto de polleras había sido”, es el comentario.

   En el XXIV el narrador vuelve a referirse a DSS como alguien dueño de sí mismo. “¿Por qué si no por una absoluta confianza, era tan tranquilo mi padrino en las peores exigencias? Sin inmutarse, por darla de antemano toda perdida, sonreía con razón ante las dificultades. Verdad era su absoluta indiferencia ante los hechos, a quien oponía comentarios irónicos”. El muchacho medita y compara su manera de ser con la de su padrino, a la cual aspira en todo momento. “¡Quién fuera como él!” termina pensando.

   Luego sigue la descripción de un duro y ajetreado arreo durante un violento temporal, que los agota. Descansan al final del día y en el capítulo XXV, pasando con el arreo por las quintas de Navarro, lo encuentran a Pedro Barrales, peón del campo de Galván, un compañero de la primera partida de troperos descripta en la novela, quien viene con una carta de Don Leandro, informándole al pupilo de DSS que Don Fabio Cáceres, quien fuera su padre, ha muerto y le ha dejado su campo en herencia. A partir de entonces, tercera parte de la novela, el joven resero se transforma en un nuevo estanciero, don Fabio Cáceres (hijo). Poseído por una confusa sensación de irrealidad, abandona el arreo y se va con Pedro Barrales y su padrino a lo de Galván y más adelante, al campo heredado. Allí DSS lo acompañará por tres años, mientras Fabio se va acostumbrando a su nuevo rol y modo de vida, hasta que, cansado o aburrido por esa quietud, el paisano andariego decide partir. Final de la novela.

   No hay mito. Solo descripción detallada y precisa en un lenguaje muy apropiado de un personaje del campo bonaerense del primer cuarto del siglo XX, un criollo, un paisano con algunas características notables, como las de ser un hombre cabal, con todas las letras, aunque visto cien años después, puede advertirse en él cierta tendencia misógina, habitual y hasta normal para la época: Capítulo X,  Fabio medita sobre las enseñanzas de DSS:  “También por él supe de la vida (…), la desconfianza para con las mujeres y la bebida…” “Graciah´ a Dios no sos mujer ni te has criao a lo niño pa andar espantándote por demás“, le dice Don Segundo a Fabio en el capítulo XXV (XXVI en mi versión). Hoy desafinan las cuerdas de la guitarra de DSS con estos comentarios.

    Si la descripción de alguien dueño de sí mismo, con acabados conocimientos del ramo de las variadas tareas que desempeña, con amplia y sobrada experiencia en ello, es la descripción de un ser mitológico, entonces también, sí, podríamos decir que las montañas calabresas y de Sicilia están ciertamente, pobladas de esos personajes de Homero llamados cíclopes.

   Pero la novela de Don Ricardo Güiraldes no cuenta con seres mitológicos, salvo en los relatos de DSS. Y aunque el personaje central sea una ficción que no se asemeja enteramente al tal Ramírez tomado como modelo, no quiere decir que no sea verosímil, realmente posible, y que sea una creación mitológica.

    Quienes quieren transformar a la novela en una elegía de la pampa y a su personaje central DSS en el arquetipo mitológico de dicha elegía, pierden el sentido de lo esencial del relato, que es, la detallada, minuciosa, hermosísima descripción de la vida real vivida por los hombres de campo, en su precisa época, contada por un muchacho en tiempo pasado, con una erudición incipiente (tuvo en los últimos tiempos un encontrón con las letras, nos refiere RG) y ayudado por alguna entrada subrepticia de don Ricardo.

     Debido a ello- ciertas variaciones perceptibles en el lenguaje a lo largo del relato- fue que el gran escritor Paul Groussac (francés él y escritor en ese idioma, lo que quizá le habría impedido entender cabalmente el lenguaje de la novela) endilgó a Güiraldes que “se le había olvidado el smoking encima del chiripá” en una crítica en el diario La Nación, posterior a la entusiasta ponderación de Lugones. Pues sí, le contestaría a Groussac, tal vez se le olvidó el smoking encima del chiripá, pero, sabe usted, pues es de notar que debajo del smoking como usted dice, sí, debajo de él, siempre estuvo Fabio con el chiripá puesto. Usted se propuso ignorar a Fabio en la silla del escritorio, y amagó con sentarlo “de prepo” a Güiraldes y vestirlo a su antojo. Pero las descripciones mencionadas arriba, y muchas otras del paisaje y de las tareas camperas, de los personajes varios que aparecen muy bien caracterizados, pues mi estimado señor Groussac, no sé usted, pero yo, que de alguna manera he vivido ese relato principiando la segunda mitad del siglo XX (ver “tercera parte”), entiendo que Don Ricardo Güiraldes- vía Fabio o de motu proprio- tenía, al escribir su novela mayor, muy bien afirmada la pluma y muy bien puesto su chiripá.