I
James Joyce, en su novela temprana Retrato de un artista adolescente describe la atormentada relación de un adolescente con la iglesia católica en la ciudad de Dublin a principios del siglo XX en un colegio de la Compañía de Jesús.
Asiste a un seminario donde en
director, con todo lujo de detalles, informa a su público de adolescentes
entrampados con el dogma irracional de la iglesia católica, de los variados
métodos de agudizada tortura que les espera, in eternum a quienes la muerte les sorprenda
en pecado mortal. Y no hay salida posible. El Supremo lo ha decidido
así, en su inconmensurable bondad y omnipotencia sin límites ni atenuantes:
“los malditos irán al infierno por toda la eternidad y en el transcurso de esa
interminable estadía, sufrirán los tormentos que mal pueden imaginarse en esta
vida”. Y el director se explaya hasta en los más mínimos detalles describiendo los avatares
que les esperan a aquellos, y pasea una mirada severa sobre el alumnado con lo
contempla azorado, en silencio y quietud de mortaja. Stephen piensa que
está perdido. No ha confesado sus pecados mortales, sus pecados de la carne (los peores
para la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana), y al salir del
seminario interminable con la sensación que impresiona como de inminente e
inevitable disolución en el perpetuo fuego del advertido inferno, considera la
necesidad de buscar la ofrecida solución a través de la necesaria confesión.
Pero no la buscaría en el colegio, tan cercano a sus compañeros, directores y profesores.
Las hormonas por un lado, y la
culpa y los remordimientos por el otro hacen de la vida del adolescente un
infierno en la tierra. Pero al salir de la iglesia, Stephen se siente liviano,
sin pensamientos pecaminosos, que ahuyenta en cuanto insinúan asomarse a la
superficie, y la promesa de una vida eterna en el Paraíso le hace desear la
muerte en el estado de gracia adquirido por la confesión.
“Solo, libre, feliz, al lado del
corazón salvaje de la vida. Estaba solo y se sentía lleno de voluntad, con el corazón salvaje…”
II
Por
qué no soy cristiano es el título de un libro de
ensayos y discursos sobre el cristianismo y su oscura y tenebrosa doctrina, que Bertrand
Russell dictó y escribió desde principios hasta mitad del siglo XX, tanto en
Inglaterra como en EEUU.
“Por lo tanto, cuando digo que no soy
cristiano, digo dos cosas diferentes: Que no creo en Dios ni en la
inmortalidad, y tampoco creo que Cristo fuera el mejor y el más sabio de los
hombres, aunque le concedo un alto grado de virtud moral.
Debe agregarse la creencia en el infierno. En
Inglaterra, en la época del autor, a
mediados del siglo XX, por decisión del Consejo Privado y Ley del Parlamento,
se consideró innecesaria la creencia en el infierno para ser cristiano. (las
otras iglesias cristianas lo siguen manteniendo vigente, n. del a.).
Russell analiza en tema de “La existencia de
Dios”, y los argumentos de la Iglesia Católica que dice que puede ser probada
por la razón sin ayuda, o sea, como cuestión de fe. Esgrimen “el argumento de
la primera causa”. Y la “primera causa” es Dios. Si todo tiene una causa,
¿quién hizo a Dios? La idea de que todas las cosas tienen que tener un
principio, se debe a la pobreza de nuestra imaginación, termina el autor.
El argumento de la “ley natural” mediante las
ideas de Isaac Newton y su cosmogonía, la ley de gravitación. La idea de que
las leyes naturales implican un legislador se debe a la confusión entre las
leyes naturales y las humanas. Las humanas son preceptos que le mandan a uno a
proceder de una manera determinada, pero las leyes naturales son una
descripción de cómo ocurren realmente las cosas, y como son una mera
descripción, carecen de un autor determinado. Los argumentos a favor de la
existencia de Dios cambian de carácter con el tiempo. En la época moderna, se
hicieron menos respetables intelectualmente, y estuvieron cada vez más
influidos por una especie de vaguedad moralizadora.
