domingo, 16 de marzo de 2025

El CRISTIANISMO. Un diálogo con James Joyce y Bertrand Russell

                                                       I        


James Joyce, en su novela temprana Retrato de un artista adolescente describe la atormentada  relación de un adolescente con la iglesia católica en la ciudad de Dublin a principios del siglo XX en un colegio de la Compañía de Jesús.

 El protagonista, Stephen Dedalus, de 16 años cursa el secundario con creencias muy sólidas tanto religiosas como filosóficas, pero los pecados de la carne lo corroen con sus inevitables contradicciones.

Asiste a un seminario donde en director, con todo lujo de detalles, informa a su público de adolescentes entrampados con el dogma irracional de la iglesia católica, de los variados métodos de agudizada tortura que les espera, in eternum a quienes la muerte les sorprenda en pecado mortal. Y no hay salida posible. El Supremo lo ha decidido así, en su inconmensurable bondad y omnipotencia sin límites ni atenuantes: “los malditos irán al infierno por toda la eternidad y en el transcurso de esa interminable estadía, sufrirán los tormentos que mal pueden imaginarse en esta vida”. Y el director se explaya hasta en los más mínimos detalles describiendo los avatares que les esperan a aquellos, y pasea una mirada severa sobre el alumnado con lo contempla azorado, en silencio y quietud de mortaja. Stephen piensa que está perdido. No ha confesado sus pecados mortales, sus pecados de la carne (los peores para la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana), y al salir del seminario interminable con la sensación que impresiona como de inminente e inevitable disolución en el perpetuo fuego del advertido inferno, considera la necesidad de buscar la ofrecida solución a través de la necesaria confesión. Pero no la buscaría en el colegio, tan cercano a sus compañeros, directores y profesores.

 Stephen finalmente encuentra una iglesia alejada del colegio, se confiesa largamente pues es interrogado inquisitiva y detalladamente por el confesor acerca de las características de sus pecados carnales. Finalmente logra la absolución a través del poder de Dios de perdonar los pecados a los hombres, poder “transmitido” curiosamente in toto a la grey sacerdotal, que no vacila en ejercer ese poder en todo momento, en toda circunstancia, en todos sus súbditos, con la única condición del “arrepentimiento” sincero y la asunción del necesario mea culpa y la proposición de abandonar esos malos hábitos y no volver a recaer en el pecado.

Las hormonas por un lado, y la culpa y los remordimientos por el otro hacen de la vida del adolescente un infierno en la tierra. Pero al salir de la iglesia, Stephen se siente liviano, sin pensamientos pecaminosos, que ahuyenta en cuanto insinúan asomarse a la superficie, y la promesa de una vida eterna en el Paraíso le hace desear la muerte en el estado de gracia adquirido por la confesión.

 Tan devoto se muestra entonces Stephen en su ambiente escolar entre compañeros, profesores y directivos que un día uno de éstos lo cita en su despacho para hablarle de su futuro, su piadoso futuro, insinuándole la toma de los hábitos.

 Tras pensarlo unos días, Stephen decide que el sacerdocio no es para él, y un  día sale a caminar, solo, hacia el mar. Reafirma su decisión de responderle negativamente al director, y en un momento dado ve a una muchacha sentada en una roca y jugueteando con los pies en el mar. Ella de pronto lo mira, y él la mira a ella.

 Dejemos a Joyce que nos describa la escena:

 "¿Dónde estaba ahora su adolescencia? ¿Dónde estaba el alma que había reculado ante su destino para cavilar a solas sobre su propia miseria y para coronarla allá  en su morada de sordidez y subterfugios, envuelta en un lívido sudario con guirnaldas, marchitas ya al primer roce? ¿Dónde, dónde estaba?”

“Solo, libre, feliz, al lado del corazón salvaje de la vida. Estaba solo y se sentía lleno de  voluntad, con el corazón salvaje…”

 “Una muchacha estaba ante él, en medio de la corriente, mirando sola y tranquila mar afuera. Parecía que un arte mágico le diera la apariencia de un ave de mar, bella y extraña. Estaba mirando mar adentro, y cuando sintió la presencia de los ojos de Stephen, los suyos se volvieron hacia él, soportando aquella mirada, ni vergonzosos ni provocativos.”

 “¡Dios del cielo!- exclamó Stephen en un estallido de pagana alegría. Se apartó súbitamente de ella y  echó a andar playa adelante. Tenía las mejillas encendidas, el cuerpo como una brasa; le temblaban los miembros y avanzó adelante, playa afuera, cantándole un canto salvaje al mar, voceando para saludar el advenimiento de  la vida cuyo llamamiento acababa de recibir.”

 “¡Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida! Un ángel salvaje se le había aparecido, el ángel de la juventud mortal, de la belleza mortal, enviado por el tribunal estricto de la vida para abrirle de par en par todos los caminos del error y de la gloria. ¡Adelante!, ¡Adelante!”

 Stephen Dédalus se convierte así en un ser único, mortal, sensible e inteligente  al mismo tiempo, que parte hacia su destino, que ignora, y abandona y se aleja de los atavismos que lo mantenían ligado a los designios de quienes detentaban arbitraria y dogmáticamente, el poder milenario del catolicismo irlandés.

 

                                                                              II

 

Por qué no soy cristiano es el título de un libro de ensayos y discursos sobre el cristianismo y su oscura y tenebrosa doctrina, que Bertrand Russell dictó y escribió desde principios hasta mitad del siglo XX, tanto en Inglaterra como en EEUU.

 A través de sus claros pensamientos, escritos  y discursos pone en evidencia las abundantes contradicciones de rígido dogma del cristianismo desparramado por el mundo desde hace XX siglos con sus múltiples iglesias, su metodología perversa para mantener a su grey sometida a lo largo del tiempo y espacio a través del miedo, la superstición, y los más variopintos discursos oscuros de los “misterios” que ni siquiera a los intermediarios en la tierra Dios se habría dignado transmitir, pues sólo les dictó  los títulos, y en  ninguno de ellos se acerca a una razonable explicación. Por ejemplo, el misterio de la Santísima Trinidad que puede rastrearse en Platón, es una cuestión que nunca se han propuesto aclarar. (Talleyrand, El cristianismo sin careta, n. del a.)

 ¿Qué se da a entender con la palabra “cristiano”?, se pregunta Russell. ”Hay quienes entienden por ello la persona que trata de vivir virtuosamente, aunque con ello, ¿el resto de la gente que no es cristiana no trata de vivir virtuosamente?”. Piensa que se debe tener una cierta cantidad de creencia definida antes de tener el derecho de llamarse cristiano. Hay que creer en Dios y en la inmortalidad. Y hay que tener alguna clase de creencia acerca de Cristo.

“Por lo tanto, cuando digo que no soy cristiano, digo dos cosas diferentes: Que no creo en Dios ni en la inmortalidad, y tampoco creo que Cristo fuera el mejor y el más sabio de los hombres, aunque le concedo un alto grado de virtud moral.

Debe agregarse la creencia en el infierno. En Inglaterra, en la época del autor,  a mediados del siglo XX, por decisión del Consejo Privado y Ley del Parlamento, se consideró innecesaria la creencia en el infierno para ser cristiano. (las otras iglesias cristianas lo siguen manteniendo vigente, n. del a.).