El
argumento del Plan: todo en el mundo está hecho para que podamos vivir en él,
si el mundo variase un poco, no podríamos vivir. Cuando se examina el argumento
del plan, es asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las
cosas que hay en él, con todos sus defectos, fuera lo mejor que la omnipotencia
y la omnisciencia han logrado producir en millones de años. Este argumento no
resiste a un razonamiento basado simplemente en el sentido común (n. del a.).
Los argumentos morales de la deidad. Kant
introdujo un argumento moral muy popular en el siglo XIX. “Que no habría bien
ni mal si Dios no existiera”. Pero si
Dios es bueno, el bien y el mal están fuera de él, son independientes del
mandato de Dios. Y serían en esencia lógicamente anteriores a Dios. Si se
quiere, se puede decir que hubo una deidad superior que dio órdenes al Dios que
hizo este mundo o, siguiendo el criterio de los gnósticos, en realidad el mundo
que conocemos fue hecho por el demonio, en un momento en que Dios no estaba
mirando. Hay mucho que decir en cuanto a eso, finaliza Russell, y no pienso
refutarlo. Vale la metáfora, (n. del a.).
El argumento del remedio de la injusticia, es
aquél que dice que la existencia de Dios es necesaria para traer la justicia al
mundo. Pero en este mundo reina la injusticia, no la justicia, y si hay
injusticia aquí, es probable que haya injusticia en el resto del universo. El
argumento de que Dios trae la justicia al mundo, se cae por su propio peso. O
tal vez se está demorando demasiado en
traerla. (n. del a.).
Pero estos argumentos de los que he hablado,
dice Russell, son intelectuales y no son los que mueven a la gente. La mayoría
de la gente cree en Dios porque le han enseñado a creer desde su infancia, y
esa es la razón primordial. Esto es básico, el cerebro infantil es maleable,
fértil a la fantasía, la superstición y lo sobrenatural. Allí la semilla crece
y se desarrolla sin obstrucciones (n. del a).
El carácter de Cristo ¿Era el mejor y el más sabio de los hombres?,
se pregunta Russell. Se da por sentado
que era así; yo no lo creo, afirma., aunque agrega que: hay muchos puntos en que
está de acuerdo con Cristo, pero por las razones contrarias a las que siguen la
mayoría de los cristianos, como la no resistencia al agravio y poner la otra
mejilla, o el no juzguéis si no queréis ser juzgados, al que pide, dale y no
tuerzas el rostro al que pretenda de ti algún préstamo. Si quieres ser
perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres…
Para
mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en
el infierno. Yo no entiendo, sigue
Russell, que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo
eterno.
Se hallará en el Evangelio un Cristo iracundo:
“¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será
posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno?” “Pero quien
hablase contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará ni
en esta vida ni en la otra”. “Y si es tu mano
derecha la que te sirve de escándalo o te incita a pecar, córtala y tírala
lejos de ti; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que
vaya todo tu cuerpo al infierno, al fuego que no se extingue jamás.”
“Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, termina Russell, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de Él a Buda y a Sócrates".
Russell descree que la gente acepta la religión por la argumentación; la acepta emocionalmente. Se dice que “todos seríamos malos si no tuviéramos la religión cristiana”. A mi me parece que es al revés, dice él. Cuanto más intensa ha sido la religión en cualquier período, y más profunda la creencia dogmática, ha sido mayor la crueldad. En las llamadas edades de la fe, con la Inquisición, hubo muchas mujeres quemadas por brujas y hombres quemados por herejes (Giordano Bruno, Julio Cesare Vanini, p.e.), y toda clase de crueldades practicadas en nombre de la religión.
“Pienso que todo el progreso del sentimiento
humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de
la guerra, hacia un mejor trato de las diferentes razas de otro color que el
blanco, que todo paso hacia la supresión de la esclavitud, que todo progreso
moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las
iglesias organizadas del mundo. Y digo que la religión cristiana, ha sido y es
aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo”, termina Russell.