Russell analiza en tema de “La existencia de Dios”, y los argumentos de la Iglesia Católica que dice que puede ser probada por la razón sin ayuda, o sea, como cuestión de fe. Esgrimen “el argumento de la primera causa”. Y la “primera causa” es Dios. Si todo tiene una causa, ¿quién hizo a Dios? La idea de que todas las cosas tienen que tener un principio, se debe a la pobreza de nuestra imaginación, termina el autor.

El argumento de la “ley natural” mediante las ideas de Isaac Newton y su cosmogonía, la ley de gravitación. La idea de que las leyes naturales implican un legislador se debe a la confusión entre las leyes naturales y las humanas. Las humanas son preceptos que le mandan a uno a proceder de una manera determinada, pero las leyes naturales son una descripción de cómo ocurren realmente las cosas, y como son una mera descripción, carecen de un autor determinado. Los argumentos a favor de la existencia de Dios cambian de carácter con el tiempo. En la época moderna, se hicieron menos respetables intelectualmente, y estuvieron cada vez más influidos por una especie de vaguedad moralizadora.

 El argumento del Plan: todo en el mundo está hecho para que podamos vivir en él, si el mundo variase un poco, no podríamos vivir. Cuando se examina el argumento del plan, es asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las cosas que hay en él, con todos sus defectos, fuera lo mejor que la omnipotencia y la omnisciencia han logrado producir en millones de años. Este argumento no resiste a un razonamiento basado simplemente en el sentido común (n. del a.).

Los argumentos morales de la deidad. Kant introdujo un argumento moral muy popular en el siglo XIX. “Que no habría bien ni mal si Dios no existiera”.  Pero si Dios es bueno, el bien y el mal están fuera de él, son independientes del mandato de Dios. Y serían en esencia lógicamente anteriores a Dios. Si se quiere, se puede decir que hubo una deidad superior que dio órdenes al Dios que hizo este mundo o, siguiendo el criterio de los gnósticos, en realidad el mundo que conocemos fue hecho por el demonio, en un momento en que Dios no estaba mirando. Hay mucho que decir en cuanto a eso, finaliza Russell, y no pienso refutarlo. Vale la metáfora, (n. del a.).

El argumento del remedio de la injusticia, es aquél que dice que la existencia de Dios es necesaria para traer la justicia al mundo. Pero en este mundo reina la injusticia, no la justicia, y si hay injusticia aquí, es probable que haya injusticia en el resto del universo. El argumento de que Dios trae la justicia al mundo, se cae por su propio peso. O tal vez  se está demorando demasiado en traerla. (n. del a.).

Pero estos argumentos de los que he hablado, dice Russell, son intelectuales y no son los que mueven a la gente. La mayoría de la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia, y esa es la razón primordial. Esto es básico, el cerebro infantil es maleable, fértil a la fantasía, la superstición y lo sobrenatural. Allí la semilla crece y se desarrolla sin obstrucciones (n. del a).

El carácter de Cristo ¿Era el mejor y el más sabio de los hombres?, se pregunta Russell.      Se da por sentado que era así; yo no lo creo, afirma., aunque agrega que: hay muchos puntos en que está de acuerdo con Cristo, pero por las razones contrarias a las que siguen la mayoría de los cristianos, como la no resistencia al agravio y poner la otra mejilla, o el no juzguéis si no queréis ser juzgados, al que pide, dale y no tuerzas el rostro al que pretenda de ti algún préstamo. Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres…

   Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno.  Yo no entiendo, sigue Russell, que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno.  

Se hallará en el Evangelio un Cristo iracundo:

“¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno?” “Pero quien hablase contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra”. “Y si es tu mano derecha la que te sirve de escándalo o te incita a pecar, córtala y tírala lejos de ti; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que vaya todo tu cuerpo al infierno, al fuego que no se extingue jamás.”

Toda esta doctrina, de que el fuego del infierno es un castigo del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que aumentó la crueldad en el mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura. Y el Cristo de los Evangelios, aceptado como lo representan sus cronistas, debe ser considerado en parte responsable de eso.                                                                                                                                                    
Hay otros hechos, como los cerdos de Gadar, donde metió los diablos en sus cuerpos  y los precipitó colina abajo hacia el mar. Y luego, la curiosa historia de la higuera, la vio, tuvo hambre, y al acercarse comprobó que no tenía frutos. No era época, pero igual se irritó y le mandó a la higuera: “que nunca jamás coma ya nadie fruto de ti…” Pedro le dijo: “Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado”.

“Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, termina Russell, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de Él a Buda y a Sócrates".                                                                                                                                   

Russell descree que la gente acepta la religión por la argumentación; la acepta emocionalmente. Se dice que “todos seríamos malos si no tuviéramos la religión cristiana”. A  mi me parece que es al revés, dice él. Cuanto más intensa ha sido la religión en cualquier período, y más profunda la creencia dogmática, ha sido mayor la crueldad. En las llamadas edades de la fe, con la Inquisición,  hubo muchas mujeres  quemadas por brujas y  hombres quemados  por herejes (Giordano Bruno, Julio Cesare Vanini, p.e.), y toda clase de crueldades practicadas en nombre de la religión.

“Pienso que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, hacia un mejor trato de las diferentes razas de otro color que el blanco, que todo paso hacia la supresión de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Y digo que la religión cristiana, ha sido y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo”, termina Russell.

Con el tema de la llamada moralidad, la Iglesia inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios, y se opone al progreso y al perfeccionamiento de todos los medios de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar “moralidad” a ciertas reglas estrechas de conducta que nada tienen que ver con la felicidad humana. ¿Qué tiene que ver la moral con la felicidad humana?, se preguntan desde el cristianismo: El objeto de la moral no es hacer feliz a la gente, se responden.

“A mi entender, la religión se basa en el miedo”, dice Russell. “La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestro esfuerzo que este mundo sea un lugar habitable, en vez de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos”

“Todo el concepto de Dios es un derivado del antiguo despotismo oriental. (Ver Las Ruinas de Palmira, capítulos XX-XXIII, n. del a.). Es un concepto indigno de los hombres libres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores, parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan…Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor, no el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes”.

En el capítulo ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización? (1930), Russell dice que: “Mi opinión acerca de la religión es la de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana. Aunque no puedo dejar de reconocerle que ha contribuido en parte a la civilización: ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes egipcios escribieran la crónica de los eclipses. Sólo esos dos servicios estoy dispuesto a reconocerles.

“Lo más importante del cristianismo, desde el punto de vista social e histórico, no es Cristo sino la Iglesia, y si vamos a juzgar al cristianismo como fuerza social, no debemos buscar nuestro material en los Evangelios. Ni los católicos ni los protestantes siguen las enseñanzas de Cristo. Algunos franciscanos trataron de enseñar la doctrina de la pobreza apostólica, pero el Papa los condenó, y su doctrina fue declarada herética. “No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados”, y preguntémonos la influencia que esos dichos han tenido sobre la Santa Inquisición…

No hay nada accidental en la diferencia entre la Iglesia y su Fundador. En cuanto la absoluta verdad se supone contenida en los dichos de un cierto hombre, surge un cuerpo de expertos que interpretan lo que dice, y esos expertos adquieren poder, ya que tienen la clave de la verdad. Y como cualquier casta privilegiada, emplean el poder en beneficio propio.                                                                                                   

La Iglesia combatió a Galileo y a Darwin, en nuestra época combate a Freud, decía Russell en 1930. En épocas de mayor poder fue más allá en su oposición a la vida intelectual. El Papa Gregorio el Grande, (540- 604) escribió a cierto obispo una carta que decía:” Nos ha llegado el informe, que no podemos mencionar sin rubor, de que enseñáis gramática a ciertos amigos…” El obispo fue obligado por la autoridad pontificial a desistir de su maligna labor, y la latinidad no se recuperó hasta el Renacimiento, iniciado aproximadamente en los siglos XV y XVI (n. del a.).

“La peor actitud de la religión cristiana, es la que tiene con respecto al sexo, tan morbosa como antinatural, que sólo se la puede comprender cuando se la relaciona con la enfermedad del mundo civilizado en el momento en que decaía el Imperio Romano”.

“A veces oímos que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres. Esta es una de las mayores perversiones de la historia que se han podido realizar. La mujer ha sido para el judeo-cristianismo fuente de tentaciones impuras desde sus orígenes, es algo así como un “mal necesario” para la procreación, (y la mortalidad materna durante siglos dejó abundantes viudos, repetidos viudos; salvo excepciones, en su mayoría eran las mujeres solteras quienes llegaban a la longevidad hasta el siglo XIX). (n. del a.).

El cristianismo se opuso, y se opone todavía al resultado de las dos revoluciones pacíficas del siglo XX: El sexo sin reproducción, en la década del 60 con la aparición de los anticonceptivos, y La reproducción sin sexo, con el nacimiento por reproducción asistida (FIV) de la beba Brown en 1978. (n. del a.).

El concepto del pecado unido a la ética cristiana causa un enorme daño, ya que da a la gente una salida a su sadismo, que considera legítimo y noble. No solamente con respecto al proceder sexual, sino también con respecto al conocimiento de los temas sexuales, la actitud de los cristianos es peligrosa para el bien común. La ignorancia artificial que fomentan los cristianos ortodoxos sobre los temas sexuales, incitan a la actitud de considerar al sexo indecente, y salvo las excepciones habilitadas por el matrimonio, pecaminoso.

Las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen una gran cantidad de perversión ética antes de ser aceptadas. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y por lo tanto, una cosa buena, significando este pensamiento sólo una racionalización del sadismo.

El alma y la inmortalidad:

El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda influencia sobre la ética en sus comunidades. La virtud social estaba excluida de la ética cristiana. Hasta hoy los cristianos piensan que un adúltero es peor que un político que acepta sobornos, aunque este último hace un mal mil veces mayor. El concepto medieval de la virtud era algo ligero, débil y sentimental. El hombre más virtuoso era el que se retiraba del mundo. La Iglesia no consideraría jamás santo a un hombre porque reformase las finanzas, la ley criminal o la judicial. Tales contribuciones al bienestar humano se considerarían como carentes de importancia. No hay un solo santo en todo el calendario cuya santidad se deba a obras de utilidad pública. Creo que es claro que el resultado neto de todos estos siglos de cristianismo ha sido hacer a los hombres más egoístas, más encerrados en sí mismos, pues los impulsos que sacan al hombre fuera de los muros de su ego son los del sexo, la paternidad y el patriotismo o instinto de rebaño. La Iglesia ha hecho todo lo posible para degradar al sexo; los afectos familiares fueron vituperados por el mismo Cristo y por la mayoría de sus discípulos, y el patriotismo carecía de lugar entre las poblaciones sometidas al Imperio Romano. La Iglesia trata a la Madre de Cristo con reverencia, pero Él no muestra esta actitud: “¿Mujer, qué nos va a mí y a ti?”. Éste es su modo de hablarle. También dice que ha venido para separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre…y “quien ama al padre o a la madre más que a mí, no merece ser mío”.(San Mateo, X: 35-7). Todo esto significa la ruptura del vínculo biológico familiar por causa del credo, una actitud que tiene que ver con la intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del cristianismo.

“Este individualismo culminó en la doctrina de la inmortalidad del alma individual. Las circunstancias de que ello dependía eran algo curiosas. Si se moría inmediatamente después que un sacerdote hubiera rociado agua sobre uno tras pronunciar ciertas palabras, se heredaba la dicha eterna; pero, si después de una vida larga y virtuosa uno moría repentinamente luego de emitir una blasfemia por cualquier circunstancia banal, se heredaba un eterno tormento. Esta es la doctrina ortodoxa creída firmemente hasta hace poco. Los españoles de México y Perú solían bautizar a los niños indios y luego estrellarles los sesos; así se aseguraban de que aquellos niños iban al Cielo. En mil modos la doctrina de la inmortalidad personal en la forma cristiana ha tenido efectos infaustos sobre la moral, y la separación metafísica de alma y cuerpo ha tenido efectos desastrosos sobre la filosofía”.

“La intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del cristianismo, se debe a mi entender a la creencia judía en la virtud y en la exclusiva realidad del Dios judío. Al poner de relieve la virtud personal y que es malo tolerar cualquier religión excepto una, han tenido un efecto extraordinariamente desastroso sobre la historia occidental. Es cierto que el cristianismo moderno es menos severo, pero ello no se debe al cristianismo; se debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el día de hoy, han avergonzado a los cristianos de muchas de sus creencias tradicionales. Se oye a algunos cristianos modernos decir lo suave y racionalista que es realmente hoy el cristianismo, ignorando el hecho de que toda su suavidad y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en su tiempo fueron perseguidos por cristianos ortodoxos. La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su vigorosa resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los librepensadores”.

“Caridades de exégesis”. Así llamaba Jean Jaurès a las interpretaciones bíblicas que permiten pasar sin dolor del dogma largo tiempo procesado a la verdad mejor conocida. Puede verse aquí la tolerancia de los librepensadores, incluso hacia los cristianos dogmáticos (n.del a.).

La idea de la virtud:

“El análisis de la virtud demuestra, a mi entender, que tiene su raíz en pasiones indeseables. La virtud y el vicio deben ser tomados juntos. Ahora bien, ¿qué es el “vicio” en la práctica? Es “una clase de conducta que disgusta al rebaño”. Mientras el rebaño es virtuoso, por definición, pone de relieve su propia estimación en el momento en que libera sus impulsos de crueldad. La esencia del concepto de virtud reside, por lo tanto, en proporcionar una salida al sadismo, disfrazando de justicia a la crueldad. La virtud es lo que la Iglesia aprueba, y el vicio lo que reprueba. Parecería, por lo tanto, que los tres impulsos humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el odio. El propósito de la religión es dar cierta respetabilidad a estas pasiones, con tal de que vayan por los canales que ella establece.  Se podría objetar que el odio y el miedo son características humanas esenciales, la humanidad los ha sentido siempre y los seguirá sintiendo. Como esto es así, “sería mejor dirigir ese odio contra los que son realmente dañinos” y esto es lo que la Iglesia hace, los canaliza mediante su concepto de virtud.

Con el concepto de virtud, la Iglesia menosprecia a la inteligencia y a la ciencia. El adquirir conocimientos no forma parte del deber de los feligreses, y aunque ahora no los considera pecaminosos como antes, sigue considerándolos peligrosos, pues pueden llevar al “orgullo del intelecto” y por lo tanto poner en tela de juicio el dogma cristiano.