Con el tema de la llamada moralidad, la
Iglesia inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e
innecesarios, y se opone al progreso y al perfeccionamiento de todos los medios
de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar “moralidad” a
ciertas reglas estrechas de conducta que nada tienen que ver con la felicidad
humana. ¿Qué tiene que ver la moral con la felicidad humana?, se preguntan desde
el cristianismo: El objeto de la moral no es hacer feliz a la gente, se
responden.
“A mi entender, la religión se basa en el
miedo”, dice Russell. “La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas
imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con
nuestro esfuerzo que este mundo sea un lugar habitable, en vez de ser lo que
han hecho de él las iglesias en todos estos siglos”
“Todo el concepto de Dios es un derivado del
antiguo despotismo oriental. (Ver Las Ruinas de Palmira, capítulos
XX-XXIII, n. del a.). Es un concepto indigno de los hombres libres. Cuando se
oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores,
parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan…Un mundo
bueno necesita conocimiento, bondad y valor, no el pesaroso anhelo del pasado,
ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas
hace mucho por hombres ignorantes”.
En el capítulo ¿Ha hecho la religión
contribuciones útiles a la civilización? (1930), Russell dice que: “Mi
opinión acerca de la religión es la de Lucrecio. La considero como una
enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la
raza humana. Aunque no puedo dejar de reconocerle que ha contribuido en parte a
la civilización: ayudó a fijar el calendario, e hizo que los sacerdotes
egipcios escribieran la crónica de los eclipses. Sólo esos dos servicios estoy
dispuesto a reconocerles.
“Lo más importante del cristianismo, desde el
punto de vista social e histórico, no es Cristo sino la Iglesia, y si vamos a
juzgar al cristianismo como fuerza social, no debemos buscar nuestro material
en los Evangelios. Ni los católicos ni los protestantes siguen las enseñanzas
de Cristo. Algunos franciscanos trataron de enseñar la doctrina de la pobreza
apostólica, pero el Papa los condenó, y su doctrina fue declarada herética. “No
juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados”, y preguntémonos la influencia
que esos dichos han tenido sobre la Santa Inquisición…
No hay nada accidental en la diferencia entre la Iglesia y su Fundador. En cuanto la absoluta verdad se supone contenida en los dichos de un cierto hombre, surge un cuerpo de expertos que interpretan lo que dice, y esos expertos adquieren poder, ya que tienen la clave de la verdad. Y como cualquier casta privilegiada, emplean el poder en beneficio propio.
La Iglesia combatió a Galileo y a Darwin, en nuestra época combate a Freud, decía Russell en 1930. En épocas de mayor poder fue más allá en su oposición a la vida intelectual. El Papa Gregorio el Grande, (540- 604) escribió a cierto obispo una carta que decía:” Nos ha llegado el informe, que no podemos mencionar sin rubor, de que enseñáis gramática a ciertos amigos…” El obispo fue obligado por la autoridad pontificial a desistir de su maligna labor, y la latinidad no se recuperó hasta el Renacimiento, iniciado aproximadamente en los siglos XV y XVI (n. del a.).
“La peor actitud de la religión cristiana, es
la que tiene con respecto al sexo, tan morbosa como antinatural, que sólo se la
puede comprender cuando se la relaciona con la enfermedad del mundo civilizado
en el momento en que decaía el Imperio Romano”.
“A veces oímos que el cristianismo ha mejorado
la condición de las mujeres. Esta es una de las mayores perversiones de la
historia que se han podido realizar. La mujer ha sido para el
judeo-cristianismo fuente de tentaciones impuras desde sus orígenes, es algo
así como un “mal necesario” para la procreación, (y la mortalidad materna
durante siglos dejó abundantes viudos, repetidos viudos; salvo excepciones, en
su mayoría eran las mujeres solteras quienes llegaban a la longevidad hasta el
siglo XIX). (n. del a.).
El cristianismo se opuso, y se opone todavía
al resultado de las dos revoluciones pacíficas del siglo XX: El sexo sin
reproducción, en la década del 60 con la aparición de los anticonceptivos,
y La reproducción sin sexo, con el nacimiento por reproducción asistida
(FIV) de la beba Brown en 1978. (n. del a.).