“Tómese como ejemplo dos hombres, uno de los cuales ha acabado con la fiebre amarilla en una gran región tropical, pero durante sus trabajos ha tenido relaciones ocasionales con mujeres fuera del matrimonio, mientras que el otro, perezoso e inútil, ha engendrado un hijo por año hasta que su mujer ha muerto agotada, y cuidando tan poco a sus hijos que la mitad han muerto tempranamente de causas evitables. Pues todo buen cristiano tiene que mantener que el segundo de estos hombres es más virtuoso que el primero. Evitar el pecado sería más importante que el mérito positivo”.

“Una educación destinada a erradicar el miedo, el odio y los tabúes sexuales sostenidos como esenciales en la educación cristiana no sería difícil de crear y llevar a la práctica. Y cambiar al mundo y acercarnos a la dicha universal y una existencia tolerable para todo el mundo. Pero la religión impide que nuestros hijos tengan una educación racional; la religión impide enseñar la ética de la cooperación científica en lugar de las antiguas doctrinas del pecado y el castigo. Posiblemente la humanidad se halla en el umbral de una edad de oro, pero, si es así, primero será necesario matar al dragón que guarda la puerta, y este dragón es la religión”.

        En el siglo IV el emperador Juliano el helenista, despectivamente  llamado  el apóstata, pretendió volver a la herencia de los griegos, separando al cristianismo del imperio  heredado de Constantino, pero murió joven en el intento. De haber tenido éxito, el mundo de los siglos posteriores probablemente hubiera tenido otra trayectoria, más afable, menos cruel, más tolerante. Con mayor sentido común y una más alta utilización de la inteligencia. Para bien o para mal, seríamos otros. Yo creo que para bien. (n.del a).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 12 de febrero de 2025

Les libres maudits de Jacques Bergier y La doble hélice de James D. Watson

     Jacques Bergier, en  Les libres maudits (Editions J ‘ai Lu, 1971), traducido al español por Plaza & Janes editores en 1976 como Los libros condenados, en el capítulo X titulado La doble hélice, referida a la obra de James D. Watson, se pregunta: ¿por qué he escogido esta obra para terminar un ensayo sobre los libros condenados? Y responde: “porque ha estado dos veces a punto de desparecer de la circulación: la primera porque nadie quería editarla; la segunda, porque nadie se avenía a comentarla”.

   Refiere que: “El profesor James D. Watson, nacido en Chicago en  1928, en 1950 consigue el doctorado en ciencias en la Universidad de Illinois, y seguidamente, trabaja en Copenhague y en Cambridge, donde hace extraordinarios descubrimientos en el campo de la herencia. En 1962 comparte el Premio Nobel con Francis Crick y Maurice Wilkins, por su descubrimiento de la estructura molecular del ácido “hereditario” ADN. La molécula de este ácido que hace una doble hélice”.

“Este descubrimiento es considerado como uno de los más importantes del siglo. Condujo a una interpretación del código genético y abrió la puerta al control de la herencia…”

Un científico eminente declaró a la  revista inglesa Nature: “Les sería más fácil encontrar un clérigo dispuesto a comentar un libro pornográfico, que un sabio que accediese a hablar de La doble hélice.

Parece que el libro de Watson pone al desnudo la realidad de los “investigadores sabios” y sus tejemanejes y trapisondas para crecer y lograr resultados a cualquier coste en el ámbito  científico. “El rasgo simpático de Watson es que se abstiene de toda falsa modestia. Escribe con sencillez: Hemos descubierto el secreto de la vida”, traduce Bergier. “Y aquí es donde se plantea el verdadero problema, superior incluso a la propia doble hélice: el problema del aplastamiento y la censura de los descubrimientos, el problema de los “Hombres de Negro” (aquí vuelven a aparecer en este capítulo)”. Y avanza: “Las consecuencias del descubrimiento de Watson y col. han sido estudiadas por grupos de especialistas que han redactado una tabla, la cual puede verse en el libro de G. Rattray Taylor La revolución biológica. Una tabla parecida ha sido también fijada por expertos de la “Rank Corporation”, apunta Bergier, y agrega la Tabla:

Primera fase: hasta 1975:

-Trasplante sistemático de miembros y órganos.

-Fertilización de óvulos humanos en tubos de ensayo.

-Implantación de óvulos fertilizados en la mujer.

-Conservación indefinida de los óvulos y los espermatozoides.

-Determinación del sexo a voluntad.

-Retraso indefinido de la muerte clínica.

-Modificación del pensamiento por medio de drogas…

-Eliminación de recuerdos.

-Placenta artificial.

-Virus sintéticos. 

Y la Tabla continúa con la Segunda Fase: hasta el año 2000, y la Tercera fase: después del año 2000.

Sin avanzar en la segunda y tercera fase, detengámonos en la primera. El libro de Bergier salió publicado en Francia siete años antes del nacimiento de la beba Brown, primer nacimiento producto de la FIV, prediciéndolo. Y dice: “Lo primero que se le ocurre a uno al leer estas previsiones es pensar: no de atreverán. Pero la lectura de la doble hélice demuestra que los hombres como Watson son capaces de todo”. ¿Capaces de todo? Veamos:

A raíz del trabajo de los investigadores británicos Patrick Steptoe, Robert Edwards y Jean Purdy sobre Fertilización Asistida, quienes, tras una década de fracasos y cuestionamientos morales del Vaticano, de impedimentos del Centro de Investigación Médica del Reino Unido, que les negó apoyo financiero, se logró finalmente en 1978 dar a luz a la beba Brown, Louise Joy Brown (Joy por alegría). Y en esa oportunidad no faltó la palabra agorera del premio nobel Watson, quien vaticino a una Comisión del Congreso que si la FIV tenía éxito, “se desataría un infierno”.

¿Los “Hombres de Negro” actuaron, o fue la propia autocensura? Las apreciaciones finales de Bergier sobre el profesor Watson se pierden en un mar de conjeturas heroicas y paladinescas. Y los vaticinios “infernales” de Watson respecto a la FIV contrastan con la realidad actual: A 47 años de ese primer nacimiento, ya se registraron más de 12 millones de nacimientos por reproducción asistida, una de las  revoluciones pacíficas del siglo XX. La FIV es una de las tantas técnicas aplicada para ese fin.

 

Quien ha leído el libro de Watson, publicado en 1968, seis años después de que  obtuviera con Crick y Wilkins el Premio Nobel (que tardó diez años en llegarles desde su  descubrimiento, por lo que abundantes dudas deben haberlo retrasado), puede comprender las enormes dificultades que debieron sortear, sobre todo los dos primeros (Wilkins fue propuesto para incluir en el premio al King´s College) para descorrer el velo del conocimiento hasta llegar a él, avanzando y errando, proponiendo y rechazando. Rodeados de escepticismo, ignorancia, desinterés y celos académicos, buscando colaboraciones que no se producen, estudiando muchas veces sin destino cierto, basados en conceptos erróneos por su escasa formación. Esto se percibe a través de su lectura.

    En la mitad del camino, por sus fracasos sistemáticos, son obligados a abandonar la investigación sobre el ADN, a la que consideran sus instituciones matrices, su jefe sir Briggs “una pérdida de tiempo y dinero”.

   Pero persisten ambos, cada uno a su manera, y se potencian mutuamente, hasta que llegan a encontrar la forma de armar el rompecabezas oculto en los genes de las células : La estructura doble helicoidal del ácido desoxirribonucleico o ADN, con su confirmación a los rayos X de las posiciones de sus componentes, la externa de fosfatos y azúcares, y la  interna, la de las  bases, púricas y pirimidínicas (adenina y guanina, timina y citosina) unidas con puentes de hidrógeno. Esto es lo que cuenta Watson en su libro.

Hasta aquí una historia. Pero hay otra, la que se ignora, se mantiene oculta, se tergiversa y que es la que produjo la materia central para que estas investigaciones avanzaran y tuvieran finalmente éxito: La estructura que irradiaban las cristalografías sobre el ADN de Rosalind Franklin. La famosa fotografía 51 tomada en el año 1952 y que, sin su conocimiento Wilkins, colega de Rosalind del King`s College le facilitara a Watson al año siguiente, quien inmediatamente supo interpretarla para armar su modelo tridimensional de la estructura de doble helicoidal del ADN.

Ella, en 1953, ya se retiraba del King`s College cuando esto sucedía. Trabajaría en otro sitio sobre virus, hasta su muerte en 1958, a los 37 años. Nunca reclamo nada para sí sobre el descubrimiento de la estructura del ADN.

En 1962, en ocasión del Premio Nobel, no fue ni nombrada ni reconocida su incontrastable contribución al éxito del descubrimiento.

En el capítulo 23 Watson en su libro explica como se apropió de la famosa foto 51 de Rosalind (estructura B) que lo llevó “al triunfo y a la gloria”:

“Mi encuentro con Rosy hizo que Maurice se mostrara más abierto de lo que le había visto nunca. Ahora que yo ya no necesitaba imaginarme nada para comprender el infierno emocional en el que vivía desde hacía dos años, podía tratarme casi como a un colaborador, en vez de un conocido con el que las confidencias podían producir inevitables malentendidos. Para mi asombro, revelo que, con la ayuda de su asistente, Wilson, se había dedicado a reproducir discretamente parte del trabajo de rayos X hecho por Rosy y Gosling. Por tanto, no hacía falta mucho tiempo para que las investigaciones de Maurice estuvieran a toda máquina. Y había otro asunto todavía más importante que salió a relucir después: desde mediados de verano, Rosy tenía pruebas que hablaban de una nueva forma tridimensional del ADN. Aparecía cuando las moléculas de ADN estaban rodeadas por una gran cantidad de agua. Cuando le pregunte que forma tenia, Maurice fue a la sala de al lado para coger una copia impresa de la nueva forma, que denominaban estructura B.

En cuanto vi la foto quede boquiabierto y se me acelero el pulso. La forma era increíblemente más sencilla que las obtenidas anteriormente (forma A). Además, la cruz negra de imágenes que dominaba la fotografía solo podía indicar una estructura helicoidal. Con la forma A, el argumento en favor de una hélice nunca estaba claro, y existía bastante ambigüedad sobre cuál era el tipo exacto de simetría helicoidal presente. En cambio, con la forma B, bastaba examinar sus fotografías de rayos X para distinguir varios parámetros helicoidales cruciales. Lo lógico era pensar que, con unos cuantos minutos de cálculos, sería posible fijar el número de cadenas existentes en la molécula. Insistí  para que Maurice me contara que era lo que habían hecho utilizando la foto B, y me contesto que su colega R. D. B. Fraser había estado haciendo cierta manipulación de modelos de tres cadenas pero que, hasta el momento, no habían logrado nada prometedor. Aunque Maurice reconocí a que las pruebas en favor de una hélice ya eran abrumadoras -la teoría de Stokes, Cochran y Crick indicaba, sin lugar a dudas, que debía de existir una hélice-, no lo consideraba un dato muy significativo. Al fin y al cabo, ya antes pensaba que iba a surgir una hélice. El verdadero problema era la ausencia de una hipótesis estructural que les permitiera agrupar las bases de forma regular en el interior de ella. Por supuesto, eso quería decir que se daba por buena la idea de Rosy de que las bases estaban en el centro y el esqueleto en el exterior. Aunque Maurice me dijo que estaba bastante convencido de que ella tenía razón, yo seguía siendo escéptico, porque sus pruebas seguían estando fuera de alcance para Francis o para mí”.

“Rosy” era el trato despectivo que le daban a Rosalind sus “colegas”. Watson no vacila en mencionarla así en su libro, a diez años de la muerte de la investigadora.

 

Este libro La doble hélice se ha ganado un lugar entre los libros condenados de Jacques Bergier, pero no por lo que expresa Bergier, sino por lo que no expresa, por la vergonzosa, miserable y perversa   energía aplicada a conciencia por el trío ganador del premio, confabulados para utilizar sin escrúpulos de ningún tipo,  al  pilar fundamental de la investigación que resultaron ser los trabajos en la materia de Rosalind Franklin, ignorando supinamente en el trámite a su legítima autora.

El libro maldito de Watson estuvo dos veces a punto de desaparecer, dice Bergier: “la primera porque nadie quería editarlo; la segunda, porque nadie se avenía a comentarlo”. En ambos casos, la desconfianza en lo verosímil del relato  y la actitud carente de ética sobre el uso de la famosa foto 51 de Franklin confesada por el autor impresionan como  factores fundamentales. Terminó escribiéndole un prólogo el jefe de Crick, sir Lawrence Bragg. Y publicándolo una editorial de best sellers populares. Y lo fue, brindándole pingües ganancias a su autor.

Bergier no nombra una sola vez a Rosalind Franklin en el capítulo de su libro sobre la doble hélice. ¿Ignorancia?, ¿censura?, ¿“Hombres de Negro”?, ¿o simplemente “misoginia”, en consonancia con  el trío ganador del Nobel...?

 

 

 

 

 

  

 

 

La náusea de Jean Paul Sartre y Misteriosa Buenos Aires de Manuel Mujica Láinez

    A propósito de una licencia literaria

 

     Frente a un niño moribundo, La Náusea carece de peso”. Leí esta frase en un prestigioso diario  de Buenos Aires (La Nación),  en la sección cultural,  allá por  los comienzos de los 80, insertada en un artículo sobre Jean Paul Sartre, firmado por  Pierre de Boisdeffre.

     La tengo siempre presente, ya que cuando la leí, me sacudió con especial intensidad. E invariablemente, una sensación de irreprimible “náusea” me acomete al cavilar sobre ella. Nunca me había sentido tan violentamente perturbado por una frase. Quise creer que la expresión había sido mal traducida, que el autor “en una oportunidad”, frente a un niño moribundo, “había descubierto” que su novela denominada La Nausea carecía de peso. Pero en los párrafos previos decía que “ya no creía en su obra. Incluso había dejado de creer en la literatura”. Y luego venía el ejemplo mencionado. Sí, la frase había sido construida con todo cuidado, con toda frialdad.

      Frente a un  niño  moribundo,   todo  carece   de  peso,  o   mutatis mutandi, nada tiene importancia. Porque ante la agonía de un niño, lo único aceptable  es intentar revertirla,  hacerla mínimamente tolerable, o guardar un respetuoso silencio.