El concepto del pecado unido a la ética cristiana causa un enorme daño,
ya que da a la gente una salida a su sadismo, que considera legítimo y noble. No
solamente con respecto al proceder sexual, sino también con respecto al
conocimiento de los temas sexuales, la actitud de los cristianos es peligrosa
para el bien común. La ignorancia artificial que fomentan los cristianos
ortodoxos sobre los temas sexuales, incitan a la actitud de considerar al sexo
indecente, y salvo las excepciones habilitadas por el matrimonio, pecaminoso.
Las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen una gran cantidad de
perversión ética antes de ser aceptadas. El argumento cristiano usual es que el
sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y por lo tanto, una cosa
buena, significando este pensamiento sólo una racionalización del sadismo.
El alma y la inmortalidad:
El énfasis cristiano acerca del alma individual ha tenido una profunda
influencia sobre la ética en sus comunidades. La virtud social estaba excluida
de la ética cristiana. Hasta hoy los cristianos piensan que un adúltero es peor
que un político que acepta sobornos, aunque este último hace un mal mil veces
mayor. El concepto medieval de la virtud era algo ligero, débil y sentimental.
El hombre más virtuoso era el que se retiraba del mundo. La Iglesia no
consideraría jamás santo a un hombre porque reformase las finanzas, la ley
criminal o la judicial. Tales contribuciones al bienestar humano se
considerarían como carentes de importancia. No hay un solo santo en todo el
calendario cuya santidad se deba a obras de utilidad pública. Creo que es claro
que el resultado neto de todos estos siglos de cristianismo ha sido hacer a los
hombres más egoístas, más encerrados en sí mismos, pues los impulsos que sacan al hombre
fuera de los muros de su ego son los del sexo, la paternidad y el patriotismo o
instinto de rebaño. La Iglesia ha hecho todo lo posible para degradar al sexo;
los afectos familiares fueron vituperados por el mismo Cristo y por la mayoría
de sus discípulos, y el patriotismo carecía de lugar entre las poblaciones
sometidas al Imperio Romano. La Iglesia trata a la Madre de Cristo con
reverencia, pero Él no muestra esta actitud: “¿Mujer, qué nos va a mí y a ti?”.
Éste es su modo de hablarle. También dice que ha venido para separar al hijo de
su padre, y a la hija de su madre…y “quien ama al padre o a la madre más que a
mí, no merece ser mío”.(San Mateo, X: 35-7). Todo esto significa la ruptura del
vínculo biológico familiar por causa del credo, una actitud que tiene que ver
con la intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del
cristianismo.
“Este individualismo culminó en la doctrina de la inmortalidad del alma
individual. Las circunstancias de que ello dependía eran algo curiosas. Si se
moría inmediatamente después que un sacerdote hubiera rociado agua sobre uno
tras pronunciar ciertas palabras, se heredaba la dicha eterna; pero, si después
de una vida larga y virtuosa uno moría repentinamente luego de emitir una
blasfemia por cualquier circunstancia banal, se heredaba un eterno tormento.
Esta es la doctrina ortodoxa creída firmemente hasta hace poco. Los españoles
de México y Perú solían bautizar a los niños indios y luego estrellarles los
sesos; así se aseguraban de que aquellos niños iban al Cielo. En mil modos la
doctrina de la inmortalidad personal en la forma cristiana ha tenido efectos infaustos
sobre la moral, y la separación metafísica de alma y cuerpo ha tenido efectos
desastrosos sobre la filosofía”.