     Se puede pretender justificar la frase arguyendo que era “una manera de decir las cosas”, que se quiso expresar  una “alegoría”, y  que en definitiva no debería ser tomada al pie de la letra. Pero ni siquiera así resulta tolerable. Dicho de una vez: un niño moribundo  no admite ser utilizado. Representa un hecho tan doloroso y frustrante, que sólo acepta frente a él una actitud de recatado respeto. Es incomparable; su carga golpea con tal fuerza que anonada, y en ocasiones aniquila. Quien lo ha experimentado en carne propia, lo sabe muy bien. Y se rebela justificadamente ante la irrespetuosidad que implica esa afirmación atribuida nada menos que a un  premio Nobel de literatura; aseveración que constituye un agravio para toda la clase menuda, primordialmente para quienes ya han muerto sin haber tenido la oportunidad de discurrir acerca del sentido de la vida, como lo hizo  “ad nauseam” el renombrado autor, y  para aquellos que, conociendo su destino inmediato, deberán afrontar inevitablemente esa experiencia que a la mayoría de los adultos llega a estremecer de angustia y temor. Sin querer dramatizar los hechos,  las cosas en su sitio: A los niños con enfermedad o trauma  terminal, ¡En paz, por favor! 

     Contrastando con Sartre, Mujica Láinez en el cuento El hombrecito del azulejo del libro Misteriosa Buenos Aires, nos acerca la anécdota de los Dres. Pirovano y Wilde atendiendo a un niño moribundo en el Buenos Aires de 1875 y donde el “amigo” del niño, el hombrecito del azulejo, le salva la vida distrayendo con sus cuentos de la Francia de donde era originario, a la Muerte que aguarda, reloj en mano, la hora indicada para llevarse consigo al pequeño.

    El cuento termina así: “…porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedan burlarla las lágrimas de un niño.”

     Sí, sería muy justo que las lágrimas de un niño pudieran burlarla, así como que también alcanzaran para  refutar la  sentencia del premio Nobel, mostrando que no se precisa de “un niño moribundo” para quitarle importancia o peso a esa novela. Que bastaría con suprimir de la frase del famoso escritor  la palabreja “moribundo”, para poner las cosas en su justo punto.

sábado, 18 de enero de 2025

MARTÍN FIERRO Y LOS TRES GAUCHOS ORIENTALES

 
Antonio Lussich y José Hernández

Una refutación a  Leopoldo Lugones y a Jorge Luis Borges

 


  Cuando Leopoldo Lugones escribió El Payador,  y más adelante Jorge Luis Borges su ensayo La poesía gauchesca en el libro Discusión, José Hernández ya había muerto. Por lo tanto, no podía contestarles como seguramente lo hubiera hecho de haber podido hacerlo, por ejemplo, en su diario El Río de la Plata. Él ya no estaba, pero sigue estando, ya sabemos cómo, y no hay librería de la República Argentina, por grande o chica que sea, que no cuente entre los libros que ofrece variadas ediciones de El gaucho Martín Fierro.

 

   Por lo tanto, se hace necesario, equitativo y saludable contestarles a Borges y a Lugones en nombre de nuestro insigne e inmortal poeta gauchesco.

    Leopoldo Lugones, escribe en El Payador, textualmente: “Dice Hernández en una carta-prólogo a la primera parte del poema (su destinatario es el señor don Zoilo Miguens) que Martín Fierro le ha “ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel”; porque, en efecto, allá entre sus bártulos de conspirador, lo improvisó en ocho días.  (Esta última frase es de Lugones y no figura en la carta a Miguens). Así inicia Hernández la carta a su editor:

 

Querido amigo:

Al fin me he decidido a que mi pobre "Martín Fierro", que me ha ayudado algunos momentos a alejar al fastidio de la vida del hotel, salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.

 

Sigue Lugones:

   “Don Antonio Lussich, que acababa de escribir un libro felicitado por Hernández, Los Tres Gauchos Orientales y el Matrero Luciano Santos (Este último, publicado en 1873, es posterior al Martín Fierro). poniendo en escena tipos gauchos de la revolución uruguaya llamada campaña de Aparicio, diole, lo que parece, el oportuno estímulo. De haberle enviado esa obra, resultó que Hernández tuviera la feliz ocurrencia.” 

   “La obra del señor Lussich, apareció editada en Buenos Aires por la imprenta de la Tribuna el 14 de junio de 1872. La carta con que Hernández felicitó a Lussich, agradeciéndole el envío del libro es del 20 del mismo mes y año. Martín Fierro apareció en diciembre.”  
 

J.L. Borges en el capítulo La poesía gauchesca del libro Discusión, recoge textualmente las palabras de Lugones y avanza con la ponencia: “El mayor interés de la obra de Lussich es su anticipación evidente del inmediato y posterior Martín Fierro”, dice. Sigue: “los diálogos de Lussich son un borrador del libro definitivo de Hernández. Leyendo y cotejando versos de ambos, de la misma métrica, tono y lenguaje, surge clara la asimilación, que no le quita mérito a Hernández, pero que ignora, sin merecerlo, a Lussich”.  

“Sin intención de opacarlo a Hernández”, repite, “se debería recobrar este valioso antecedente del Martín Fierro”. También Borges afirma, en el momento en que escribía su ensayo La poesía gauchesca, que la obra de Lussich era virtualmente inédita. Y a partir de allí nos muestra la buscada coincidencia de seleccionados versos entre ambos poemas. Pero ya no es inédita, pues se puede leer ahora integra en internet, y comprobar qué poco tiene que ver su forma, contenido y giros idiomáticos gauchescos con el Martin Fierro de Hernández.

Veamos los primeros versos de ambos poemas:

Los tres gauchos orientales

Julián Giménez:

¡Dios lo guarde! Ha madrugao/ esta mañana aparcero, / ya tiene al juego un puchero/ ¡y un churrasquito ensartao!

Mauricio Baliente:

Don Julián, ¿Cómo le va?/ de su cuerpo contra el suelo,/ agarró el pájaro al vuelo/ ¿qué anda haciendo por acá?

Julián Giménez:

A visitarlo venía/ pues nos van a licenciar,/ y no me quiero marchar/ sin que hablemos este día./ ¿Y usté cordial no Baliente,/ pero siempre muy prolijo/ ¿a que tiene ya de fijo/ también el agua caliente?

Mauricio Baliente

¡Cuando nada me ha faltao,/ soy gaucho muy albertido,/ y como hombre prevenido/ siempre estoy bien empilchao!/ Arrime aquella carona/ amigaso y siéntese,/ si algo sabe cuénteme/ de esta paz tan comadrona.

Julián Giménez

¡Cómo no, cuñao BAliente,/ vaya usté ensillando el mate,/ para que ansí mi gaznate/ pueda correr delijente.

Mauricio Baliente

Tratemos pues de matiar/ ¿quiere dulce o cimarrón?/ De los dos tengo ración/ como poderlo agradar.

Martín Fierro

Aquí me pongo a cantar/ al compás de la vigüela,/ que el hombre que lo desvela/ una pena estrordinaria,/ como la ave solitaria/ con el cantar se consuela.

     Pido a los santos del cielo/ que ayuden mi pensamiento./ Les pido, en este momento/ que voy a cantar mi historia,/ me refresquen la memoria/ y aclaren mi entendimiento.

     Vengan santos milagrosos,/ vengan todos en mi ayuda/ que la lengua se me añuda/ y se me turba la vista./ Pido a mi Dios que me asista/ en una ocasión tan ruda.

     Yo he visto muchos cantores,/ con famas bien otenidas/ y que después de alquiridas/ no las quieren sustentar./ Parece que sin largar/ se cansaron en partidas.

    Mas ande otro criollo pasa/ Martín Fierro ha de pasar./ Nada lo hace recular/ ni los fantasmas lo espantan/ y dende que todos cantan/ yo también quiero cantar.

    Que “los diálogos de Lussich son un borrador del libro definitivo de Hernández”, me parece una afirmación antojadiza bastante alejada de la realidad de los dos poemas. Y la afirmación de Lugones mencionando que la carta de Lussich a Hernández es de junio de 1872 y que el Martín Fierro apareció en diciembre, e inducir sacar la conclusión de que el segundo  deriva del primero, es  capciosa, poco seria, lo mismo la afirmación de que: “diole, lo que parece, el oportuno estímulo. De haberle enviado esa obra, resultó que Hernández tuviera la feliz ocurrencia.”  El Payador no merecía guardar estas frases de su autor, ni incluir el error de considerar a  El matrero Luciano Santos, publicado en 1873 por Lussich, (posterior al Martín Fierro) como precursor de éste.

 

  Las cerca de 90 páginas con los más de 2.300 versos del folletín de la primera edición del Martín Fierro (Lugones los redondea erróneamente en 1.700) de ninguna manera pudieron originarse entre junio y diciembre a raíz de la entrega de Lussich a Hernández, y menos aún, que éste haya escrito el poema en “ocho días” cuestión que no figura en la carta de Hernández a Miguens. Y ni la forma ni en contenido ni la estructura general de los dos poemas coinciden, salvo que se elabore una forzada coincidencia, como lo precisa Borges en Discusión. Que concuerden en algunas palabras, giros idiomáticos, versos, etc. no significa otra cosa que son originarios de una misma fuente denominada “poesía gauchesca”, de cuyo manantial y flujo surgieron ambos poemas, como antes surgieron los de Hidalgo, Ascasubi, Del Campo, etc. La originalidad del Martín Fierro no debería ponerse en discusión porque fue y es absolutamente original,  en su lenguaje y en su contenido, y no tiene antecedentes válidos que los ilustren siquiera como “borrador”, como afirma  Borges, que al anteponerlo a Lussich dice no tener intenciones de quitarle méritos a Hernández. Esa afirmación  es una falacia, las intenciones son claras, aunque se las pretenda negar, demostrando en su ensayo la intención de reafirmar los dichos de su admirado autor de El payador.

¿Puede además pensarse con válido fundamento  que el Martín Fierro fue elaborado y escrito y publicado en seis meses por Hernández, encerrado en una habitación del hotel El Argentino, solamente inspirado en la lectura del poema de Lussich? Hay quienes dicen (*) que, anteriormente,  ya en el exilio brasileño en Santa Ana do Livramento de Hernández, luego de las derrotas del caudillo entrerriano López Jordán, comenzaron a tomar forma en la mente del poeta los primeros versos del Martín Fierro.

(*) Carlos A. Leumann, Martín Fierro, edición crítica)

   Por otra parte, La Vuelta de Martín Fierro le llevó siete años a Hernández elaborarla, escribirla y publicarla (1879).
 

  Diez ediciones humildes, con más de 50.000 ejemplares en folletines que se distribuían en la campaña con abundantes correcciones tiene el M.F. Se leía en los fogones, algunos lo recitaban de memoria para quienes no sabían leer… En muchos ranchos humildes de la gente de campo de entonces se guardaba como tesoro personal el folletín engrasado de tanto manoseo junto al fogón criollo. El Martín Fierro es único; nunca hubo más borrador que la mente poética de José Hernández. Y es irrepetible.

Con los siguientes versos se aproxima al final La vuelta de Martín Fierro:

 

Y si la vida me falta,/ tenganló todos por cierto,/ que el gaucho, hasta en el desierto/ sentirá, en tal ocasión,/ tristeza en el corazón/ al saber que yo estoy muerto.

Pues son mis dichas desdichas,/ las de todos mis hermanos;/ ellos guardarán ufanos/ en su corazón mi historia./ Me tendrán en su memoria/ para siempre mis paisanos.

¿Hay algo más claro y explícito que estas dos estrofas para definir sin equívocos al espíritu del Martín Fierro y a la original y auténtica manera de sentir y escribir de José Hernández?

 

Leopoldo Lugones le dio visibilidad y consagración definitiva al Martín Fierro, al que denominó POEMA ÉPICO en su libro El Payador (y en sus charlas y discursos previos  sobre él en el teatro Odeón de Buenos Aires). No se entiende que, con su abrumador entusiasmo y erudición desplegados para referirse al Martín Fierro, haya hecho esa alusión (arriba mencionada) del poema de Lussich como antecedente del poema de Hernández. A menos que la elevación del Martín Fierro a Poema Épico coincidiera con el descenso de la imagen de José Hernández al burdo mote de conspirador: “en efecto, allá entre sus bártulos de conspirador, lo improvisó en ocho días” agrega Lugones a la carta-prólogo de Hernández a Miguens. 

Compara Lugones:

    “Venganza de agravios es el móvil inicial en nuestro poema como en el Romancero, y aquellos provienen, en uno y otro, de la iniquidad autoritaria. Obligados ambos héroes a buscarse la propia libertad con el acero, sus hazañas constituyen el resultado de esta decisión: y justificándola con belleza, forman la trama de las sendas creaciones. Los dos son dechado de esposos, padres excelentes, castos como buenos paladines, hasta no tener en sus vidas un solo amor irregular; fieles con ello; reposados en el consejo, prontos en el ingenio, leales a la amistad, fanáticos por la justicia cual todos los hambrientos de ella; grandes de alma hasta darse patria por doquier, con la tierra que, de pisar, ya poseen:

  En el peligro ¡qué Cristo!/ El corazón se me enancha,/ Pues toda la tierra es cancha/ Y de esto nadies se asombre:/ El que se tiene por hombre/ Ande quiera hace pata ancha.

Y otro

Desterraisme de mi tierra/ Desto no me finca saña,/ Ca el hombre bueno fidalgo/ De tierra ajena hace patria.

“Más lejos en los tiempos, otro desterrado, el sapiente de los Fastos, había expresado en un concepto lapidario esa fórmula del heroísmo: Omne solum forti patria est.”  El libro III  de los fastos, Publio Ovidio Nasón (n. del a.)

“Fuerte y solo: he ahí la situación del caballero andante. Así, aquellas palabras, fueron divisa en varios blasones.”

 “Verdad es que ambos héroes son vengativos; pero la venganza es la única forma posible de justicia para el paladín, puesto que se halla obligado a ser tribunal y ejecutor. Solo ante los agravios, con el padre abofeteado o las hijas ultrajadas, el uno; con la familia deshecha y deshonrada, la casa en ruinas, los bienes robados, el otro: ¿habrá quien no sienta en su corazón de hombre la justificación del rencor que los posee? Lejos de ser antisociales sus actos, restablecen el imperio de la justicia que es el fundamento de toda constitución social. Y como el estado de libertad y de justicia resulta del trabajo interno que todo hombre debe efectuar en su conciencia, no del imperio de las leyes que lo formulan, su reintegración en el alma del ofendido es, por excelencia, un acto de dignidad humana. La plenitud de la libertad y de la justicia, es el resultado de una doctrina personal que da reglas a la conducta, al constituir por definición el docto de la vida; y ese sistema viene a resultar el mejor, cuando basado en la norma de justicia que todo hombre lleva en sí, y que estriba en considerar inevitables las consecuencias de sus actos, prescribe la práctica del bien como el mejor de los ejercicios humanos.”