“La intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del
cristianismo, se debe a mi entender a la creencia judía en la virtud y en la
exclusiva realidad del Dios judío. Al poner de relieve la virtud personal y que
es malo tolerar cualquier religión excepto una, han tenido un efecto
extraordinariamente desastroso sobre la historia occidental. Es cierto que el
cristianismo moderno es menos severo, pero ello no se debe al cristianismo; se
debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el
día de hoy, han avergonzado a los cristianos de muchas de sus creencias
tradicionales. Se oye a algunos cristianos modernos decir lo suave y
racionalista que es realmente hoy el cristianismo, ignorando el hecho de que
toda su suavidad y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en
su tiempo fueron perseguidos por cristianos ortodoxos. La mutilación gradual de
la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su vigorosa resistencia, y
sólo como resultado de los ataques de los librepensadores”.
“Caridades de exégesis”. Así llamaba Jean Jaurès a las interpretaciones
bíblicas que permiten pasar sin dolor del dogma largo tiempo procesado a la
verdad mejor conocida. Puede verse aquí la tolerancia de los librepensadores,
incluso hacia los cristianos dogmáticos (n.del a.).
La idea de la virtud:
“El análisis de la virtud demuestra, a mi entender, que tiene su raíz en
pasiones indeseables. La virtud y el vicio deben ser tomados juntos. Ahora
bien, ¿qué es el “vicio” en la práctica? Es “una clase de conducta que disgusta
al rebaño”. Mientras el rebaño es virtuoso, por definición, pone de relieve su
propia estimación en el momento en que libera sus impulsos de crueldad. La
esencia del concepto de virtud reside, por lo tanto, en proporcionar una salida
al sadismo, disfrazando de justicia a la crueldad. La virtud es lo que la
Iglesia aprueba, y el vicio lo que reprueba. Parecería, por lo tanto, que los
tres impulsos humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el
odio. El propósito de la religión es dar cierta respetabilidad a estas
pasiones, con tal de que vayan por los canales que ella establece. Se podría objetar que el odio y el miedo son
características humanas esenciales, la humanidad los ha sentido siempre y los
seguirá sintiendo. Como esto es así, “sería mejor dirigir ese odio contra los
que son realmente dañinos” y esto es lo que la Iglesia hace, los canaliza
mediante su concepto de virtud.
Con el concepto de virtud, la Iglesia menosprecia a la inteligencia y a
la ciencia. El adquirir conocimientos no forma parte del deber de los
feligreses, y aunque ahora no los considera pecaminosos como antes, sigue
considerándolos peligrosos, pues pueden llevar al “orgullo del intelecto” y por
lo tanto poner en tela de juicio el dogma cristiano.
“Tómese como ejemplo dos hombres, uno de los cuales ha acabado con la
fiebre amarilla en una gran región tropical, pero durante sus trabajos ha
tenido relaciones ocasionales con mujeres fuera del matrimonio, mientras que el
otro, perezoso e inútil, ha engendrado un hijo por año hasta que su mujer ha
muerto agotada, y cuidando tan poco a sus hijos que la mitad han muerto
tempranamente de causas evitables. Pues todo buen cristiano tiene que mantener
que el segundo de estos hombres es más virtuoso que el primero. Evitar el
pecado sería más importante que el mérito positivo”.
“Una educación destinada a erradicar el miedo, el odio y los tabúes
sexuales sostenidos como esenciales en la educación cristiana no sería difícil
de crear y llevar a la práctica. Y cambiar al mundo y acercarnos a la dicha
universal y una existencia tolerable para todo el mundo. Pero la religión
impide que nuestros hijos tengan una educación racional; la religión impide
enseñar la ética de la cooperación científica en lugar de las antiguas doctrinas
del pecado y el castigo. Posiblemente la humanidad se halla en el umbral de una
edad de oro, pero, si es así, primero será necesario matar al dragón que guarda
la puerta, y este dragón es la religión”.
En el siglo IV el emperador Juliano el helenista, despectivamente llamado el apóstata, pretendió volver a la herencia de los griegos, separando al cristianismo del imperio heredado de Constantino, pero murió joven en el intento. De haber tenido éxito, el mundo de los siglos posteriores probablemente hubiera tenido otra trayectoria, más afable, menos cruel, más tolerante. Con mayor sentido común y una más alta utilización de la inteligencia. Para bien o para mal, seríamos otros. Yo creo que para bien. (n.del a).