 “Veinte siglos ha retardado el cristianismo la victoria de este principio moral, que con el imperio de la filosofía estoica, su código sublime, había llegado a producir en el mundo antiguo, cuando dicha religión vino a trastornarlo todo, fenómenos tan significativos como la paz romana, la supresión del militarismo, la abolición de la esclavitud, la absoluta tolerancia religiosa y las instituciones socialistas de la pensión a los ancianos, de la adopción de los huérfanos por el estado, de la enfiteusis, de las aguas y los graneros públicos y gratuitos...

 “El autogobierno de cada uno, que ha de suprimir la obediencia al poder autoritario, tenía por corifeos a los emperadores filósofos. Y entonces, cuando uno de esos héroes de la épica personifica aquel supremo ideal humano de la libertad por cuenta propia, reivindicando con esto el imperio de la razón que no tiene límites como el progreso por ella encaminado, su caso viene a constituir el prototipo de vida superior cuya construcción es el objeto de la obra de arte.”

“Llevamos en nuestro ser el germen de ese prototipo, como el de todas las bellezas que aquella sensibiliza en nosotros, mejorándonos con tal operación, puesto que así nos hace vivir una vida más amable. Cuando el artista consigue realizarlo, su obra ha alcanzado el ápice ya divino, donde la verdad, la belleza y el bien confunden su triple rayo en una sola luz que es la vida eterna.”

Y finaliza el párrafo refiriéndose al Martín Fierro y a su autor:

 “Fue una obra benéfica lo que el poeta de Martín Fierro propúsose realizar. Paladín él también, quiso que su poema empezara la redención de la raza perseguida. Y este móvil, que es el inspirador de toda grandeza humana, abriole, a pesar suyo, la vía de perfección. A pesar suyo, porque en ninguna obra es más perceptible el fenómeno de la creación inconsciente.”

 “Él ignoró siempre su importancia, y no tuvo genio sino en aquella ocasión. Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas sensatas e incoloras de fábulas baladíes, o artículos de economía rural. El poema compone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre enteramente común, con las ideas medianas de su época: aquel criollo de cabeza serena y fuerte, de barba abierta sobre el tórax formidable, de andar básculo y de estar despacio con el peso de su vasto corpanchón.”

 ¡Con qué hermosas, ciertas y necesarias palabras elabora Lugones, con su habitual erudición,  a conciencia y próvidamente, este párrafo de El Payador, para luego terminarlo con una contrastante y tosca burla hacia Hernández! 

Parece que no podía darse el lujo de ser ecuánime, ni mucho menos,  generoso.

La adhesión incondicional de Lugones  a Sarmiento (su biografía lo certifica), que había sido enemigo de López Jordán, y por ende de sus seguidores como Hernández, lo lleva en El Payador a intentar separar al poeta de su poema…Y quizá, si fuera posible, a convertir al Martín Fierro en un poema de autor anónimo, como el Cantar de mio Cid, para la posteridad. ¿Habrá sido ésta una intencionalidad consciente de Lugones, o lo habrá escrito así “a pesar suyo”? 

 

Otro sí digo:

 El 19 de noviembre de 1869 José Hernández publica un artículo periodístico sobre las Islas Malvinas en el Nº 86 del diario El Río de la Plata.  En él transcribe una carta dirigida a él por su amigo Augusto Lasserre comentando el viaje realizado a las islas por un tema del seguro fraudulento de un barco hundido en esa zona, y luego Hernández publica un artículo personal titulado:

Islas Malvinas. Cuestiones graves:

…”Los argentinos, especialmente, no han podido olvidar que se trata de una parte muy importante del territorio nacional, usurpada a merced de circunstancias desfavorables, en una época indecisa, en que la nacionalidad luchaba aún con los escollos opuestos a su definitiva organización.”

   “Se concibe y se explica fácilmente ese sentimiento profundo y celoso de los pueblos por la integridad de su territorio, y que la usurpación de un solo palmo de tierra inquiete du existencia futura, como si se nos arrebatara un pedazo de nuestra carne.”

    “La usurpación no sólo es el quebrantamiento de un derecho civil y político; es también la conculcación de una ley natural.”

 …”El señor Lasserre ha dicho muy bien (refiriéndose al viaje y carta posterior de su amigo), inspirado en un noble sentimiento, al emprender su interesante narración:

 Las siguientes líneas quizá ofrezcan algún interés por la doble razón de ser ellas (las islas) propiedad de los argentinos, y permanecer, sin embargo, poco o nada conocidas por la mayoría de sus legítimos dueños….pero no quiero dejar pasar esta oportunidad sin deplorar la negligencia de nuestros gobiernos, que han ido dejando pasar el tiempo sin acordarse de tal reclamación pendiente…

    “Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita el aire para la libre expansión de nuestros pulmones.”

   Así se expresaba José Hernández en su artículo sobre las islas, publicado luego en una recopilación de Joaquín Gil- Editor, Buenos Aires, MCMLII.

   Decía Lugones de Hernández: “El poema compone toda su vida; y fuera de él, no queda sino el hombre enteramente común, con las ideas medianas de su época: aquel criollo de cabeza serena y fuerte, de barba abierta sobre el tórax formidable, de andar básculo y de estar despacio con el peso de su vasto corpanchón.Sus escritos anteriores y sucesivos, son páginas sensatas e incoloras de fábulas baladíes.”

 Buscando en su bibliografía hallamos  que “no hay registros de que Leopoldo Lugones haya escrito nunca nada sobre las Malvinas”, ni tampoco Borges lo haría en su larga, abundante y exitosa trayectoria literaria, en reclamo de la soberanía argentina y en contra de la usurpación británica, salvo el conocido  poema de los dos soldados escrito en 1982, ya después de la guerra.

 Como vimos, el autor del Martín Fierro, el periodista José Hernández, en 1869, con sus escasos recursos, hacía un valiente reclamo sobre las Islas Malvinas en su diario El Río de la Plata, a un gobierno (Sarmiento presidente) que no lo tenía precisamente de amigo.

 Y volviendo al genial escritor Jorge Luis Borges, al decir de Augusto Monterroso:

 Otro sí digo:

 En el capítulo, El otro Aleph de su libro de ensayos La Vaca, Augusto Monterroso hace referencia, en la presentación, a la frase del cuento homónimo de Borges: Yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph.

Y Monterroso nos cuenta parte del poema La Araucana de Ercilla, escrito en el siglo XVI del cual se ocupó en 1962 para una edición de la Universidad Autónoma de México. Encuentra en este poema,  “en cuarenta y siete y media octavas reales del canto XXVIIque el anciano mago Filón, araucano, muestra a su  enemigo español,  el conquistador Ercilla, nada menos que una esfera de cristal en la que podía contemplarse simultáneamente cuanto sucedía en ese momento en las más diferentes y opuestas regiones del globo terráqueo, en la misma forma que ocurrirá con el aleph de  Carlos Argentino Daneri, poeta detestable, y de Jorge Luis Borges, escritor genial, unos trescientos años más tarde”. 

El autor avanza con las diferencias y coincidencias entre el poeta español y el genial cuentista argentino. Y termina el gran escritor guatemalteco: Entre las referencias a su Aleph, Borges en ningún momento recuerda a Alonso de Ercilla y su Araucana  como el lugar en “que hay (o que hubo) otro Aleph”.